'Harry Potter y el prisionero de Azkabán', fantasmagórica belleza

Basta echar un vistazo a las tres fotografías que acompañan a este texto para hacerse una rápida idea de la formulación plástica, de intensa raigambre centroeuropea, conque el mexicano Alfonso Cuarón fraguó la tercera aventura del niño mago más famoso del mundo. Son mucho más que elaboradas imágenes de postal, pues sus sombras, encuadres, ecos sonoros están al servicio de la que probablemente es la mejor, con muchísima diferencia, de todas las que forman esa saga famosísima. Y llegó en el momento en que parecía que nos encontrábamos ante otra serie de películas adocenada, lujosa y repetitiva.
‘El prisionero de Azkabán’ es siniestra y emocionante, además de otros grandes adjetivos que un admirador de una obra artística puede dedicarle en un ensayo o reflexión al objeto de su admiración. Pero no voy a deshacerme en una retahíla de parabienes y elogios, pues no quiero que esto sea una mera crítica al uso. He empezado dando una idea de mis sentimientos sobre esta película, pero lo que quiero es desentrañar el arte de su puesta en escena, evocando sus imágenes. Vamos a intentar averiguar de qué manera Cuarón nos cuenta esta historia, y por qué, ya que lo que la hace especial es su puesta en escena, de altísima precisión y aliento poético.
