'Millennium Mambo', mirando el techo

Hay un calificativo que suele acompañar al cine asiático en general: lentitud. Desde luego, hay una diferencia en la forma de narrar, algo que no puede comprenderse si se busca el consumo rápido de palomitas o el de cómodos clásicos de probada competencia. El cine oriental juega a otra cosa, al menos el que corresponde a directores-autores, con su sello personal. El comercial tiende a acercarse a un gusto global, para extender sus ramas y poder rascar dinero de todos los bolsillos. Esto podemos verlo en el cine de acción o el de terror, muy populares por aquí.
El público occidental está tan acostumbrado a la velocidad del cine norteamericano y de la televisión que las obras de gente como Wong Kar-Wai, Zhang Yimou, Kim Ki-Duk o Takeshi Kitano (por no hablar de clásicos como Akira Kurosawa o Yasujiro Ozu) resultan tremendamente pesadas, aburridas, lentas. En una ocasión, en una de esas conversaciones tan habituales como insustanciales, sobre esto mismo, me dijeron que lo peor de todo es cuando los “chinos” (aquí vale cualquiera con los ojos rasgados) se quedan en silencio y en la escena no ocurre nada. Yo le respondí que lo hacían para que le diera tiempo a leer los subtítulos. Creo recordar que se hizo el sordo.
