'El sorprendente Dr. Clitterhouse', Edward G. Robinson fascinado por el crimen

De un tiempo a esta parte, veo más cine clásico que nunca. Cuando tuve la suerte de conocer al señor Alberto Abuín, y tuvimos nuestras primeras charlas cinéfilas, me animó a olvidarme de tanto cine moderno, aun cuando yo siempre buceaba más allá de las fronteras norteamericanas; desde entonces, presté mucha más atención a los clásicos, y poco a poco me ha ido conquistando hasta que, ahora, es rara la semana en la que no vea unas cuatro películas filmadas antes de los años setenta (¿podemos considerar esa década como barrera?). Y si no veo más es porque tengo que (y quiero) estar pendiente de lo que se estrena cada viernes.
Pero es ya casi un hecho (faltaría algún tipo de medida científica que lo demostrara, pero parece algo indiscutible) que si un cinéfilo sólo consume estrenos, acaba desfalleciendo poco a poco y, eventualmente, muriendo, o lo que es lo mismo, mutando en otro tipo de consumidor, con encefalograma plano. Así que acudir al DVD (y a lo otro que dicen que es ilegal, y conste que sigo hablando de cine) es la única vía para que el cinéfilo siga sano y vivo. En una de mis últimas visitas a cierto centro comercial que este mes dispone de unas irresistibles rebajas, adquirí un puñado de películas entre las que se encontraba la apetitosa ‘El sorprendente Dr. Clitterhouse’.

Inmerso en la gozosa tarea de contentar a los amigos que piden más cine clásico en este blog, recientemente me puse a ver, en compañía inmejorable,