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Indiana Jones y la Última Cruzada

La búsqueda del Grial no es arqueología. Es una carrera contra el mal. Si el Grial es capturado por los nazis, los ejércitos de la oscuridad marcharán sobre la faz de la Tierra, ¿me comprendes?

-Henry Jones Sr.

Estaba bastante claro que íbamos a conocer una tercera parte de las aventuras de Indiana Jones (lo que no estaba tan claro es que algún día llegase la cuarta…), por lo que la aparición, a finales de la década, de esta película fue algo poco sorprendente para todos. Lo que sí sorprendió fue que, al menos para el que esto firma, se trató de la mejor de todas ellas de lejos, pues no sólo es la más emocionante, y en la que Spielberg dirige con una mayor perfección, si no que es difícil encontrar una película de aventuras de esta calidad en la historia del cine. Así de sencillo.

Si con anterioridad el ‘mcguffin’ había tomado cuerpo en la presencia del Arca de la Alianza, o en las piedras sagradas de la cultura hindú, ahora, como todos sabemos, se trata de la copa de Cristo, más conocida como Santo Grial, un objeto codiciado por no pocos historiadores y que es utilizado, al mismo tiempo, como excusa argumental y como catalizador final de la apasionante relación que se establece entre Indiana y su padre, encarnados por dos genios de la interpretación: el instintivo y generoso Ford, y el entrañable viejo zorro Connery.

El exigente y distante padre, el vitalista y solitario hijo

De nuevo todo comienza con un prólogo en el que Indiana persigue un objeto inicial que nada tiene que ver con el principal. Ahora bien, dos características nuevas se añaden a los prólogos anteriores: que el objeto lo ha buscado Indy desde la infancia (con lo que se erige en una búsqueda personal que se pone en paralelo a la búsqueda personal del padre de encontrar el Grial), y que al conocer al distante progenitor del adolescente Indy, se introduce un componente emocional prácticamente desconocido en la trilogía.

Poquísima importancia reviste, por tanto, que nos expliquen, en una secuencia de acción absolutamente magnífica por cierto (con un comienzo que es un homenaje al western, y más concretamente a John Ford), de dónde viene el sombrero, la cicatriz, el látigo, o la fobia a las serpientes del protagonista. Esos chistes privados comienzan a perfilar este relato como un homenaje a la saga, corporeizados en la figura del malogrado River Phoenix, en un registro de comedia loca desconocido en él. De forma coherente, por cierto, Spielberg de momento no muestra el rostro del padre, tan solo sus manos, en una presentación idéntica a la de su hijo, del que en primer lugar siempre vemos sus manos. Muchos años más tarde, Indiana logra recuperar la Cruz de Coronado, convirtiéndose en la primera reliquia que vemos recuperar a Indy, pues siempre se contentaba con salvar la vida en sus aventuras previas.

Lo interesante, en verdad, es que este prólogo siembra la semilla de lo que va a ser la película, que no es otra cosa que la relación de Indiana con Henry Jones, un padre que al dejarle toda libertad se distanció de su hijo irremediablemente. Este es el corazón del relato, con un guión soberbio (sin duda el más redondo de todos los de la saga, el que más y mejor juega con situaciones y personajes, el que mejores diálogos posee, el de mayor progresión, escrito por el profesional Jeffrey Boam), muy del gusto de Spielberg, que filmó sin mucha gana ‘El templo maldito’, aventura que en gran parte le desagradó por su oscuridad, pero que aquí se siente muy cerca de la historia por contar algo que le interesa, y es que el maestro había aprendido que lo que importa en la aventura son los sentimientos e intereses vitales de los personajes.

Regresamos, por tanto, al tono de folletín de los años treinta de la primera película, a algunos de los personajes de la misma (Sallah, Brody), y se inicia un desarrollo de la humanidad de Indiana Jones, que en la segunda había mostrado, por así decirlo, su lado oscuro. Los escenarios del relato son aquí más numerosos que en las otras dos juntas, con Venecia, Austria, Berlín, Hatay e incluso Utah entre ellas. Pero, sobre todo, se introduce un tono de misticismo y de mitología ya perfilado en la primera aventura, pero que aquí va a influir de manera conmovedora en las peripecias de los personajes.

Un reparto formidable

En el momento de filmar este proyecto, Harrison Ford contaba cuarenta y seis años, y no podemos dejar de admirar su presencia, su esfuerzo en la acción y su inigualable instinto interpretativo. Cierto que es un personaje que interpretaba por tercera vez, pero aquí es capaz de restarle cinismo y añadirle compasión con toda naturalidad, mientras despliega el habitual estoicismo físico. Pero, además, en cuanto aparece Connery, pierde el control y la voluntad férreas de las otras entregas, aunque sin perder nada de interés ni coherencia. Siempre he pensado que Harrison Ford es un actor soberbio, que controla de manera ejemplar su ficisidad, a la vez que muy creíble y muy carismático. Este podría ser su mejor papel, o uno de los mejores.

A su lado Sean Connery es una presencia extraordinaria. Si Spielberg hizo Indiana Jones como respuesta a la frustración de no poder hacer James Bond, el padre del personaje debía ser el mismo James Bond. Por suerte para el cine, el actor aceptó el papel y ofreció una dimensión impagable a la película. Sólo doce años mayor que Ford, a sabiendas de que por entonces era ya una leyenda del cine, es imposible no enamorarse de este personaje, y Connery logra una insuperable fusión entre torpeza y habilidad, entre inteligencia y testarudez. Ambos, Ford y Connery, forman un dúo que es de lo mejor que Spielberg ha tenido jamás en sus manos.

El resto del reparto se muestra igualmente a la altura, en una cohesión que muy pocos han sabido, o querido, apreciar. Tanto Julian Glover (el astuto y fascinante Walter Donovan), como Alison Doody (Elsa, una estupenda femme fatale) como Michael Byrne (el cruel aleman de turno, llamado Vogel) o Kevork Malikyan (dando vida al equívoco Kazim) forman un grupo de actores en estado de gracia, dirigidos por Spielberg con mano maestra, elaborando con ellos traición, pasiones, maldades, sorpresas y frágiles alianzas.

Rasgos estilísticos

Si en la primera parte había propuesto una revisión de los viejos seriales de aventuras, logrando un delicado equilibrio, y en la segunda parte había tirado por la borda ese equilibrio en favor del frenesí y el caos, en esta tercera parte Spielberg se muestra más sólido que nunca, olvidando la mixtura genérica, y entregándose con vehemencia a la mitología del personaje, consciente de que ya no necesita mirarse en otros espejos más que en el que él, y Lucas, crearon.

De tal forma que, por supuesto, tenemos acción, pero tenemos el que quizá es el más afortunado tono humorístico de toda su carrera. Así, Indiana y su padre forman un dúo en la mejor tradición de la “screwball comedy” norteamericana. Es mérito de Spielberg alcanzar a mezclar ese tono con en el de un relato sobre la fe religiosa, sin la menor fisura en su desarrollo. Las aventuras con Jones padre pueden llegar a ser desternillantes, pero también de gran ingenio y dinamismo. Ejemplos hay muchos, y sólo el genio de Connery como intérprete asegura su eficacia: intentando quemar sus ligaduras, provoca un incendio; encontrando una salida secreta, provoca que su hijo caiga aparatosamente por las escaleras.

Por otra parte, decir que Spielberg narra portentosamente la acción, a estas alturas resulta un eufemismo. Hay varias persecuciones (en lancha, en moto, en avión) que pueden ser, fácilmente, de lo mejor del género. Pero mención especial merece la del dirigible, con el graciosisimo chiste de “más peligroso imposible” pronunciado por Connery, justo cuando una bomba les cae casi encima y destruye su automóvil. Hay una alegría y un amor de Spielberg por sus personajes en el momento de la playa que resulta difícil de describir. Desde el mismo principio, padre e hijo se han mostrado dolorosamente divergentes, comenzando por la brillante broma del jarrón, y con el clímax de la conversación en el dirigible. Pero la demostración de audacia con el avión que está a punto de rematarles, provoca un respeto y una admiración que podemos palpar en esta hermosa secuencia.

Spielberg volvió a contar con tres colaboradores cuya aportación resulta inestimable: el montador Michael Kahn, el músico John Williams y el operador Douglas Slocombe. El primero dotó a la película de un equilibrio rítmico difícilísimo de obtener. El segundo pudo colocar su granito de arena (granazo…) a la hora de mezclar tonos, y el tercero volvió a demostrar su gran profesionalidad con una fotografía que seguía en cierta medida los pasos de las antecesoras, pero mucho más rica y mucho más elegante. De hecho, la palabra elegante le cuadra a esta película como a pocas. Si Spielberg se merece el rango de maestro, sobre todo es por cómo compone sus secuencias, al estilo de sinfonías, con unos movimientos de cámara y una planificación visual al alcance de muy pocos, que aquí se puede describir como majestuosa.

Conclusiones

‘La última cruzada’ puede ser, fácilmente, la mejor película de Steven Spielberg desde ‘Tiburón’. Con ella culmina un estilo de hacer aventuras que parece que luego Spielberg no podría igualar con la serie de ‘Parque Jurásico’, ni en intención ni en ejecución. Posee, además de las mejores secuencias de acción de todas ellas, una solidez inusitada.

Pero no sería la última película de Spielberg en esa década. La cerraría con un extraño remake que adelantaría la irregularidad de los años noventa.

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