
En este ciclo de cine de aventuras, que procura rastrear las constantes más perdurables y las más consistentes del de aventuras que algunos amantes de este género consideramos imperecederas, hemos hablado ya de una de las más grandes películas en blanco y negro de la historia (en clave exótica y bárbara), de uno de los primeros ejemplos del cine en alucinante color (en clave oriental y mística), de ladrones en un cruce magnífico de cine de autor y cine industrial (reverdeciendo laureles de Robin Hood), y de epopeyas marinas hasta el fin del mundo (en clave, invariable, de la armada inglesa). Ahora toca cambiar completamente de tercio, largarnos de Estados Unidos, e instalarnos por una vez en Europa, concretamente en la Arcadia Francesa, que tantos grandes artistas ha parido, y que tantas obras de arte atesora. Una de las más grandes, de las más recordadas, y de las más ineluctables del cine europeo de los años sesenta, pues con ella empieza, o casi, una nueva forma de entender el cine mucho más allá de las convenciones académicas que lo aherrojaban hasta entonces.
Verdadero icono del cine carcelario, ese subgénero del cine de aventuras que tantas alegrías ha dado a los amantes de la aventura sin límites, ‘La evasión’ (‘Le Trou’, Jacques Becker, 1960) es, en realidad, muy diferente a todas ellas, tan apasionante como el mayor drama sobre la búsqueda de libertad, pero tan fascinante como el cine de autor más personal u original, y tan inclasificable como cualquier otra joya del cine de vanguardia. Todo ello aunado para regalarnos una de las películas más inolvidables de esa década maravillosa, en la que por fin el cine, por varias razones (y dentro de poco hablaremos de ellas) se hacía adulto y conocía la plenitud de la mano de artistas verdaderos como Becker, y tantos otros maestros franceses, europeos y norteamericanos. Basta ver su impecable comienzo para percatarse de que nada sería igual después de ella. Hay que tener fe en el cine.



