
Oh, cago en Dios, ciervas vigilantes… Las odio. Esto es ridículo, ¡es la fábrica de levadura mejor protegida que he visto nunca!(Brutus)
Según el diccionario de la Real Academia, “raro” significa “extraordinario, poco común o frecuente”, también “escaso en su clase o especie”, o “insigne, sobresaliente o excelente en su línea”. Si os fijáis, en ninguna de esas definiciones hay una connotación negativa, peyorativa, desfavorable. Esto es, para nuestros expertos lingüistas, algo raro no es algo malo; incluso al contrario, es especial, algo que sobresale (algo bueno también, para los que no consideramos una gran idea pertenecer al rebaño de las masas). Sin embargo, como ya demostrara la desternillante ‘Bola de fuego’ (H. Hawks, 1941), ahí fuera, en la calle, la cosa funciona de otra manera, las palabras pueden tener significados muy diferentes, incluso a veces totalmente opuestos a los mantenidos por los académicos.
Cuando alguien llama “raro” a otro, normalmente no está diciendo que es extraordinario o escaso en el sentido que le da la RAE, lo más probable es que lo esté calificando de perturbado, de indeseable, de individuo al que no hay que acercarse o hacerle caso, cuando no simplemente que tiene un rostro poco común o agradable (feo, sin eufemismos). Como sabemos, el cine estadounidense tiene una poderosa influencia en nuestra sociedad, aún estando protagonizada por su propia gente, y destinada a su propio público, con su manera de entender la realidad. Así que cuando en un film tan grande y popular como ‘El caballero oscuro’ (C. Nolan, 2008), un mafioso llama “bicho raro” al Joker, cualquier hijo de vecino, en España, Francia o Perú, entiende que se trata de un insulto, y uno grave. Sin embargo, entre los personajes de la pequeña y minoritaria ‘Gentlemen Broncos’, lo raro es lo normal.


