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Johnny Lee Miller

'Trainspotting', la épica salvaje de los yonquis

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Antes de meterme en faena, he de decir que con esta película me pasa un poco como con ‘Amélie’ (id., Jeunet, 2001), filme francés con el que me lo paso bomba, pero que después de sus veinte primeros minutos me acostumbro demasiado al estilo (extremo) con el que me cuenta las cosas, y no es que acabe harto de él, pero pierdo el entusiasmo inicial, pues le es imposible a Jeunet mantener la sorpresa y el interés inicial. Con ‘Trainspotting’ (id., Boyle, 1996) me ocurre algo parecido, sin llegar a cansarme tan deprisa. Pero es el problema de una narrativa tan extrema y tan radical, que es imposible que la seducción de los primeros minutos pueda compararse con la de los últimos. Aún así, y a pesar de que su estilo no es el cine que más me emociona, he de confesar la absoluta debilidad, un tanto adictiva (nunca mejor dicho), que siento por esta película.

‘Trainspotting’ fue un fenómeno social y cinematográfico similar al de ‘Pulp Fiction’, y no creo exagerar un pelo. Desde que apareció, han surgido cientos de imitadores tratando de emular esta barrabasada absoluta de película. Sin embargo, ninguno ha logrado esta afortunada mezcla de comedia gamberra y búsqueda existencial, narrada con el pulso de un adrenalítico salvaje, sin complejos y sin miedo por caer en el ridículo. Porque de manera asombrosa, durante todo el metraje, la caída en el ridículo se vislumbra cercana, y no se sabe cómo pero en lugar de venirse abajo, se sostiene por no sé qué milagro. ¿Será el reparto, será su historia, será su audacia? Ni la menor idea, pero nos mantenemos pegados a la butaca, o al sillón, hasta que termina, preocupados por el destino de ese a ratos patético a ratos mezquino Renton, rodeado de la panda de chavales perdedores más lúgubres en muchos años de cine.

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