
‘Los descendientes’ (‘The Descendants’, 2011), la quinta película de Alexander Payne, presenta, con inmediatez pasmosa el conflicto al que se enfrentan sus protagonistas: George Clooney interpreta a un marido cuya esposa sobrevive a duras penas en un hospital. Antes de darnos esta información –sirviéndose de una voz en off de la que, afortunadamente, el autor no abusará desde entonces–, el único instante que nos ha mostrado la película es un cerradísimo primer plano de esta mujer disfrutando del esquí acuático. No vemos el accidente ni el momento de comunicar la noticia al esposo: no son necesarios, la película no va por ahí. Con mucha calma y sin incluir ningún momento de intensidad dramática, lo que mostrará la cinta a partir de ahí es cómo esa fatalidad cambia las vidas del marido y de las dos hijas de esa señora, a la que conoceremos muy bien, pero siempre por referencias.
Si bien directores consagrados y admirados confían en que sus films transmitirán mejor los sentimientos al espectador remarcando el dramatismo de sus hechos y demostrando la injusticia de que les ocurran a buenas personas, afortunadamente hay otros que saben que no es echando mano de esas facilidades como se consigue conectar mejor con el público. El director de ‘Los descendientes’, que también es guionista, junto Nat Faxon, escoge una familia que no es ni mucho menos perfecta: ni la señora accidentada ni su marido han sido cónyuges ejemplares que merezcan seguir juntos durante décadas. Las hijas, interpretadas por Shailene Woodley y Amara Miller, son niñas modélicas cuya existencia inmaculada quedará rota por la desgracia. Tampoco estamos en el otro extremo de los adolescentes problemáticos e intratables. El punto intermedio y de tremenda normalidad –a pesar de la riqueza heredada y de algunas peculiaridades muy concretas– demuestra un gran acierto en la elección.




