
Todo el mundo tiene motivos para matar-Mitsuko Souma
Suena el “Réquiem” de Giusseppe Verdi mientras una voz en off desgrana datos que nos describen una sociedad sumida en la violencia y la destrucción al comienzo del nuevo milenio. De ahí pasamos a lo que parecen ser imágenes de una especie de “reality” sangriento y brutal. En medio del caos, las cámaras enfocan a una niña empapada en sangre agarrada a un peluche que sonríe siniestramente a cámara: es la ganadora del programa. El nombre del mismo: ‘Battle Royale’.
El año 2000 amaneció con una furiosa película japonesa que bebe de la estética manga con avidez; no es difícil encontrar rastros en ella de ‘Aula a la deriva’, de Kazuo Umezu, o ‘20th Century boys’, de Naoki Urasawa, así como de sangrientos videojuegos de lucha como el mítico ‘Tekken’. La película hace del salvajismo su bandera y escandalizó a no pocos espectadores en su día. Sin ir más lejos, las deserciones en el cine en que la estrenaron fueron múltiples —recuerdo especialmente a un señor trajeado que abandonó la sala entre gritos de indignación—. Me pregunto yo qué esperaba la gente de un film en el que se anunciaba ya desde el cartel la lucha a muerte de 42 tiernos adolescentes en una isla desierta. ¿Una comedia romántica? La película favorita de Tarantino en los últimos 25 años creó un encendido debate sobre los límites de la representación cinematográfica. Pasada ya una década desde su estreno, veamos si había para tanto.

Mañana, coincidiendo con San Fermín, comienza la 