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La Naranja Mecánica

En estos tiempos en los que el cine parece haber encontrado el nuevo escalón en su conquista de la provocación y la polémica bajo el nombre de ‘A Serbian Film’, película que ha causado sensaciones encontradas en el último Festival de Sitges, nuestro nuevo recluta, Javier G. Trigales, se prepara concienzudamente —o sea, con el estómago a prueba de balas— para un especial sobre esas películas que en el momento de su estreno escandalizaron en gran medida a ciertos sectores. Y un servidor se ve en la tesitura de hablar en el especial de Stanley Kubrick, precisamente sobre la película más polémica de toda su filmografía, ‘La naranja mecánica’ (‘A Clockwork Orange’, 1971), aquella que aún, a casi 40 años después de su realización, sigue provocando amores y odios extremos a partes iguales.

Hasta hace unos cuantos años yo era un defensor acérrimo de esta película, hasta considerarla una de las cotas más altas de Kubrick. Sin embargo, en este repaso de su obra, el revisado de ‘La naranja mecánica’ me ha descubierto un film totalmente irritante, también muy bien filmado; una historia exagerada, también llena de interés —no obstante parte de la novela escrita por Anthony Burgess—, y sobre todo algo que rara vez se encuentra en el cine del director neoyorquino, una inmensa distancia entre forma y fondo. Kubrick, uno de los directores más perfeccionistas de la historia, lleva al extremo su peculiar estilo, intentando una propuesta parecida a la de ‘2001: Una odisea del espacio’ (‘2001: A Space Odissey’, 1968), pero con la violencia como telón de fondo.

Como en muchas de sus obras Kubrick —que por primera vez se enfrentaba en solitario a la escritura de un guión— divide su película en tres actos perfectamente diferenciables. El primero narra sin orden ni criterio las andanzas de Alex, el principal protagonista de la historia, y sus drugos, mientras hacen de las suyas. Violaciones, peleas, asesinatos, única y exclusivamente viven para ello. La puesta en escena de Kubrick es muy precisa, nunca mostrando más de lo necesario, aunque en 1972 muchos se rasgaron las vestiduras. Queda claro que la intención de Kubrick es provocar, y ciertamente lo consigue —yo hablaría más bien de irritar—, pero no porque las escenas de este primer bloque sean extremadamente violentas, sino porque no hay explicación alguna a los acontecimientos que pasean por delante de nuestra retina.

No sabemos, ni lo dan a entender, las motivaciones de Alex y sus amigos para la violencia que corre por sus venas. En un futuro lejano o cercano, en una Inglaterra que parece ubicada en cualquier otra parte, Alex y sus drugos corren a sus anchas practicando la anarquía, dando a entender que ese comportamiento extremo es algo completamente natural en la sociedad en la que viven. Antes de saltar al segundo bloque, Kubrick nos da la oportunidad de ver cómo vive Alex. En casa de sus padres, escuchando discos de Ludwig van Beethoven, se dedica a hacer novillos para no ir a clases, o a llevarse a un par de chicas a casa para hacer un trío. Incluso recibe la visita de un asistente social, escena con claras connotaciones sexuales que se quedan ahí. Después de todo Kubrick es atrevido, pero quizá no tanto.

El segundo bloque narra cómo apresan y encarcelan a Álex, que ha sido traicionado por su propios compañeros, sin que quedan demasiado claras las razones de ello. Acusado de la muerte de una mujer, cumplirá 14 años de prisión. Kubrick emplea un tiempo desmesurado en narrar cosas anecdóticas, como el ingreso de Alex en la prisión. Éste pasa de ser una persona extremadamente violenta e irreverente a ser un preso modélico. Esta parte está llena de humor, todos sabemos que Alex está fingiendo, su único interés es portarse bien para someterse a un experimento nuevo sobre rehabilitación por el cual le concederán la libertad. Lo que sea con tal de salir de la cárcel.

Antes de saltar al tercer bloque, se produce uno de los puntos más interesantes del relato. Kubrick arremete contra la Iglesia a través de la figura de un cura, que es algo así como el tutor de Álex, al que éste engaña vilmente haciéndole creer que desea ser buena persona. Son varias las escenas en las que el director ridiculiza la religión, pero al mismo tiempo pone en boca de dicho personaje la frase más coherente de todo el relato, aquella en la que se queja del experimento del gobierno para rehabilitar a violentos, alegando que con ello se anula por completo la capacidad del ser humano para elegir. La denuncia de Kubrick empieza a tomar forma. Hemos asistido a las atrocidades de Alex, y ahora es él quien se somete a otro tipo de hechos atroces, con la diferencia de que éstos están respaldados por la ley.

El tercer bloque nos presenta a un Álex recuperado para la sociedad, pero irónicamente todo le sale mal. En un relato totalmente simétrico, Kubrick devuelve a Álex a los lugares en los que estuvo antes de ir a la cárcel. Se encuentra con un mendigo al que le dieron una paliza, y esta vez nuestro sufrido protagonista es el que recibe patadas y puñetazos. Es salvado de dicha situación por sus antiguos amigos, que ahora son policías, y casi moribundo termina en una casa en la que violó a una mujer y dejó paralítico a su marido. Éste, que ha oído hablar de Álex en los periódicos le utiliza para fines políticos y le provoca un intento de suicidio. Alex comprende que la libertad tiene un precio muy alto, pero aún así las cosas se pondrán finalmente de su lado. Se dejará utilizar como instrumento mediático para atacar los terroríficos métodos del gobierno para rehabilitar a delincuentes. Beethoven suena de nuevo en todos su esplendor —en dos altavoces que prácticamente parecen dos monolitos, en una clara alusión al anterior film de Kubrick—, y Álex se recupera del todo.

Dejando a un lado la pericia técnica del film, Kubrick no llega a ningún lado con su continua provocación. Deja a Álex igual que al principio, con sus mismos deseos e impulsos, sólo que esta vez es admirado por todo el mundo, que le mira de forma compasiva por ser el resultado de los feroces experimentos del gobierno. Cuentan que Kubrick obvió el último episodio de la novela de Burgess debido a que se estaba leyendo la edición americana que no contenía dicho epílogo. En él se narraba cómo Álex volvía a las andadas pero finalmente dejaba su postura violenta por aburrimiento, llegando a formar una familia. En el film de Kubrick, Alex —un entregado Malcolm McDowell, a ratos muy histriónico e insoportable— no evoluciona, el personaje no tiene curva, aunque parezca que sí.

De esta forma, Kubrick no llega tan lejos como Burgess, y lo que es peor, su película lanza un discurso bastante demagógico sobre la violencia, resultando casi sin querer —o tal vez sí— una de las más grandes apologías de la misma jamás vistas en una pantalla. Ese futuro en el que todos los jóvenes son cool, los ancianos vagabundos borrachos, y cualquier representante del poder un ser desalmado, deja en evidencia las ganas de Kubrick por resultar polémico solo porque sí. La película fue retirada de Inglaterra por el propio director cuando se enteró de que un grupo de jóvenes imitaban a los drugos del film. No volvió a reponerse hasta el año 2.000.

‘La naranja mecánica’ es una excelente película para cuando uno es adolescente, y la rebelión contra todo poder está a flor de piel. Pasado el tiempo, a mí se me revela como un film fascinante visualmente —en eso Kubrick era de los grandes, sin lugar a dudas—, pero que no pasa de ahí, a pesar de los profundos toques de ironía, y que mostraban a un Kubrick con algo decían no tenía, sentido del humor. De eso en ‘La naranja mecánica’ hay bastante.

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Así de simple. Y aquí os dejo pruebas. Irrefutables. Stanley Kubrick es Dios.

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