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Lawrence de Arabia

“En Lawrence la clemencia es pasión. En mí sólo es buena educación. Juzgue usted qué motivo es más digno de confianza”.

- Príncipe Feisal (Alec Guinness)

No ha habido, ni habrá nunca, una película como ‘Lawrence de Arabia’ (David Lean, 1962). En su edición en DVD, Steven Spielberg lleva a cabo una introducción muy expresiva al respecto: “si hoy se hiciera esta película la harían con fondos digitales, y costaría trescientos millones de dólares”. Enamorado completamente de esta película (y de sus otros dos Lean favoritos: ‘El puente sobre el río Kwai’ (1957) y ‘Doctor Zhivago’ (1965), trío de filmes que asegura revisar cada vez que empieza una nueva película), dice lo que muchos pensamos, que hacer esta película con los medios y las técnicas actuales sería un sacrilegio. Esta gran verdad describe la mayor virtud de un filme irrepetible: todo lo que vemos es absolutamente real...aún tamizado por licencias narrativas y por un cínico romanticismo…o por un cinismo romántico.

‘Lawrence de Arabia’ representa, para millones de cinéfilos de todo el mundo, al cine en su máxima expresión. El cine como espectáculo definitivo y, al mismo tiempo, como arte propio de grandes artistas, de grandes autores. Porque no solamente vamos a hablar de uno de los más asombrosos relatos cinemáticos de la historia, también del retrato de un hombre asombroso y complejísimo, que iniciará una verdadera odisea en el desierto que le llevará a lugares de una belleza y de un horror superlativos, y a acceder a oscuras regiones de su interior que jamás imaginó que existían. Es mérito del gran David Lean, por tanto, proponer un viaje interior de una profundidad equiparable a su viaje exterior, audiovisual, que es uno de los más asombrosos, fotográficos y sonoros, que se conocen. Una experiencia sensorial y psicológica de grandísima envergadura.

Siendo T.E. Lawrence (Tremadoc, Gales, Reino Unido, 15 de agosto de 1888 – Clouds Hill, Inglaterra, Reino Unido, 19 de mayo de 1935) uno de los personajes más complejos del siglo XX, de una aureola mística irresistible, los guionistas Robert Bolt y Michael Wilson (segundo guionista en un principio no acreditado pero que luego vio reconocida su labor a partir de la restauración de 1978) de manera magistral su larga campaña en el desierto, y las posteriores consecuencias bélicas y sociales que conllevó esa campaña. Este guión fue llevado a la pantalla por un Lean apasionado, cuya ultima película, la estupenda ‘El puente sobre el río Kwai’, le había valido el Oscar al mejor director. Filmó desde el 15 de mayo de 1961 hasta el 22 de octubre de 1962, y dicen que Lean se enamoró tanto de las dunas y las rocas de, durante los interminables días de rodaje (aunque no todos, claro, bajo el sol abrasador y la arena desesperante del desierto) terminó comprendiendo verdaderamente a Lawrence.

David Arabia, Lawrence de Lean

Imposible desligar completamente la figura de Lawrence de Arabia, como la figura de Yuri Zhivago, de la del propio Lean. Pero sobre todo la primera. Imposible también decidir si Lean se parece a Lawrence o es Lawrence el que se parece a Lean. mismo. Claro que no será tarea fácil, porque en este magistral guión el personaje protagonista, un militar inglés insubordinado, pero de exquisita educación clásica, por nombre T.E. Lawrence (un soberbio Peter O’Toole en el papel de su vida, mal que le pese), el cual en una escena es un payaso entrañable, en la siguiente un fino estratega, en la siguiente (y no exagero nada, como sabrá quien la haya visto) un niño caprichoso, en la siguiente un ser desvalido, en la siguiente un bravo guerrero, en la siguiente un semidios casi inmortal, una sombra por la que no sentimos más que compasión, un héroe romántico, un tarado peligroso, un militar incompetente…

Las presentaciones de los personajes, desde luego, deberían figurar en todos los manuales al respecto (aunque sólo sea para ignorarlos, que es lo que se debe hacer en la mayoría de los casos), sobre todo mi predilecta, la de Sherif Ali (portentoso Omar Sharif, que a sus setenta y ocho años es aún mejor actor que cuando era joven), la cual es una maravilla audiovisual (y el cine es sobre todo imagen y sonido). Pero también es inolvidable la presentación de Lawrence en El Cairo, del que lo primero que vemos es su mano pintando el mundo. Se nos muestra como un romántico incurable, que pinta el mundo para bien y para mal para empezar y definir a Lawrence la cerilla aunque eso signifique quemarse los dedos. Imposible contextualizar de mejor modo la pulsión interior de Lawrence.

Este hombre, que en la primera parte de la película obrará una serie de genialidades que le harán perder la perspectiva de cómo son las cosas, y que al final de esa primera parte sufrirá un doloroso correctivo, en la segunda parte comprenderá en sus propias carnes lo que significa creerse un semidios, o un Dios, y caer en el más profundo abismo del dolor físico, moral y espiritual. Lo fascinante es que, cuanto más se acerca a su condición humana, mortal, más mítico le muestra la cámara de Lean. Como si por fin, extrayendo su dolorosa y atormentada humanidad por los poros del fotograma, Lawrence alcanzara, precisamente, esa condición divina que tanto se esfuerza en aparentar. Como si Lean se hubiera percatado de que sólo siendo patéticos y frágiles seres humanos se puede acceder a la inmortalidad.

Y Peter O’Toole está perfecto (después de considerar a otros como Marlon Brando, Albert Finney, Anthony Perkins o Montgomery Clift) porque en él se encuentran, inseparables, la fuerza y la fragilidad, sin dejarse avasallar nunca por el enorme aparato escenográfico del filme, dejándose literalmente la piel. Su particular descenso a los infiernos será el corazón de la historia, pero el alma sin duda es el desierto y lo árabe, que son algo más que un fondo o una excusa, más bien son la abstracción y la parábola de un mundo a la deriva, en el que lo “salvaje” y lo “civilizado” demuestran que no pueden conciliarse, y que el salvajismo es aplastar a culturas ancestrales, y que lo civilizado sería comprender mejor el desierto, porque al menos, como dice Lawrence, “es limpio”.

Ahí quizá sí puedo achacarle algo a esta joya, aunque sólo sea a título individual. Cada vez que en una película oigo a un oficial británico soltar el clásico “malditos salvajes” (sería interesante contar cuántas veces se han dicho esas palabras en una película o una novela) me enciendo porque para salvajes, y crueles, los oficiales británicos en los últimos tres siglos. Pero claro, hay que limpiar conciencias y hablar de disciplina. En ese sentido, Lean, cuyo propósito es equiparar la cultura árabe con la británica, termina traicionándose de cuando en cuando, porque se percibe, aunque él probablemente no lo quiera, un íntimo alineamiento con sus compatriotas y un cierto desdén cultural hacia los árabes. Esto no enturbia en absoluto (aunque merezca la pena señalarlo) la poderosa puesta en escena de Lean y lo antológico, y aún no superado, de un buen puñado de secuencias que contiene este filme.

Me refiero a secuencias como el salvamento de Gasim (que tanto en 1962, fecha de su estreno, como en 1986, fecha en que la vi en una reposición en Madrid, provocó aplausos fervorosos), en la que, con un crescendo musical alucinante, somos testigos del milagro de salvar a un hombre de una muerte segura. O a otras como la toma de Aqaba, que contiene uno de los más portentosos planos nunca realizados, el plano general del ataque de los jinetes que, en suave panorámica de izquierda a derecha, termina encuadrando los temibles cañones de la ciudad…los cuales sólo apuntan al mar, por suerte. Y no sólo a secuencias, también a planos y momentos imposibles de olvidar, siquiera de describir. Imágenes como la del barco surgiendo entre las dunas, pues Lawrence llega al canal de Suez cuando ya había perdido toda esperanza, o Lawrence comprobando la blancura de su nuevo atuendo bailando con su propia sombra, o mirando su propio cuchillo empapado en sangre ajena…

Conclusión

Película por la que no pasan los años, y cuya cinematografía, a día de hoy, no ha sido superada. Algunos se lamentarán de que le saque algún defecto, pero no creo que pueda existir una gran obra libre de ellos. Esos defectos hacen sus virtudes, si cabe, más grandes y más luminosas. Película mítica como pocas en la historia del cine, agotadora pero vivificadora, épica pero íntima, bella pero horrible.

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