Kathryn Bigelow y el mar
Estoy convencido de que si el cine norteamericano de género se hubiese limitado a repetir, sin más, las viejas fórmulas consideradas clásicas, no hubieran hecho otra cosa que reducirlo a un mero “cuento de la vieja”, con distintos elementos pero el mismo esquema. Es fascinante hablar y estudiar el trabajo de aquellos cineastas valerosos que, con una sensibilidad fuera de toda norma, transforman la apariencia de un arquetipo (en este caso, el policíaco) y le dan un ímpetu y una óptica que antes de ellos hubiera resultado impensable.
Y la prueba de que es cine personalísimo es que, a la hora de copiarlo, otros cineastas fracasan miserablemente. Son muestras de género que se sale del género. Un género en sí mismas. Creo que ‘Point Break’ (sugerente título para que luego nos lo traduzcan con el horroroso ‘Le llaman Bodhi’, que no pienso volver a emplear, queda avisado el lector) es una de esas muestras. Una extraña película de acción que se alza muy por encima de sus tópicos, para convertirse en una experiencia sensorial, cuyas no pocas virtudes se alzan muy por encima de sus numerosos defectos estructurales. Y todo gracias a su directora. Y es que lo más importante, siempre, acaba siendo la aportación del director.
