'Viernes 13', el origen de la máscara, sangre y tetas

Hasta once películas había protagonizado el sanguinario e inmortal Jason Vorhees cuando Michael Bay, en su faceta de productor, y el director Marcus Nispel decidieron repetir la exitosa fórmula de ‘La matanza de Texas’ y sacar otra ‘Viernes 13’, que es a la vez “remake”, secuela y “reboot”, todo junto. La cada día más preocupante falta de imaginación y de riesgo en el cine norteamericano nos trae de nuevo al psicópata que mata jovencitos salidos (bueno, una cosa va unida a la otra) mientras lleva puesta una máscara de hockey.
Aunque parezca increíble, casi veinte millones de dólares fueron empleados en resucitar de nuevo a un monstruoso asesino que tranquilamente podría intercambiarse por cualquier otro, pero con el tiempo Jason y ‘Viernes 13’ se han convertido en marcas reconocibles para el público, que parece estar dispuesto a seguir pagando de forma indefinida por otra entrega del producto, se le ofrezca lo que se le ofrezca (90 millones ha recaudado esta cosa). ¿Hasta cuándo? Quizá para siempre, mientras se haga un churro que cuesta X y genera X+1. Porque no hay más. Esto es lo más cercano a la comida basura, incluyendo los efectos perjudiciales para la salud de los consumidores. Menos mal que hay otros que son capaces de ofrecer otro tipo de productos de terror, que entretienen y que no nos toman por idiotas; como Sam Raimi, con su estupenda ‘Arrástrame al infierno’.



