'Mi nombre es Harvey Milk', la libertad es posible

El extraño Gus Van Sant es uno de esos grandes hombres de cine dispuestos a no enconsertarse bajo ningún concepto, y de sorprender incluso a los propios acérrimos seguidores. Ahora que parecía dispuesto a llegar más lejos que nadie en su incansable bombardeo de las convenciones narrativas de su país, regresa, en apariencia nada más, a un cine más accesible, si bien minado con inteligentes y sutiles cargas de profundidad que lo alejan de cualquier clasificación facilona.
Pese a todo, su nominación al Oscar como mejor película, entre otras nominaciones (competición a la que ha acudido con la etiqueta de perdedora de relleno, aunque posiblemente sea la más sólida y brillante de las cinco), quizá le haya dado mayor presencia mediática de la que habría tenido en caso contrario, y quizá algunos hayan pensado que Van Sant se ha entregado al mainstream, aunque en opinión de quien esto escribe, el director continúa con su indagación en el derrumbe físico y moral de una Norteamérica paralizada por el miedo y el odio.








