
“Soy ciertamente la última persona que debería dar consejo sobre…bueno, sobre cualquier cosa”
Por el cine estadounidense, y sobre todo por Hollywood, han desfilado innumerables bellos, con o sin talento, con o sin ideas, con o sin neuronas. Por supuesto, aunque no hace falta decirlo porque todos somos conscientes de ello, el “con” es precisamente la excepción, lo extraño. De entre las pocas estrellas no estrelladas en ese fango de glamour que alimenta Hollywood, podemos rescatar a George Clooney (1961, Lexington, Kentucky), un bello en camino de dejar de serlo (el tiempo, que todo lo estropea), quien lleva tres lustros demostrando que se puede ser uno de los hombres más deseados del mundo sin por ello carecer de personalidad y, sobre todo, de una cabeza bien amueblada, en la que las ideas progresistas van de la mano con un gratificante buen gusto a la hora de elegir los papeles, de un sentido del humor incombustible, y hasta de un considerable talento tanto en la interpretación como en la dirección de películas. Un hombre que, además, ha sabido mantener a raya a la legión de paparazzi dispuesta a airear su vida personal por dinero.
Y no ha sido un camino fácil, de ningún modo. Y esto no solamente por los prejuicios de un cierto sector de la crítica que, aún hoy, le niega cualquier clase de mérito artístico, también por su misma personalidad y su nulo interés, en su juventud, de prepararse debidamente y de trabajar duro para convertirse en un importante actor. Contaba la difunta Rosemary Clooney (famosa tía del actor) que una vez, cuando él ya era un aspirante a actor, le pidió pintar la valla de madera de la casa como pago por acogerle una temporada. El joven George pintó solamente el tramo de valla que Rosemary podía ver desde la ventana, y nada más. Una anécdota que adelanta un poco la astucia y la desvergüenza de un actor realmente versátil, consciente de la necesidad de conocer las propias limitaciones y de potenciar sus virtudes. Clooney nunca será un Laurence Olivier ni un Peter Ustinov. Ni falta que le hace. Le basta con ser Clooney.



Como habéis podido comprobar, en Blogdecine estamos muy pendientes de los 
En la sección ‘De Cine’ del programa de La Alternativa de hace dos sábados, nuestra querídisima Olga me presentaba con mi verdadero nombre a la audiencia con una frase no muy acertada. Cuando tocó hablar de cine lo hicimos sobre el espanto que supone una película como 
Kenner, Bach & Ledeen’s es un famoso bufete de Nueva York que defiende los intereses de U/North, una importante multinacional agro-química que comercializó un producto que provocó la intoxicación de cientos de granjeros. El abogado más importante del caso, Arthur Edens, funciona bien bajo medicación, pero cuando deja de tomarla se convierte en buena persona y le entran los reparos para defender a una empresa que ha provocado tantos perjuicios. Los demás socios tratarán de que su comportamiento no ponga en peligro los intereses del bufete y para eso le encargará a Michael Clayton que convenza a Arthur de volver a la defensa de U/North. Clayton no es ni policía ni abogado, sino que se define a sí mismo como barrendero, ya que tiene que limpiar la mierda que otros dejan. Pero este caso también le tocará la fibra a Clayton y le hará dudar sobre de qué lado ponerse. 

