
Dijo el gran Fernando Vallejo, uno de los pocos que dice las cosas como son y como él las siente (por muy radical o contradictorio que resulte a veces), que la literatura es muy poca cosa comparada con la música, que es el arte más perfecto y más sublime de todos. Y que cuando la literatura tiende a ser música, es decir, a potenciar la musicalidad de las palabras y de la narración, es más literatura que nunca. Creo que del cine se puede decir lo mismo: olvidarse de las reglas dramáticas del teatro y de la representación teatral, de significados morales o psicologismos, puede ser el camino hacia la imagen cinematográfica pura, tendiendo a los valores musicales como exaltación de la sensorialidad. Desde el principio del cinematógrafo, la relación entre las películas y la música se ha desarrollado de muchas, y a menudo apasionantes formas, y las conquistas y las derrotas de esta relación son un tema no menos apasionante del que hablar. Algunos dicen que el cine no necesita música, otros precisan de la música (sinfónica, jazzística, rockera, o de cualquier clase) para alimentar su propia imaginación y crear un mundo propio. Supongo que ambas vertientes son válidas, siempre que el cine se convierta en algo más que en un cuentacuentos obsoleto.
Y algunos hitos del cine han tratado de convertir sus imágenes, su puesta en escena, y hasta sus colores, en música. Con mayor o menor fortuna, pero han buscado la hazaña. Una de esas es, claro, ‘Fantasía’ (‘Fantasia’, 1940) dirigida por casi una docena de realizadores de animación no acreditados, orquestados todos bajo la batuta de Walt Disney, quien en un principio había pensado en un gran cortometraje, o quizá futura película, con la que relanzar a un personaje en horas bajas y al que él guardaba un cariño reverencial, el icónico Mickey Mouse. Como todos sabemos, a ese corto se añadieron otros muchos cuando decidieron producir un gran largo de animación compuesto de diferentes segmentos, sobre todo gracias a la insistencia del célebre director de orquesta Leopold Stokowski, que trabajó intensamente en la película y sin cobrar ni un dólar por ello, buscando un homenaje a la música mal llamada clásica (el término música culta o música docta es mucho más apropiado, me parece), y acercarla a su vez a las nuevas generaciones, incluidos los millones de niños que tenían en las películas Disney un aprendizaje emocional tan enorme.

