
Actualización del 29 de diciembre: Muchos sospechabais que esto era una broma por el Día de los Santos Inocentes y teníais razón. Espero que no me odiéis demasiado por haber elegido este tema en concreto
Cada vez es más difícil pensar en algún tema que no haya sido abordado en alguno de los muchos documentales que se hacen cada año. ¿Quién iba a esperar hace no tanto que un documental fuese una celebración del éxito de una película por ser horriblemente mala? Pues ya vistéis hace unas semanas cuando os hablé de ‘Best Worst Movie’ que esa laguna ya está perfectamente cubierta. Sin embargo, eso no quiere decir que se dejen de elaborar presuntos documentales que no son más que una forma cutre de promocionar una película (¿Quién no ha visto varios documentales incluídos en lass ediciones en dvd/blu-ray de alguno de sus títulos favoritos que no eran más que una chufla donde se dedicaban a piropearse todos entre sí?), artista, evento, ciudad, etc. Sin duda, esto es algo que quita mucha credibilidad al género, y aunque siempre me ha resultado fácil distinguir unos de otros, eso no ha impedido que me haya tragado tomaduras de pelo como ‘OT, la película’.
No obstante, hay ocasiones en las que un documental (o película) tiene todo en su contra para que pueda interesarte lo más mínimo. Puede ser que odies sobremanera un género cinematográfico (por ejemplo, mi hermana no soporta los westerns), tengas unas convicciones morales muy fuertes (me han llegado a hablar de alguien que sólo disfruta de una película con animales si estos no sufren ningún tipo de maltrato) o simplemente te cigue tanto el desprecio hacia uno de sus principales implicados que seas incapaz de tomarte en serio el proyecto. Eso es lo que me sucedía con ‘Justin Bieber: Never Say Never’, porque mi odio hacia el cantante de esa espanto pegadizo llamado Baby llegaba a unos límites similares a poder decir que me daba alergía su mera existencia, pero eso es algo que este documental ha ayudado a a cambiar.





