
Primero de los cuatro posts que quedan para terminar este ciclo vampírico que me he permitido el lujo de realizar por aquello de acordarnos de vampiros verdaderos únicos e intransferibles, antes de que las nenazas que brillan a la luz del sol se apoderen de las pocas neuronas que quedan en el planeta. Empezamos con la que, a mi juicio, se trata de la mejor película de vampiros que parió el cine moderno —si es que tal acepción puede darse—, la verdadera ópera prima de Kathryn Bigelow, directora de intensa mirada fílmica, que ha entendido el mundo masculino mucho mejor que otros compañeros de profesión siendo hombres. ‘Los viajeros de la noche’ (‘Near Dark’, 1987) compitió aquel año con ‘Jóvenes ocultos’ (‘The Lost Boys’, Joel Schumacher, 1987) por recuperar el cine de vampiros, en una década en la que el cine destinado a un público juvenil marcaba las pautas a seguir.
Films como el mencionado, o la excelente ‘Noche de miedo’ (‘Fright Night’, Tom Holland, 1985), sobresalían dentro del género fantástico, de entre toda la retahíla de productos que inundaban las salas de cine. La sombra de Steven Spielberg, uno de los realizadores más “copiados” en aquellos años, planeaba sobre muchos de esos films, pero en el caso del trabajo de Bigelow, la cosa apunta otras maneras. A pesar de que su reparto está lleno de actores jóevenes en su mayoría, ‘Los viajeros de la noche’ parece pasar olímpicamente de las pautas marcadas en este tipo de cine, y propone una historia llena de suciedad, violencia, muerte y desolación. Una película por la que su directora recibió el apodo de “Sam Peckinpah femenina”, algo exagerado sin duda, pero no del todo descabellado.

