
Pasan cosas malas… pero aún puedes vivir.(Joe Lamb)
Cada vez resulta más complicado, especialmente para los que escribimos a diario sobre cine en Internet, sentarse en la butaca a descubrir una película. A veces uno tiene la sensación de que conoce todas las sorpresas antes del estreno. Nos bombardean con demasiada información, nos muestran avances cada vez más largos, nos destripan la trama, nos aclaran los cameos y las muertes, nos comentan a qué otras películas se parece, si se planea la secuela, y en definitiva, nos revelan antes de tiempo escenas, detalles o imágenes clave que el espectador debería descubrir por primera vez en la gran pantalla, envuelto en la oscuridad de la sala y sumergido en la historia. Así que si hay algo que agradecer al productor, escritor y director J.J. Abrams es su (interesado) esfuerzo por envolver sus proyectos de un halo de misterio, por guardar un estricto secretismo en un negocio que se mueve en la otra dirección, en acercar al público lo más posible a la creación y el desarrollo del producto, como si fuese un miembro más del equipo.
Curtido en el arte de generar expectativas (y crear series adictivas), Abrams mostró al mundo el primer tráiler de ‘Super 8’ cuando todavía no había iniciado estrictamente el rodaje de la película, repitiendo la fórmula que probó anteriormente con una de sus producciones, ‘Monstruoso’ (‘Cloverfield’). Y acertó de nuevo. Nos volvió a atrapar con un teaser que mostraba el espectacular descarrilamiento de un tren, provocando que “algo”, definitivamente no humano, escapara de uno de sus vagones; eso, la implicación absoluta de Abrams (productor, guionista y director) y la firma de Steven Spielberg como productor, convirtieron a ‘Super 8’ en la promesa de un gran evento cinematográfico, en uno de los títulos imprescindibles de 2011. Teniendo en cuenta el éxito de taquilla (ya ha recaudado casi 200 millones de dólares más de lo que costó) y el aplauso generalizado de la crítica, me temo que soy uno de los pocos que no se ha sentido cautivado por lo que ha resultado ser un prefabricado ejercicio de nostalgia, una especie de revisión espectacular de ‘E.T.’ (1982) y la peor de las tres películas que ha dirigido Abrams hasta la fecha.





