
A lo largo de la historia el cine nos ha contado muchos relatos de espías. En todos ellos, el protagonista no podía tener una vida normal como una persona corriente debido a su trabajo. Lo vimos en las películas de James Bond, probablemente las más fantasiosas al respecto, y todos los sucedáneos que de ahí salieron, y también lo hemos visto en films más realistas, donde el espía no es ningún superhéroe con un coche que dispara misiles, o artefactos mil que sacaban a nuestro protagonista del más peligroso apuro. Si el espía resultaba ser una mujer, todos los hombres perdían la cabeza por ella, la cual no podía permitirse el lujo de ser normal y vivir como los demás.
Ahora llega Icíar Bollaín y le da la vuelta a la tortilla, contándonos una historia sobre mujeres detective, mujeres normales y corrientes de a pie, que podrían ser nuestras vecinas, y que irónicamente el trabajo les afecta en su vida privada de una u otra manera. La directora no pretende en ningún momento fantasear sobre la profesión, ni ofrecernos un relato de aventuras al más puro estilo Ian Fleming, sino todo lo contrario. El trabajo de espía, por así llamarlo, es una excusa para hablar de varios personajes, sobre todo femeninos, y sus problemas personales.

El cine y las novelas negras nos han creado una imagen de los 
