
A pesar de que ya no es una jovencita, Jennifer Garner tendrá siempre esa cara de niña, esa inocencia encantadora que le permite hacer papeles que puestos en el rostro de otras actrices resultarían estúpidos e insoportables. Cuando interpretó a una niña que se encontraba introducida en el cuerpo de una mujer en ‘El sueño de mi vida’ (‘13 Going on 30’, 2004), sus compañeros de la serie ‘Alias’ dijeron que ése era el papel que le correspondía, mucho más que el de la desabrida espía Sydney Bristow y añadiría yo que mucho más que el de ‘Elektra’.
Si se sabe aprovechar bien esta característica que, si bien quizá no es única en ella, sí es poco habitual, Garner puede resultar una gran baza para dotar a las películas en las que aparezca de un toque diferente. No sé si será con estas intenciones o con otras, el caso es que en dos días, el nombre de la actriz se ha asociado a dos proyectos de largometraje que tienen bastante buena pinta. Todo mientras rueda una nueva secuela de ‘Arthur, el soltero de oro’ (‘Arthur’, 1981)



