
“En Lawrence la clemencia es pasión. En mí sólo es buena educación. Juzgue usted qué motivo es más digno de confianza”.- Príncipe Feisal (Alec Guinness)
No ha habido, ni habrá nunca, una película como ‘Lawrence de Arabia’ (David Lean, 1962). En su edición en DVD, Steven Spielberg lleva a cabo una introducción muy expresiva al respecto: “si hoy se hiciera esta película la harían con fondos digitales, y costaría trescientos millones de dólares”. Enamorado completamente de esta película (y de sus otros dos Lean favoritos: ‘El puente sobre el río Kwai’ (1957) y ‘Doctor Zhivago’ (1965), trío de filmes que asegura revisar cada vez que empieza una nueva película), dice lo que muchos pensamos, que hacer esta película con los medios y las técnicas actuales sería un sacrilegio. Esta gran verdad describe la mayor virtud de un filme irrepetible: todo lo que vemos es absolutamente real...aún tamizado por licencias narrativas y por un cínico romanticismo…o por un cinismo romántico.
‘Lawrence de Arabia’ representa, para millones de cinéfilos de todo el mundo, al cine en su máxima expresión. El cine como espectáculo definitivo y, al mismo tiempo, como arte propio de grandes artistas, de grandes autores. Porque no solamente vamos a hablar de uno de los más asombrosos relatos cinemáticos de la historia, también del retrato de un hombre asombroso y complejísimo, que iniciará una verdadera odisea en el desierto que le llevará a lugares de una belleza y de un horror superlativos, y a acceder a oscuras regiones de su interior que jamás imaginó que existían. Es mérito del gran David Lean, por tanto, proponer un viaje interior de una profundidad equiparable a su viaje exterior, audiovisual, que es uno de los más asombrosos, fotográficos y sonoros, que se conocen. Una experiencia sensorial y psicológica de grandísima envergadura.


