
Prefiero ver el cine en los cines, pero cada vez entiendo más a quienes lo ven en casa. Y no solo por los ruidos y molestias que puedan causar el resto de los espectadores ni por el desplazamiento, ni por el precio de la entrada. Lo que lo convierte en una opción claramente inferior es la oferta. Mientras para acudir a salas tienes que elegir entre la pobre cartelera y, en algunas localidades, los ciclos y especiales de filmotecas, cine estudios y demás; para ver en casa lo tenemos todo. La oferta no es que sea amplia, es que es total. Se pueden elegir películas de todos los años, de todos los estilos, que te dejen del humor que necesitas en ese momento. Cuando hay que conformarse con las proyecciones de actualidad, ocurre como me ha ocurrido a mí con ‘Silencio de amor’: que termino viendo una película a la que le encuentro varios alicientes, que se me hace amena y cuyos personajes me caen bien, pero que resulta prescindible, olvidable y del montón. E incluso así, podía ser la mejor que hubiese en cartel esta semana.
‘Silencio de amor’ (‘Tous les soleils’, 2011) es una película de Philippe Claudel, autor de ‘Hace tiempo que te quiero’ (‘Il y a longtemps que je t’aime’, 2008), que nos habla de un viudo italiano, profesor de música barroca en la universidad de Estrasburgo, que en sus ratos libres canta en un coro y lee libros a ancianos enfermos. Con él viven su hija de quince años y su hermano, un anarquista con tendencias revolucionarias, que ha huido de Italia ante la subida al poder de Berlusconi y que se ha jurado no salir de casa hasta que su país quede libre del tirano. Tanto la hija como el hermano consideran que Alessandro está demasiado solo y hacen lo posible por encontrarle una novia.


