
La reciente muerte de Mario Monicelli me de vuelto a la memoria una comedia que marcó mi infancia: ‘Habitación para cuatro’ (‘Amici Miei’, 1975). Durante años siempre hablaba de «aquella película en la que un grupo de señores ya entrados en edad se dedicaba a reunirse para hacer el gamberro: cosas como ir a la estación de tren a dar tortazos a la gente que se despedía desde el vagón». Cuando, tras mucho tiempo, pude revisarla, la película no había perdido en absoluto. Seguía siendo igual de única, vital, desesperada y divertida que aquella maravilla que había visto hacía tanto tiempo.
‘Habitación para cuatro’ nos cuenta la historia de un grupo de amigos que sólo se sienten verdaderamente vivos y felices cuando son capaces de escapar de su «vida» cotidiana. Son gente como el periodista Perozzi (Philippe Noiret), el arquitecto Melandri (Gastone Moschin), el barman Necchi (Duilio del Prete), dueño del bar en el que todos se reúnen por la noche, y el conde Mascetti (Ugo Tognazzi), un noble arruinado que malvive en un sótano, pero que no renuncia a intentar mantener las apariencias, y que, además de mujer e hijo, tiene una amante.
La película nos narra todas las bromas pesadas que estos gamberros creciditos se dedican a cometer, logrando no sólo un efecto desternillante – algunas escenas son de antología de la comedia –, sino también contagiar una euforia liberadora que produce esa búsqueda de la alegría de vivir que una vez tuvieron.

Después de conocer que 
