
Cuando hablas de cine francés, la gran mayoría sacan a la palestra directores como François Truffaut, Eric Rohmer, Robert Bresson, Claude Chabrol y otros, en su mayoría de la Nouvelle Vague, pero existen directores que han sido injustamente con el tiempo semiolvidados y claramente infravalorados por algunas voces críticas, a la memoria me vienen por ejemplo Henri-Georges Clouzot o Jean-Pierre Melville. Vamos a recordar a uno de los mejores Melville.
Ayer me dispusé a revisionar ‘El silencio de un hombre (Le Samuraï)’ , joya del polar francés, dirigida y coescrita por Jean-Pierre Melville en 1967, y que con el tiempo se convirtió en una de las obras maestras del cine policíaco y en obra de culto.
Entre otras cualidades, ‘El silencio de un hombre’ es un poema desgarrador del hombre solo. Es también, y ante todo, una película policiaca. Este samurai, Jeff Costello (Alain Delon), no es sino un asesino a sueldo del hampa parisina. Asesina cumpliendo órdenes, por contrato. Engañado por sus socios, tiene que defenderse en dos frentes: contra la policía y contra sus cómplices. Se organiza entonces una implacable caza, todos contra un solo hombre. El héroe irrisorio de este combate nocturno triunfará. En la muerte, claro está. Una muerte deseada, organizada, como una apoteosis.
El film se inicia con una cita del código de honor japonés Bushido, y es que en el fondo Jeff Costello vive como un samurai, solitario, sin amigos y con una novia con la que mantiene una relación inestable y extraña y con una tarea que cumplirá sea como sea.
Ante todo Costello es un hombre de palabra, el cual tiene que cumplir una misión: asesinar a una persona, pero aún teniendo coartada, sus socios irán a por él con tal de que no se vaya de la lengua tras los interrogatorios que mantiene con la polícia. Será una persecución a doble banda.
Estamos ante un film maestro formalmente, con multitud de lecturas, de una profundidad envidiable, con una realización de Melville absolutamente magistral dotado de una elegancia superlativa.

