
Me he tragado ‘Resident Evil: Extinción’, primero porque me había tragado las dos entregas anteriores, bodrios de dimensiones cósmicas donde los haya, y motivado por dos razones más: la primera que el subtítulo “extinción” hacía pensar que nos encontrábamos ante la última entrega de la cansina saga (iluso de mí), y la segunda responde a otro tipo de impulsos y tiene que ver con la señorita Ali Larter, que le da mil vueltas en morbo y más cosas a Milla Jovovich, la estrella absoluta de las tres películas.
Curiosamente, y como si fuera una broma del destino, nos encontramos ante el mejor título de la saga, lo cual no quiere decir ni de lejos que sea una buena película. Realmente es malísima y no hay apenas por donde cogerla, pero ciertos detalles mínimos la salvan del desastre total y absoluto. En ‘Resident Evil: Extinción’ el guión es lo de menos, lo que importa es la acción, muchos muertos vivientes, o infectados, o zombis, o tíos feos, o lo que queráis llamarles, que se las hagan pasar canutas a la “no me despeines” Jovovich, mucho efecto especial, mucho tiroteo, y hala, a comer palomitas, o a dormir la siesta, al gusto del consumidor.

