
¿Alguno de vosotros recuerda la última vez que le inquietaron en el cine con una película de terror? No me refiero a llevarse uno de esos sustos que resultan previsibles gracias al incremento de la banda sonora, que más que asustarnos nos deja sordos. Me refiero a inquietarse de verdad, y en algunos casos a pasar auténtico miedo. En mi caso particular, si hablamos de miedo, me tengo que remontar unos once años, cuando ‘El sexto sentido’ (‘The Sixth Sense’, M. Night Shyamalan, 1999) lograba ponerme los pelos de punta. Luego el salto temporal sería mucho mayor, concretamente hasta cierta obra maestra de Ridley Scott ambientada en el espacio, o mucho más allá, cuando Dreyer me dejaba sin aliento en ‘Vampyr’, o Jack Clayton me hacía mirar para todos lados gracias a ‘Suspense’ (‘The Innocents’, 1960).
Actualmente el cine de terror está basado en golpes de efecto más o menos gratuitos, ya no hay un interés en dejar huella en el espectador, quieren asustarlo lo justo —mediante esos subidones de volumen comentados— y se acabó. En el peor de los casos hasta adornan las películas con argumentos literalmente ridículos, o echan mano de films conocidos para ofrecer una nueva visión sobre los mismos —ya sabéis, esas cosas llamadas remakes (no todos son malos, de acuerdo, pero sí la mayoría)—. Así podrían resumirse tres películas que recientemente me he tragado en la calidez de mi hogar y que me han hecho perder el tiempo. ¿Por qué las he visto?, preguntaréis. Ni yo mismo lo sé, los cinéfilos tenemos una maldición: procuramos tragarnos todo lo que llega a nuestras manos, ¿o eso eran los cinéfagos?









