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Richard Harris

'Robin y Marian', Sean Connery y Audrey Hepburn

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Cuando el listo de Ridley Scott —excelente director, sí, pero que cuando abre la boca hay que prepararse para lo que sea— dijo que su visión sobre el legendario Robin Hood sería la mejor de todas, algunos le dieron el beneficio de la duda, otros no sabían de lo que hablaba, y un buen puñado literalmente nos partimos de la risa. Que no se me malinterprete, admiro al realizador de joyas como ‘Los duelistas’ (‘The Duellits, 1977) o ‘Blade Runner’ (id, 1982), que una película venga firmada por él es razón más que suficiente para ir a verla, pero a la hora de defender su producto debería utilizar otra serie de argumentos y no el simple desprecio hacia obras maestras como la protagonizada por Errol Flynn, quien con mallas verdes tiene más carisma que Russell Crowe en el aburrimiento soberano de Scott. La de Keighley y Curtiz es sin duda la versión más famosa, la más comentada estos días, pero sólo unos pocos se acuerdan de la maravilla que filmó en 1976 Richard Lester, y que Scott plagia sin descaro en muchos de sus planos.

‘Robin y Marian’ es el sencillo y sentido título de una película que se adentra en el mito de Robin Hood desde una perspectiva totalmente desmitificadora y en un tono de elegía elucubra sobre las vidas de todos los personajes cuando éstos son ya mayores y no tienen el cuerpo para tantas batallas. Una historia otoñal, una canción triste de acentuados tintes crepusculares en la que Lester —director que efectuó una maniobra similar sobre otras figuras míticas, los mosqueteros de Dumas— se acerca sorprendentemente a un terreno en el que hubiera campado a sus anchas el mismísimo Sam Peckinpah.

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Sam Peckinpah: 'Mayor Dundee'

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‘Mayor Dundee’ se convirtió en la odisea más grande por la que pasó Sam Peckinpah, y probablemente todos los que intervinieron en ella. A lo largo de los años, actores como Charlton Heston, L.Q. Jones o James Coburn hablaron y hablaron de lo que supuso para ellos la experiencia y cómo veían a Peckinpah, quien se ganó en el rodaje de esta película la mala fama que le acompañó hasta su muerte. Exigente como pocos, montaba en cólera si alguien le llevaba la contraria y disfrutaba despidiendo a gente todos los días.

Tras ‘Duelo en la alta sierra’, cuyo prestigio estaba subiendo como la espuma, Peckinpah mostró especial interés por un guión escrito por Harry Julian Fink (futuro guionista de ‘Harry el sucio’), del que el director hizo su habitual reescritura, acompañado por Oscar Saul. El libreto original tenía demasiadas historias juntas sin centrarse en una concreta, demasiados tonos, demasiadas cosas. Peckinpah lo arregló poniendo como base principal el personaje del Mayor Dundee, adentrándose en sus personales obsesiones y aspiraciones.

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'Gladiator', la soledad de Máximo

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Haciendo un repaso exhaustivo por todas las películas que se han alzado con el Oscar (ese premio de tan dudosa reputación, al fin y al cabo es una industria premiándose a sí misma, nada más sospechoso) saltan las evidencias como chispas. Por ejemplo, que ‘El Padrino’ y ‘El Padrino, parte II’ son muy superiores a prácticamente todas las demás que lo han ganado. Y en cuanto a las que no lo merecían, teniendo en cuenta que eligen nada menos que la mejor película de todo un año, hay dos protagonizadas por el excelente, sanguíneo, instintivo, desaprovechado intérprete que es Russell Crowe.

Una de esas dos es ‘Gladiator’, la décimo primera realización del británico Ridley Scott, con la que recuperó el crédito comercial después de varios rotundos fracasos de público, y a la que cierto sector de la crítica, sobre todo de su país de origen (en opinión de quien esto escribe a años luz de la exigencia de los críticos europeos), trató con una vehemencia desproporcionada, al igual que los aficionados al cine, quienes la valoran muy por encima de lo que merece, ya que si sus limitaciones eran evidentes hace nueve años, ahora son escandalosas, y aunque también posee ciertas virtudes, no son suficientes. Pero vayamos por partes

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