
‘La última cacerÃa’ (‘The Last Hunt’, Richard Brooks, 1956) es el primero de los tres únicos westerns que dirigió su director —los otros dos son los espléndidos ‘Los profesionales’ (‘The Profesionals’, 1966) y ‘Muerde la bala’ (‘Riding the Bullet’, 1975)—, una especie de preámbulo al western crepuscular que directores como Sam Peckinpah desarrollarÃan concienzudamente en años posteriores. Brooks fue nominado en varias ocasiones al Oscar en las categorÃas de director y guionista consiguiendo la dorada estatuilla por lo segundo como autor del libreto de la poderosa ‘El fuego y la palabra’ (‘Elmer Gantry’, 1960) —por la que también recibió su único Oscar Burt Lancaster en una interpretación memorable— y se acercó al género cinematográfico por excelencia aterrado por la matanza de bisontes acaecida a finales del siglo XIX en suelo estadounidense, cuando se luchaba contra los indios acabando con unos y otros por el provechoso futuro de una nación siempre en el punto de mira del resto del mundo.
Con la figura del cazador —omnipresente en infinidad de westerns— Brooks realiza un film en el que se mezcla con bastante pericia denuncia, drama, acción e incluso unas gotas de terror, amén de un uso espectacular del paisaje, que harÃa las delicias del Anthony Mann más inspirado. Film poco conocido —se exhibió en programa doble junto a ‘Pete Kelly´s Blues’ (Jack Webb, 1955) de la que hablaremos un año de estos— contiene para sorpresa de todos matanzas reales de bisontes llevadas a cabo por expertos tiradores del gobierno durante la filmación de la pelÃcula para reducir un manada de bisontes, práctica muy habitual en aquellos dÃas. A dÃa de hoy resulta literalmente repugnante y denunciable. El verismo de dichas secuencias no deja lugar a dudas, y la sabia utilización de las mismas por parte de Brooks es ejemplar por cuanto logra su objetivo: demonizar un genocidio que también se dio con la población india.

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Una de las primeras cosas que hice tras encontrar una vivienda en la cultural ciudad de Granada fue ir a un videoclub llamado ‘Hollywood’, donde me estoy dando a conocer por adquirir pelÃculas de segunda mano, para hacerme una cuenta con la que poder alquilar una buena pila de los clásicos que adornan de forma inmejorable varias de las estanterÃas de este estupendo local.
Recuerdo haber jugado de pequeño a “los indios”. Eran violentÃsimas batallas de muñequitos (lo de disfrazarme nunca ha ido conmigo) donde los pistoleros blancos eran los buenos y los indios pieles rojas eran los malos. Lo normal, supongo. Es lo que veÃamos en las (maravillosas) pelÃculas. Sin embargo, no todas fueron tan poco respetuosas con la verdad y con un pueblo que fue borrado del mapa. Me viene poderosamente a la cabeza la imagen de Burt Lancaster en la magnÃfica 