
Hablar de ‘Blade Runner’ es hacerlo de varias cosas. Es hablar de la magia del cine, es hablar de arte, es hablar del ser humano, es hablar de una experiencia que transforma al espectador. Hace unos días, tuve la santa suerte de poder ver, en una sala de los Kinépolis de la ciudad de Granada, esta extraordinaria película que dirigió Ridley Scott a partir de una novela de Philip K. Dick. La había visto ya, si no recuerdo mal, cinco veces, pero jamás de esta forma, en pantalla grande y con una calidad de sonido y de imagen sencillamente inmejorables. ‘Blade Runner’ es una película que se enmarca tanto en la ciencia ficción como en el cine negro, terrenos ambos donde camina con paso firme y ejemplar, pero sobre todo es una visión pesimista y trágica de la condición humana.
El ser humano está en declive, muerto; esto es lo que ponen de manifiesto sus creaciones más perfectas, unas “máquinas” que se han desarrollado hasta tal punto que, en contraposición con las personas “reales”, quieren vivir intensa y eternamente. Gracias al precioso envoltorio de ciencia ficción, ‘Blade Runner’ plantea de forma fascinante una pregunta que siempre nos ha acompañado: ¿qué nos hace humanos? Lo orgánico ha perdido todo su sentido y las gentes deambulan sin sentido por calles ruidosas y superpobladas donde la lluvia refleja perfectamente el estado de ánimo que el film quiere transmitir. La fantástica banda sonora de Vangelis, la increíble visión de Scott y unos actores en estado de gracia logran que nos quedemos totalmente pegados a la butaca, independientemente de las veces que hayamos viajado hasta el barroco futuro de los replicantes.

La próxima semana se estrena entre nosotros el remake de 