
‘Salvador’ fue otra de las injustas perdedoras en la pasada edición de los Goya, donde nuestra queridísima Academia, en vez de resultar coherente, decidió agacharse para ceder ante la rabieta de Pedro Almodóvar, y no terminar de redondear el éxito de ‘El Laberinto del Fauno’, o el haber premiado con galardones más importantes tanto al film de Manuel Huerga, como ‘La Noche de los Girasoles’, que se fue a casa de vacío. La opción de ‘Salvador’ era probablemente la más arriesgada, debido a las fuertes connotaciones políticas que eso supondría. Y es que el film de Manuel Huerga, aparte de un duro drama, alegato contra la pena de muerte, es una clarísima denuncia a las consecuencias de vivir bajo un regimen que usó entre otras cosas, la mentira y la desinformación, como elementos para gobernar.
En nuestro pasado regimen franquista, el último ejecutado mediante el método de garrote vil, fue Salvador Puig Antich, un joven anarquista, que en una emboscada policial, al intentar defenderse, supuestamente mató a un policía. Y digo supuestamente, porque tiempo después, la autopsia reveló que de las cinco balas encontradas en el cuerpo del policía, sólo dos provenían de la pistola de Salvador. Puig Antich fue encarcelado, y cuando estaba esperando la revisión de su caso, es asesinado el Presidente del Gobierno Carrero Blanco. Los autores: ETA. ¿A quién hizo el Gobierno pagar los platos rotos? Efectivamente, a Salvador Puig Antich.