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Sidney Poitier

'Un Rayo de Luz', sobre hombres y perros

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‘Un Rayo de Luz’ (‘No Way Out’, 1950) nos presenta a un joven y brillante médico que será objeto del odio por el color de su piel. Una noche llegan al hospital dos heridos; son dos hermanos que han sido detenidos, tras un tiroteo con la policía, cuando cometían un robo. A pesar de la enfurecida resistencia de uno de los detenidos, un violento racista, el médico negro se hace cargo de ellos. El otro detenido está muy grave y a pesar de los intentos del doctor, muere en sus manos, lo que provoca que su hermano le culpe de asesinato.

El asesinato es tan cierto como que un médico por ser negro sea peor que otro por ser blanco. Pero el racista está convencido de ello. De ambas cosas. Odia a los negros y cree firmemente que son sus enemigos. Su forma de actuar es irracional, y a pesar de todos los intentos del médico por demostrarle que no fue responsable de la muerte de su hermano, no hay posibilidad de hacerle cambiar de opinión. Debido a su situación, detenido y en la cama de un hospital, envenena la cabeza de la ex-mujer de su hermano para que provoque una respuesta violenta hacia los negros. Éstos se enteran y portando la misma bandera, la del racismo, se lanzan a la lucha.

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'Good-bye, my Lady', un Wellman desconocido

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El nombre de William A. Wellman no le dirá absolutamente nada a las nuevas generaciones de cinéfilos. A los de anteriores generaciones por supuesto que sí, y son bastantes los títulos de su fructífera trayectoria como para considerarlo uno de los grandes. Películas como ‘Alas’, ‘El Enemigo Público’, ‘Caravana de Mujeres’ (de impresionante éxito en nuestro país en sus pases televisivos, llegando hasta el punto de poner en práctica lo que la película cuenta), o ‘Beau Geste’ visten una filmografía llena de joyas, algunas de ellas a redescubrir urgentemente.

En la actualidad, el único director que rememora, y más de una vez, al cine del viejo Wellman es don Clint Eastwood, quien no deja de homenajear, tanto en forma como en fondo, una de las obras maestras del director: ‘Incidente en Ox-Bow’, un western insólito, como muchos de los que firmó Wellman, en el que se hacía un incisivo análisis sobre el ser humano. Curiosamente, en ‘Good-bye, my Lady’ se encuentra otro paralelismo con la obra de Eastwood, aunque de menor grado. Laurindo Almeida, uno de los dos compositores de la banda sonora, fue un excepcional guitarrista que terminó interpretando los fantásticos solos del score de ‘Sin Perdón’, en una operación similar a la que realizó con el mítico Marty Robbins cuando lo puso a cantar en ‘El Aventurero de Medianoche’. Un pequeño ejercicio de nostalgia.

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