'Smoking Room', cuánta calidad con tan poco

Tenía un amigo en el colegio que siempre suspendía. Por vago, porque inteligente lo era, y mucho. Cuando le daba por estudiar (de forma muy puntual), y sacaba un sobresaliente tanto los profesores, como su madre, le reñían. Porque ese sobresaliente demostraba que todos los demás suspensos, los habituales, eran fruto del no querer, más que del no poder. Algo así me ocurre con el cine español. Tenemos muy bien cine en nuestro país. Hay que buscarlo, pero lo tenemos. Y cuando veo un gran film patrio, lo cierto es que me alegro mucho, pero también me mosqueo.
Y aquí es donde viene a cuento ‘Smoking Room’, una película de 2002 dirigida por Roger Gual y Julio D. Wallovitz. Es una experiencia que circula por terrenos inhóspitos, una verdadera sorpresa que, por su estructura, parece más una ingeniosísima sitcom de habla inglesa que una película española. La hora y veinte minutos que dura esta rareza, es una exquisita combinación de densidad e intensidad. Una serie de historias paralelas que tienen un solo vínculo: la oficina donde trabajan todos los personajes, y el suceso principal y unificador, que es que Ramírez, uno de los empleados, quiere que habiliten en la empresa una habitación para poder fumar. Así no tendrán que irse a la calle o la azotea cada vez que quieran echar un cigarrillo. Lo que no sabe Ramírez es que, aunque todo el mundo le apoya, nadie se quiere mojar, por miedo a estar marcados por los directivos.