
El actor Mel Gibson había llegado a lo más alto de su fama como estrella cinematográfica a principios de los años noventa, y había debutado como realizador en la estimable y razonablemente interesante ‘El hombre sin rostro’, un drama muy alejado de lo que cabría esperar de un individuo que tanto gusta por hacerse el macho en los vehículos de lucimiento personal que tantas veces le han brindado.
Tiene, por tanto, mérito (y no escaso) que esta estrella se jugase el todo por el todo en un ambicioso drama histórico que, igual que le encumbró como director, podría haberle hundido en la ciénaga de los fracasos rotundos. Apuesta casi suicida en la que, de manera implacable, convive lo formidable con el lugar fácil, el cliché con el arquetipo bien armado, lo bello con lo tosco. Gibson no conoce término medio.


