
En mi humilde opinión, el cine de aventuras tendría que ser aquel que nos haga desear pasar las peripecias que están viviendo sus protagonistas, envidiar sus destinos y misiones y anhelar dedicarnos a lo que ellos hacen. Provocarnos vivir vicariamente lo que no podemos saborear con nuestros propios cuerpos, trasladarnos a lugares y épocas oníricos y deslizarnos en una vorágine de sucesos que, a pesar de sus riesgos y desventajas, deseamos compartir… estoy segura de que hace unas décadas, eso era el cine para los espectadores de todas las edades. Y más adelante lo fue para las generaciones que vinimos después, durante nuestras infancias.
Según nos hacemos mayores, vamos comprendiendo que este séptimo arte que nos da tantas alegrías y decepciones ofrece otras maneras de disfrutarlo, ya pueda ser en un deleite estético, como en una reflexión intelectual, como en un goce emotivo, causado por compartir los sufrimientos o logros de sus personajes. Sin embargo, ninguna de estas opciones conlleva el deseo de convertirnos en esas personas o la traslación de nuestras inquietudes al otro lado de la pantalla. Solo el cine de aventuras que funciona de verdad lo consigue. Tan rara es la vez que esto se halla que, por mucho que me sirva para pasarlo como una enana, ya he dejado de buscarlo. Cuando lo encuentro sin esperarlo, sea como sea la película que me lo proporciona, me recreo y siento que estoy recibiendo aquello que ansiaba siempre que acudía al cine.










