
Jacob: ¿Ocurre algo?Bella: Unos vampiros quieren matarme.
Jacob: Lo mismo de siempre.
Las risas fueron adueñándose de la sala poco a poco. Un buen número de las muchachas que habían entrado a ver “la película del año”, emocionadísimas, como si asistieran a un evento sin igual en sus vidas, no podían evitar el estupor y la burla ante lo que veían, y lo que se decía en la pantalla. Y no era para menos, aunque en realidad toda la película es para tomársela a cachondeo. La chica protagonista, Bella (Kristen Stewart), 18 años, se retuerce como gata en celo, por “consumar” la relación con su amado, Edward (Robert Pattinson), 100 años, vampiro. Cuando de los besos se va pasando al desnudo, él se detiene y pronuncia una frase que suena como un jarro de agua fría, tanto para Bella como para todas las fans que observaban embobadas la escena: “No hasta después del matrimonio”.
Que en una película pensada para el público adolescente, y destinada a arrasar en taquilla, logrando récords y cifras estratosféricas, cuyo merchandising inunda los centros comerciales, se haga semejante apología de la virginidad (la pureza) y el matrimonio, resulta cuanto menos sorprendente. Cabe señalar aquí que la autora de los libros en los que se basan las películas, Stephenie Meyer, pertenece a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mormones). Así que cuando su protagonista debe decidir entre quedarse con un chico frío (literalmente) y responsable que se contenta con admirarla, y otro musculoso, caluroso e impulsivo (Taylor Lautner) que se cree tan irresistible que no para de acosar y forzar a la chica a que lo ame, la cosa está bastante clara. Lo cierto es que entre lo malo y lo peor, Bella tampoco tiene mucho donde elegir.









