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Superdog

'Superdog', arf arf arf

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Jarf, Jarf, Jarf, he usurpado la identidad de mi dueño, y mientras se ve una de esas mierdas de películas clásicas me he venido a su ordenador (qué burros estos humanos, no saben que podemos manejar como nadie estos simples chismes) y me he apresurado a escribir la crítica, una de verdad, de ‘Superdog’ antes de que él la destroce con uno de sus tan comentados textos. Menos mal que mi dueño no es uno de esos críticos pedantes y llorones que se creen con el derecho de decirle al autor de una película cómo debe hacer su obra, a esos buscadores de la verdad (juarf juarf juarf) objetiva, ramplones defensores con aparatosa dialéctica, de utopías, les aplicaba yo con mis colmillos una de esas operaciones sin retorno en cierta parte anatómica, para que no envenenasen el mundo con su descendencia.

‘Superdog’ es lo que es, una película en la que hay un superperro, sí como ése ser al que que tanto adoráis, Superman, pero en su versión canina. Tras un fallo por parte de un perro policía que tiene serios problemas con su olfato (pobrecillo, verdaderamente lo pasamos mal cuando el olfato nos empieza a fallar), éste es secuestrado para realizar un experimento, en el que por cosas de la vida (la humana, por supuesto, que siempre andáis metiendo la pata), se produce un estropicio de narices en las que mi canino amigo termina con unos poderes que ya los quisiera yo para seducir a la perra del vecino del memo de mi dueño.

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