
El cine de acción y aventuras, que en la actualidad no creo que pase por su mejor momento, siempre ha sido considerado de segunda clase, de nulo prestigio, de una importancia inferior a la de otras formas de cine, por razones incomprensibles para quien esto escribe. Así, algunos hitos de este cine fueron despachados, durante años, por los especialistas, como mero cine comercial sin la menor relevancia estética. Y si tal cosa ocurrió nada menos que con ‘Terminator’ o ‘Mad Max’, mucho más con otro famoso título de los 80, situado entre ambos, la fenomenal ‘Rambo: Acorralado’.
Viéndola de nuevo, casi tres décadas después de su aparición, resulta que no ha envejecido en absoluto, más bien es sorprendentemente moderna y su discurso y trasfondo aún están vivos hoy día, quizá más aún que en el momento de su estreno. Su vértigo y su trepidación permanecen intactos, y su drama, el de un hombre demolido por la guerra, merece situarse como uno de los relatos de acción más importantes de los ochenta, y, por tanto, una importantísima muestra de cine de aventuras, única forma de entretenimiento capaz de aunar divertimento y tragedia.

