
“Es mejor el libro que la película” es una de las frases más absurdas que he oído en mi vida, también una de las más extendidas. En pleno siglo XXI, en éste nuestro querido país tercermundista —aclaración para los quisquillosos o para los que hablen ruso, danés y chino: culturalmente hablando, of course—, aún hay gente, mucha quizá, que piensan que ‘El retrato de Dorian Gray’ libro puede compararse a ‘El retrato de Dorian Gray’ película, por poner un ejemplo, precisamente el que nos ocupa. Técnicas narrativas absolutamente distintas, herramientas en las antípodas, y ya no hablemos de que un guionista jamás podrá igualar lo que nosotros nos imaginamos cuando leemos una obra literaria. Lo que acontece en un libro y se narra de forma magistral no tiene por qué funcionar de igual manera en una película, muchas veces ni es creíble. La comparación siempre me ha parecido innecesaria. Director y guionista deben apartarse de la dictadura que representa el hacer una adaptación en otro medio y ofrecer algo nuevo pero que posea la esencia de la obra literaria sin que parezca que estamos viendo un libro.
Las dos adaptaciones de la famosa obra de Oscar Wilde son una firme prueba de ello. Tanto la versión de Albert Lewin como la de Oliver Parker adolecen precisamente de lo que señalaba. No obstante hay una diferencia abismal entre ambas, y haciendo alusiones culinarias como mi compañero Juanlu solía hacer, digamos que una es jamón de Jabugo y la otra una hamburguesa del McDonald´s hecha hace una semana.

