'Déjame entrar', nieve y sangre

Por fin se ha estrenado esta película, que de unos meses a esta parte está en boca de todo el mundo, y que ha suscitado no pocos encendidos elogios. Viéndola, me da la sensación, sin miedo a exagerar, de que si Shyamalan hubiera sido sueco, o se hubiera largado a trabajar a ese país en lugar de a Estados Unidos, no habría hecho una película muy diferente. Y es que el director, Tomas Alfredson, parece claramente inspirado por un tratamiento del misterio muy similar al del célebre director de ‘La joven del agua’. Y me parece tremendamente afortunado que mi última entrada haya sido a propósito de esa obra maestra, pues así los lectores de estas líneas tendrán más frescas mis ideas sobre la fantasía y el misterio.
Dejando bien claro que esta película me parece una sensible y noble aportación al género fantástico europeo, y que su director es ya, sin lugar a dudas, uno de los nombres a tener en cuenta en el futuro, tanto en este género como en cualquier otro que le interese, no puedo sin embargo unirme a ese dilatado grupo de cinéfilos que han encontrado en ‘Déjame entrar’ una pieza magistral y conmovedora de suspense. Pues, como trataré de explicar a continuación, muchas de las ideas y formalizaciones de esta película pienso que podrían haber dado para mucho más, y es una pena que queden a medio camino. Y no pienso decir eso de: “para los tiempos que corren no voy a pedir más”. Yo siempre pido más.




