
Iniciamos hoy el ciclo western con una película que en principio no debía ser comentada hasta mucho más adelante, pues pretendo seguir cierto orden. El estreno esta semana de un western producido nada más y nada menos que por Steven Spielberg, ‘Valor de ley (True Grit)’, me obliga en cierto modo a estrenar el ciclo con la película de la que los hermanos Coen dicen que no han hecho un remake, sino una nueva adaptación de la novela en la que se inspira. La obra de Charles Portis, un bestseller en los años 60, sirvió de base a la veterana Marguerite Roberts para servir en bandeja a John Wayne y Henry Hathaway la oportunidad de legarnos uno de sus films más recordados, y por el que el mítico actor ganó el único Oscar de su larga carrera. Intérprete y realizador ya habían trabajado juntos en varias ocasiones, siendo Hathaway uno de los directores con los que mejor se entendió Wayne, al lado de John Ford o Howard Hawks.
Estamos a finales de los años 60, el cine cambia a marchas forzadas, y en concreto el western que gira hacia un tono crepuscular, como preámbulo a su agonía, la cual sigue sufriendo a día de hoy. Sergio Leone y Sam Peckinpah formulaban el nuevo camino del género con dos de sus obras magnas: ‘Hasta que llegó su hora’ (‘C’era una volta il West’, 1968) y ‘Grupo salvaje’ (‘The Wild Bunch’, 1969), estrenada ésta última sólo una semana después del film de Hathaway. Pero ‘Valor de ley’ no tiene apenas que ver con los dos films mencionados, sino más bien recoge algo del Ford y Hawks otoñales, con los que comparte cierta esencia generacional, abriéndose camino hacia los horizontes de la modernidad, algo que Hathaway subrayaba en sus films de esa década. Su naturaleza empírica le llevó a realizar mezclas de géneros en sus últimos westerns, tal es el caso del film que no ocupa o de ‘Alaska, tierra de oro’ (‘North to Alaska’, 1960) o ‘El póker de la muerte’ (‘5 Car Stud’, 1968).








