Con el tiempo, y con esfuerzo, he logrado disminuir la cantidad de películas que compro al mes. También es cierto que me lo han puesto fácil, siendo España un lugar bastante malo para el consumidor de cine, para encontrar las mejores ediciones en DVD; por no hablar de todos los títulos que se editan de forma lamentable, a veces incluso sin subtítulos en castellano (pero sí en polaco o en turco, idiomas realmente fáciles de entender para cualquiera) o de las que sólo nos llegan con montajes recortados. Pero bueno, a pesar de todo, uno siempre encuentra cosas que comprar y llegó un momento en que me di cuenta que me estaba pasando, que tenía mucho más de lo que podía ver, y que incluso ya ni sabía qué tenía.
Es curioso porque a menudo encontraba algo que me resultaba tremendamente interesante, algo imprescindible, pero después de adquirirlo y llegar a casa, lo aparcaba en un rincón de la estantería. Cuando tocaba poner una película, optaba por alguna otra que tenía pendiente, dejando la “muy interesante” para otro día. Y van pasando. Pasando. Compré ‘Typhoon’ en un videoclub (segunda mano, tres euros) poco después de salir a la venta, sería en febrero del año pasado, con la ilusión de ver la película más cara hecha en Corea (al menos, en su momento). Finalmente, la vi hace un par de días, ninguna razón en especial. Y bueno, ojalá la hubiera dejado donde estaba.


