
Alto, delgado, osado, frío y observador, amante de los retos difíciles, un caballero con las mujeres aunque desconfía de todas, y una capacidad deductiva basada en la observación, absolutamente asombrosa. Ésas podrían ser las cualidades más significativas de Sherlock Holmes, personaje creado por Arthur Conan Doyle, y que ostenta el récord de ser el personaje de ficción con más adaptaciones cinematográficas de la historia, seguido muy de cerca por el conde Drácula. De todas ellas son muy famosas las realizadas por Roy William Nell e interpretadas por Basil Rathbone, la de Terence Fisher con Peter Cushing, ‘Asesinato por decreto’ (‘Murder by Decree’, Bob Clark, 1979), ‘El secreto de la pirámide’ (‘Young Sherlock Holmes’, Barry levinson, 1985), y desgraciadamente, ‘Sherlock Holmes’ (Guy Ritchie, 2009).
Tras haber disfrutado de una de las obras maestras de Billy Wilder, de la que ya os hablé en su momento, me hice un programa triple con las tres últimas películas mencionadas. Un empacho del personaje de Holmes que empezó con muy bien pie con la inspirada película de Bob Clark, siguió con el digno entretenimiento de Levinson, y lamentablemente terminó con el pueril barullo de Guy Ritchie, director que necesita urgentemente lecciones de cine, o directamente que se dedique a otra cosa.

