En 'Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal', en busca del cine perdido
A pesar de que iba prevenido y predispuesto a buscar las cosas positivas, la última película de Indiana Jones no ha logrado convencerme. Creo que inicialmente, los señores Lucas y Spielberg tenían una idea buena, pero la negativa, con exquisito acento escocés, de Sean Connery a participar en el proyecto da la sensación de que lo ofrecido en la pantalla es el “plan B” de la resurrección del arqueólogo. Y nos tenemos que conformar con ello, pero yo soy un inconformista. La sensación que tuve al salir del cine no fue tan nefasta como la que tuve después de ver el “Episodio I”, pero definitivamente no aceptamos barco como animal de compañía. Se confirma que George Lucas ha escogido como deporte cagar sobre sus propios logros y vender la mierda. En este caso ayudado por un Spielberg el cual, ante la imposibilidad cronológica de meter nazis, ha tirado de su otro comodín: los extraterrestres. No en vano Indiana Jones comparte siglas con Iker Jimenez. Por supuesto los malos malosos son imprescindibles, y si no son nazis pues…. rusos, va. Por que si, por que me apetece.
La película empieza bien, en el almacén donde tienen a James Woods el arca de la alianza. A partir de ahí comienzan los excesos. ¿Habéis visto esos myspaces que están tan recargados de decoración que molestan? Con esta película tuve la misma sensación. La introducción de escenas de acción grandilocuentes sin ton ni son es excesiva. Que si. Que es una película de Indiana Jones, pero si las comparáis con las otras sabréis de lo que estoy hablando. Se le da mucho trabajo al stuntman de Harrison Ford. Indy mantiene su humanidad, es de agradecer que no lo transformen en un superheroe como hicieron con John Maclane en la Jungla 4. Por otra parte, la película se apoya totalmente en la nostalgia para cautivar al espectador con la constante inclusión d
- 23 de mayo de 2008 a las 12:26
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