Favoritos de atticus en Blogdecine http://www.blogdecine.com/usuario/ seleccionado por atticus http://www.blogdecine.com <![CDATA['El origen del planeta de los simios', mucho más que entretenimiento]]> http://www.blogdecine.com/criticas/el-origen-del-planeta-de-los-simios-mucho-mas-que-entretenimiento http://www.blogdecine.com/criticas/el-origen-del-planeta-de-los-simios-mucho-mas-que-entretenimiento Wed, 31 Aug 2011 15:42:31 +0000 seleccionado por atticus riseoftheplanteoftheapesf1.jpg

Cuando hace más de diez años se supo que Tim Burton realizaría un remake de la mítica ‘El planeta de los simios’ (‘Planet of the Apes’, Franklin J. Shaffner, 1968), mucha gente, yo incluido, dio saltos de alegría. Poco importaba que Burton se atreviese con una de esas películas “intocables” —a este paso hasta ‘Casablanca’ (id, Michael Curtiz, 1942), que ya tuvo un amago de remake en 1980, será violada un año de éstos—, el material era perfecto para el director de joyas como ‘Eduardo Manostijeras’ (‘Edwards Scissorhands’, 1990) o ‘Big Fish’ (id, 2003). El resultado aún sigue dejando con la boca abierta a día de hoy, tanto que si la bautizamos como la peor película de su realizador, creo que no estaríamos exagerando ni lo más mínimo. Durante tiempo, y debido al final abierto de la misma, se especuló con una secuela, la cual nunca llegó a producirse, imagino que por el varapalo crítico a todos los niveles que sufrió la película.

Muchos de los que nos alegramos con aquella lejana noticia, no sentimos ni el más mínimo interés por la realización de una precuela diez años después. Un director desconocido, lo que normalmente no hace esperar nada bueno o interesante, más el hecho de narrar algo cuyo final ya conocemos, no hacía albergar demasiadas esperanzas. Pero de vez en cuando sucede algo, o aparece alguien, que logra sorprendernos por encima de lo esperado. Este verano —el día favorito de muchos en Galicia— nos ha traído dos films enmarcados en el más claro cine comercial, ése tan injustamente vilipendiado, que sobresalen muy por encima de la media. ‘El origen del planeta de los simios’ (‘Rise of the Planet of Apes’, Rupert Wyatt, 2011) es el primero de ellos, una joya que encierra más de lo que aparenta a simple vista.

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La trama del film da comienzo con los experimentos del joven científico Will Rodman (James Franco), cuyas investigaciones le llevan a encontrar un tratamiento para el Alzheimer, el cual es probado en simios. Un pequeño accidente hace que suspendan el proyecto, tomando la decisión de eliminar a los monos que se prestaron a ser cobayas. César es el bebé primate de una de las hembras, que Will se lleva a su casa intentando alejarlo de la crueldad humana, y de paso observar que lo experimentos en su madre tienen continuidad en el joven bebé simio. A partir de ese instante, las cosas tomarán un rumbo que pocos serían capaces de imaginar, y al mismo tiempo, una de las grandes ironías de la historia. El alzamiento de los que son nuestros antepasados más directos como escarmiento a nuestro egoísmo y desdén hacia los demás seres del planeta. ‘El origen del planeta de los simios’ es mucho más que una precuela del film de Shaffner. Es también una puesta al día del material propuesto por Pierre Boulle en su novela, aquel que se adaptaba en la película protagonizada por Charlton Heston, y que aquí funciona a modo de homenaje, totalmente respetuoso, del mencionado film. Algunas de las situaciones son idénticas, pero dadas la vuelta, logrando un impacto nuevo.

El libreto escrito a cuatro manos por Rick Jaffa y Amanda Silver sorprende por su capacidad de síntesis —menos es más— y por la inteligente sutileza con la que están expuestos los apuntes más llamativos del mismo. Pensemos por un instante en el tratamiento de los personajes humanos en el film. Resulta extraño que un actor como James Franco, que ya ha demostrado con creces su valía, dé vida a un personaje tan soso y poco carismático como el científico Will Rodman. Parece como deshumanizado. Lo mismo ocurre con el personaje de Brian Cox, al que todo parece importarle poco, y también con los de Freda Pinto y Tom Felton. No hay empatía con ellos, y sí con el personaje al que da vida un sensacional John Lithgow, el padre de Will. Y si la película puede interpretarse, yo al menos así lo veo, como una espectacular crítica hacia el ser humano y el olvido de éste hacia lo verdaderamente importante, ¿no resulta un acierto, por su crueldad, dotar al humano más querido de la función con la enfermedad de Alzheimer?

Pero la película supone además todo un ejemplo de cómo utilizar con inteligencia los increíbles avances en el campo de los efectos visuales. Weta Digital es la estrella de la función en ese aspecto, y la labor realizada aquí es memorable por insertar los efectos al completo servicio de la historia y no convertir el film en una ensalada de virguerías visuales, mal muy extendido en la actualidad. Llama poderosamente la atención la puesta en escena de Rupert Wyatt, vitalista como pocas. Contiene el film un crescendo dramático muy bien medido que alcanza su punto álgido en la excelente secuencia del Golden Gate, prodigio de ritmo y espectáculo bien entendido. Un auténtico momento catártico en el que me resulta muy difícil no emocionarme o incluso aplaudir. Uno quiere que los simios salgan victoriosos de la batalla que allí se produce, porque es con ellos con quienes se empatiza, otro de los milagros de la cinta.

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Mención a parte merecería la labor de Andy Serkis, quien él solito se come al resto del reparto. Tras los precedentes de Gollum en la millonaria trilogía de Peter Jackson, o el gorila más grande de todos los tiempos, también bajo la perspectiva de Jackson, el actor se corona dando vida a César, el simio que iniciará la rebelión de sus semejantes. Los resultados son superiores a los films mencionados, y Serkis logra transmitir una emoción que rara vez se ha visto en personajes digitales. Su mirada, gestos, fisicidad en definitiva, son captados por la sobria cámara —toda una sorpresa en estos tiempos dentro del cine comercial— de Wyatt. Instantes como el mencionado, o la primera palabra que pronuncia César, ponen la piel de gallina, demostrando cómo narrar una historia más que interesante, dotada de coherencia, y servida como gran blockbuster palomitero, lo cual no anula ninguna de sus virtudes.

Creo que aún no somos totalmente conscientes del enorme avance cinematográfico que supone esta película, mucho más conseguida que otras de la misma índole, y que terminan sucumbiendo a la parafernalia técnica. Pocas veces en el cine actual se ha visto una comunión tan perfecta entre calidad y comercialidad, dos características que rara vez han convivido juntas en armonía. Ya es hora de tirar los prejuicios abajo. Durante años, directores como Steven Spielberg o James Cameron han unido esas dos facetas con resultados más que estimables, siendo atacados, para sorpresa del que suscribe, por ello. Con el trabajo de Wyatt la operación se repite —la opinión general es que la película es “sólo” buena—, pero el paso incólume del tiempo demostrará lo contrario.

Otra crítica en Blogdecine:

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<![CDATA[Gran Cine de Aventuras: 'El desafío', la supervivencia como poema]]> http://www.blogdecine.com/criticas/gran-cine-de-aventuras-el-desafio-la-supervivencia-como-poema http://www.blogdecine.com/criticas/gran-cine-de-aventuras-el-desafio-la-supervivencia-como-poema Thu, 25 Aug 2011 09:03:11 +0000 seleccionado por atticus 800_the_edge_blu-ray8.jpg

“¿Sabes que puedes hacer fuego con hielo?” – Charles Morse (Anthony Hopkins)

Ahora que estamos en la zona final de este ciclo apasionado, pues además de ésta solamente escribiré acerca de dos películas de aventuras más, hablaremos sobre una cinta excelente que tampoco tuvo el reconocimiento que, creo, merece, y que ahonda con descarnada lucidez y elegante sobriedad en uno de los dos o tres temas esenciales del cine de aventuras: la supervivencia al límite como marco de las pulsiones humanas más verdaderas e imperecederas, esas que nos despojan de toda la hojarasca social y de toda la hipocresía del mundo civilizado, y nos desenmascaran tal como realmente somos, en lo bueno y en lo malo, pues no hay cabida para moralidades de ninguna clase. Se trata de ‘El desafío’ (Lee Tamahori, 1997), pobre traslación al español del mucho más estimulante ‘The Edge’ (aunque también se barajó el sugerente ‘Bookworm’, que se traduciría como ‘Rata de biblioteca’), un filme apasionante que es mucho más de lo que en un principio parece, ya que bajo su vertiginosa narrativa late una despiadada, aunque compasiva concepción del mundo, de la naturaleza salvaje y del hombre que ya quisieran muchos otros.

El neozelandés Lee Tamahori, oriundo de Wellington, saltó a la fama de forma muy justa gracias a su debut, el formidable drama existencial ‘Guerreros de antaño’ (‘Once Were Warriors’, 1994), y aunque su carrera posterior ha dado bastante menos de lo que hubiera sido esperable, y en la actualidad no da indicios de que vaya a recuperar el pulso demostrado en los años noventa, con ‘El desafío’ filmó la que probablemente sea su obra más serena y más redonda, narrando a lo grande, como un cineasta superdotado pero sin el anhelo de demostrar nada a nadie, ni de proponer otra cosa que una ficción a ras del suelo, a la altura de la mirada humana, que es, creo, una de las características de un director de raza. Pone en imágenes un guión superlativo del dramaturgo, guionista, director y ensayista David Mamet, una de las figuras más destacadas de la literatura y el teatro norteamericano de las últimas décadas, al que han destrozado magníficos guiones algunos de los directores (otros guiones suyos, me temo, no están a la altura de su gran talento), pero que aquí ve exprimido al máximo su libreto, con respeto máximo por su escritura, y con un gran sentido de lo audiovisual como experiencia sensorial, intelectual, de nuestro tiempo.

Filmada en grandiosas localizaciones naturales de Alberta, Canadá, ya desde el mismo comienzo la naturaleza salvaje se anuncia como un elemento sobrecogedor tanto por su belleza como por su amenaza, y es que no solamente va a ser un entorno impresionante, también se va a erigir en expresión visual del combate, por la vida y entre sí, de sus dos caracteres protagonistas. Charles Morse, un hombre de mediana edad que ya se asoma a la vejez, dueño de una inmensa fortuna y marido de una supermodelo, sabe que su mujer tiene un amante en el fotógrafo Robert Green, con quien viaja hacia remotas y peligrosas zonas de las montañas después de su fiesta de cumpleaños, acompañados del asistente Stephen, sabiendo perfectamente que ese fotógrafo pretende matarle, para quedarse con su esposa y su fortuna. Por supuesto, el avión se estrellará (por cierto, qué bien filmada está esa secuencia) y comenzará una vibrante aventura en la que conoceremos, como en tantas grandes películas de aventuras, la dureza de la vida en un ambiente helado y tan exigente como ese, mientras ambos hombres desarrollan una retorcida amistad basada en el odio y en cierto respeto mutuo, que estallará en un clímax inesperado e impredecible, que diluirá finalmente cualquier norma social o prejuicio, cuando la muerte acude con retraso, pero implacable, a la cita.

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Dos magníficos personajes y actores

Sería reduccionista decir que Charles representa lo bueno del hombre, lo luminoso, y Robert lo malo, lo tenebroso. El primero es un buen hombre que ha llegado a obtener cierta sabiduría, sobre todo acerca de su pasión por la cultura y el mundo natural (del que sólo tiene, en un principio, “conocimientos teóricos”), y el segundo es un arribista, un ambicioso hombre, también un luchador, mucho más joven que él que, en el fondo, admira a su adversario y le gustaría ser como él. De alguna misteriosa manera, el relato de aventuras, la peripecia, parece como convocada por un capricho del destino para que ambos caracteres se midan por fin, y a partir de ahí pueda desarrollarse un discurso existencialista, casi trágico, y con el que podemos indentificarnos plenamente, reducidos a monigotes frente a la vastedad de una naturaleza que no conoce el perdón a las criaturas frágiles. Creo que Alec Baldwin, un actor que sin duda ha ganado con los años, clava su personaje de intrigante y le da una verdad enorme. Baldwin es muy inteligente aquí y procura lucirse en un segundo plano, esperando siempre su oportunidad frente a la imponente presencia de Hopkins, y consciente de que posee menos recursos que él.

Porque Anthony Hopkins, uno de esos intérpretes excepcionales surgidos de Reino Unido y que capturan la atención de la cámara con un leve gesto, una mirada o una palabra, es el perfecto Charles Morse. Te lo crees hasta el final como ese millonario enamorado que sabe que le van a traicionar y que ahora se verá obligado a poner en práctica sus conocimientos teóricos sobre la vida salvaje. Hay algo siempre melancólico y tremendamente humano en este actor, que hace que no quieras despegar los ojos de él y comprendas todos sus actos hasta el final. Mamet le entrega el alma de la historia y Tamahori la cámara, narrando con un ritmo que no desfallece en ningún momento, con un suspense muy bien armado y con varias secuencias en el paroxismo de lo vibrante, por lo que desde el principio hasta el final es imposible aburrirse con esta película. Por si esto fuera poco, la dirección de fotografía de Donald McAlpine (un operador que ya nos deleitó con un salvaje entorno natural en ‘Depredador’ (‘Predator’, John McTiernan, 1987) y que en los últimos tiempos se prodiga poco) se aleja de un tratamiento preciosista de montañas, bosques y lagos espectaculares, y en su trabajo rige la contención y el rigor en todo momento. Para finalizar, la música del añorado Jerry Goldsmith, en una de sus últimas composiciones, aunque convencional comparada con algunas de sus joyas, imprime un dinamismo y una épica incontestables.

Conclusión

Notable película de aventuras, sin duda, con la que sientes en tu propia piel la fragilidad de la vida en lo salvaje, pero también la voluntad de supervivencia de cualquier hombre, independientemente de sus conocimientos, su riqueza o su generosidad, por lo que les iguala a todos ellos. Se ve con vértigo, pero no se olvida rapidamente. Al contrario, su profunda verdad queda en la memoria del espectador. Y para la próxima (penúltima) entrega de este ciclo, una muy diferente, tanto en temática como en nacionalidad, estética y técnica.

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Ciclo Gran Cine de Aventuras

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<![CDATA[Gran Cine de Aventuras: 'Héroe', lírica obra maestra]]> http://www.blogdecine.com/criticas/gran-cine-de-aventuras-heroe-lirica-obra-maestra http://www.blogdecine.com/criticas/gran-cine-de-aventuras-heroe-lirica-obra-maestra Tue, 30 Aug 2011 20:24:21 +0000 seleccionado por atticus hero0001.jpg

Recuerdo intensamente que, cuando se estrenó ‘Héroe’ (‘Ying xiong’, 2002) en los cines españoles, muchos no supieron a qué atenerse, dos años después de que otros guerreros voladores triunfaran en medio mundo con ‘Tigre y Dragón’ (‘Wo hu cang long’, 2000), una película que es más cine filosófico que de aventuras, por cierto. Para colmo, ese estreno venía firmado por un hombre que, hasta entonces, había deslumbrado con sus dramas de la China profunda, pasada y actual, y había destacado por su narrativa sencilla y la enorme emoción humana de sus historias. ¿Por qué, de repente, se pasaba a un cine tan abiertamente comercial, tres años después de que, con ‘The Matrix’ (íd, Hermanos Wachowski, 1999), viéramos a luchadores desafiar la ley de la gravedad? No fueron pocos los que expresaron su rechazo inicial a esta película, pero ‘Tigre y dragón’ no había inventado nada, pues el Wuxia es un género, en China, tan antiguo como lo es el Western en Estados Unidos, y donde en el Western hay pistoleros míticos en un entorno muy específico, en el Wuxia hay héroes de artes marciales en un pasado medieval.

Y es que Zhang Yimou, artista eminente, estuvo enamorado del género Wuxia desde su juventud, y esperó durante años el momento apropiado para llevar a cabo su aportación, que al final se convirtió en una magnífica trilogía, con tres títulos muy diferentes entre sí. La primera de ellas una historia completamente original, después de buscar exhaustivamente alguna antigua leyenda que le agradara. Original pero con claras reminiscencias de ‘El emperador y el asesino’ (‘Jing Ke ci Qin Wang’, 1998), en realidad a su vez basada en una historia real, de su amigo Chen Kaige, a la que él añade varios personajes, otros puntos de vista y, sobre todo una personalísima forma de narrar que convierten a esta experiencia sensorial en una pieza única de arte casi abstracto, de un lirismo y una belleza indescriptibles, en cuya materia se funden esgrima, danza, caligrafía, pintura, música y existencialismo, y que siendo una película de aventuras tan elegante e hipnótica, se erige en una visión despiadada de la ambición, de la venganza, de la crueldad, de la vanidad…pero también de la nobleza, del coraje, del sacrificio humanos.

Siendo, en la fecha de su realización, la película más cara de la historia del cine chino, ‘Héroe’ nació para ser una leyenda desde su misma concepción, exprimiendo la tradición oral china sobre guerreros místicos capaces de desafiar a un rey y a su ejército, inventores de golpes mortales con su arma que requieren de una coordinación casi sobrehumana, y en plena sintonía con el entorno natural. La historia de ‘Héroe’ comienza por el final. De entre los muchos guerreros y asesinos que quería eliminar al peligroso rey de Qin, destacaron tres por su destreza y su ferocidad. El rey puso precio a sus cabezas y se escondió en su enorme palacio, durmiendo dentro de su armadura. Un buen día, un espadachín sin nombre se presentó a las puertas del palacio y, con las armas de los tres guerreros vencidos a sus pies, se dispuso a contar la historia de su hazaña al rey. Pero, tal como saben los más grandes artistas, en el arte importa más el cómo y menos el qué, y Yimou emplea este insuperable punto de partida para desarrollar un discurso sobre el punto de vista, sobre el relato oral como constructor y luego deconstructor de la realidad, y, al fin y a la postre, un discurso sobre el cine y su infinita capacidad de representación de lo mental y lo espiritual.

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Épica abstracta

En ‘Héroe’ conviven cuatro películas, que funcionan al modo de cuatro movimientos de repetición, y con variantes, dentro de una sinfonía. Cada variante dispone de un color para ser identificada. Pero de forma muy diferente a ‘Rashomon’ (‘Rashômon’, Akira Kurosawa, 1950), película con la que ha sido comparada en numerosas ocasiones, ‘Héroe’ no toma un mismo hecho y lo va desarrollando desde diferentes y complementarios puntos de vista, sino que deja que la verdad vaya surgiendo, imparable, desde la invención parcial del guerrero sin nombre, primero, la especulación poética del rey que antes escuchaba y ahora narra, después, y la impura y compleja verdad que emerge al final. Cada uno con un color: el rojo (que representa la pasión, la violencia), el azul (que expresa lo mental y lo espiritual, también el amor fraternal y la amistad) y el blanco (la pureza, pero también la soledad y la muerte). Y en un intermedio bellísimo con el color verde de la esperanza y la sabiduría. Inyectando cada uno de esos colores en el vestuario, la fotografía y la dirección artística, primero se nos cuenta una historia de celos y traición, luego una de sacrificio y redención, y al final se mezclan ambas, como si el rey y el asesino, los dos opuestos, se fusionaran para crear la película.

Pero este vuelo de la imaginación no se limita solamente a pintar cada una de las partes, también se esfuerza en que formen un todo estético, en el que lo tonal impregne completamente la psicología de los personajes, y nos zarandee emocionalmente con sus diferentes registros. De la oscuridad del episodio en rojo, que será tremendamente violento y en el que los personajes se mostrarán crueles, vanidosos y mezquinos, a la luz del episodio en azul, en el que sentiremos la amplitud de los montes chinos (¡la sublime escena del funeral en el lago!), para terminar con el desolador desenlace en el que, ya exhaustos, conoceremos lo bueno y lo malo de unos personajes magníficos, siempre contradictorios, pero presos de sus ideas y sus pasiones, sorprendiéndose a sí mismos a la hora de tomar un camino u otro, y emocionándonos con la profunda verdad que emana de todo eso. Yimou pasando de contar la historia de gentes sencillas, héroes cotidianos, a la de héroes grandiosos con defectos tremendos y fragilidades que ni la destreza más asombrosa con un arma blanca puede compensar. Como si la épica fuera la crónica de un fracaso colectivo en el que la guerra, y no la paz, es la que finalmente triunfa. Y puede que así sea.

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Hay algunous momentos, imágenes, ideas cinematográficas, secuencias, gestos, detalles, sorpresas audiovisuales, que le dejan a uno literalmente sin palabras, y que sitúan a Yimou, por si sus obras previas no lo habían hecho ya, en el Olimpo de los directores vivos más audaces, hondos y luminosos del mundo. Hablamos de momentos como el lago el que se reflejan las montañas y en el que descansa la amada sacrificada, sobre la que cae una gota de agua que parece una lágrima; o el del calígrafo que inventa una palabra mientras su casa se viene abajo en una lluvia de flechas. De ideas como ese golpe maestro a diez pasos. De sorpresas como la sombra de la guerrera reflejada en la pupila de su adversaria antes de morir. Pero estamos en el ciclo del gran cine de aventuras, y también hay secuencias asombrosas como el combate entre las enormes cortinas verdes que caen como cascadas, o la pelea fratricida entre las hojas amarillas que se vuelven rojas, o la danza en blanco y negro que es la primera de la película, o la muerte de los amantes, que le hiela a uno el corazón. Pero nunca desde el morbo o la pretenciosidad. Siempre desde la elegancia extrema, la contención, la humildad. Un milagro.

El reparto exigía que los actores, además de ser brillantes, supieran luchar de modo creíble y hasta espectacular. El sexteto con el que contó Yimou (prácticamente, no hay más personajes en toda la película) creo que es insuperable. Para el rey de Qin contrató al incombustible Chen Daoming, que a pesar de llevar bastantes años a sus compañeros, no parece que tenga problemas para seguirles el ritmo en las secuencia de acción. Para el trío de asesinos tres actores muy dispares: Tony Leung (una estrella internacional que, a mi juicio, es un actor formidable), Maggie Cheung (que es bellísima y capaz de ofrecer un misterio enorme a su personaje) y Donnie Yen (una estrella de las artes marciales que es el que menos presencia tiene). Para el guerrero sin nombre, el bastante más conocido por el espectador medio, sobre todo en los últimos años, Jet Li, en el que fácilmente puede ser su mejor papel. Y para el último papel, la musa por aquel entonces del director, Zhang Ziyi, preparándose para su papel estelar en la inolvidable ‘La casa de las dagas voladoras’ (‘Shi mian mai fu’, 2004).

Pero no menos importante era la elección del director de fotografía que tenía que hacer realidad el mundo que Yimou llevaba en la cabeza, y llamando al insigne Christopher Doyle le dio la oportunidad de lucirse con un trabajo superlativo. Siendo el habitual de directores en la vanguardia narrativa (como Gus Van Sant, o Wong Kar Wai), Doyle creó esta vez un espectáculo visual al que se le queda pequeña la palabra grandioso. Filmada en Super 35, con un aspect ratio de 2.35:1, saca todo el partido a los hermosos escenarios naturales y a los enormes decorados. Gracias a su pericia y a su exquisito gusto, podemos apreciar combates imposibles con una limpieza en la planificación y una perfección técnica inigualable. El formato scope se beneficia de un equilibrio visual absoluto entre lo que Yimou pretende contar, y entre la forma que ha elegido para narrarlo con su colaborador Doyle, en perfecta consonancia con la música de Tan Dun, lo que termina por convertir a esta película en un festín para los sentidos, y en un viaje emocional y psíquico imprescindible para cualquier amante del cine en general, y para cualquier adicto al gran cine de aventuras en particular.

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Conclusión

Sólo queda una película para acabar este ciclo, y, una vez más, va a ser muy diferente a la anterior aunque bebe de muchas de las tradiciones cinemáticas orientales, y se construye desde la admiración, precisamente, hacia este tipo de cine. Si tengo que elegir entre esta y ‘La casa de las dagas voladoras’, me quedo con la segunda, pero eso ya es algo muy personal, y pese a ello no tengo ninguna duda de que esto es cine de aventuras apoteósico, de una belleza indescriptible y de una perfección técnica irreprochable.

Ciclo Gran Cine de Aventuras

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<![CDATA['Un dios salvaje' de Roman Polanski, tráiler]]> http://www.blogdecine.com/trailers/un-dios-salvaje-de-roman-polanski-trailer http://www.blogdecine.com/trailers/un-dios-salvaje-de-roman-polanski-trailer Sat, 20 Aug 2011 07:55:53 +0000 seleccionado por atticus

Una semana después de que apareciera el cartel, ya podemos echar un vistazo al esperado tráiler de ‘Un dios salvaje’ (‘Carnage’), lo nuevo de Roman Polanski. Y si no fuera suficiente con la firma de este extraordinario director, ojo a los actores que protagonizan la película: Jodie Foster, Kate Winslet, Christoph Waltz y John C. Reilly. ¿Alguien se la va a perder?

‘Un dios salvaje’ es una adaptación de una obra teatral de Yasmina Reza titulada ‘God of Carnage’, escrita para la gran pantalla por Polanski y la propia autora. Como queda de manifiesto en el tráiler, que recuerda un poco a Woody Allen, la historia gira en torno a dos parejas que se reúnen después de que sus respectivos hijos se hayan peleado en el colegio; en lugar de llegar a una solución, el encuentro acaba en desastre, con acusaciones y discusiones que dejan al descubierto importantes grietas en ambas familias. La película compite en el festival de Venecia y la podremos ver en España a partir del próximo 18 de noviembre. No diré que el avance me ha dejado cautivado, pero es que me da igual, como si consiste en un plano detalle de la nariz de Waltz, invariable durante dos minutos. Es uno de los títulos imprescindibles de este año.

PD: ‘Un dios salvaje’ es como se llamó la obra de teatro en nuestro país.

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<![CDATA[Gran Cine de Aventuras: 'Excalibur', mitos y leyendas]]> http://www.blogdecine.com/criticas/gran-cine-de-aventuras-excalibur-mitos-y-leyendas http://www.blogdecine.com/criticas/gran-cine-de-aventuras-excalibur-mitos-y-leyendas Thu, 11 Aug 2011 15:00:54 +0000 seleccionado por atticus 800_excalibur_blu-ray_5_.jpg

La Leyenda Arturiana, por lógica, era cuestión de tiempo que conociera su lugar entre las grandes aventuras del cine. Eso sí, no se trata de un mito fácilmente trasladable a imágenes y sonidos, y no existe en ella ni un ápice de los arquetipos que hoy día se estilan en las más superficiales películas de magia y brujería. Más bien tiene mucho de retorno a los más arcaicos orígenes de la imaginación, de cuentos orales narrados a la luz del fuego, de narraciones que exigen del oyente (o del espectador, en este caso) una total suspensión de incredulidad y una entrega en cuerpo y alma a un mundo que una parte recóndita de nuestro ser desearía que existiera en verdad, por muchas tragedias, violencia o muerte pueda contener. Convencidos, quizá, de que merece más la pena ese segundo mundo que el nuestro propio, siempre tan gris y propenso a convertirnos en meros testigos. Y por eso Arturo, Perceval, Morgana, Lancelot, Merlin, Mordred, Uther Pendragon, Sir Hector y todos los demás pertenecen al mundo de los sueños del gran cine antes que erigirse en reflejo de la vida real.

Continuamos el Ciclo: Gran Cine de Aventuras con un filme que, a grandes rasgos, posee una aureola de prestigio bien merecida, y que pese a que no es una gran obra maestra del cine, sí goza de una dirección muy inspirada del buen artesano que siempre ha sido John Boorman, de un casting tremendamente estimulante y, sobre todo, de un diseño de producción y de una atmósfera en verdad magníficas, que convierten a la pantalla en un lienzo en el que los colores, las formas, las sombras, la niebla, el agua, se convierten en protagonistas centrales de una narración alucinada y alucinatoria, dedicada a construir un mundo de aventura y fantasía infinitas, en la que los mitos y las leyendas son tan plausibles como un arroyo y un bosque, y quizá sean lo mismo. ‘Excalibur’ (íd, 1981), en su versión original (que recomiendo frente a su parcial mutilación de la versión americana), es casi una película abstracta que se ramifica hacia terrritorios de pesadilla muy notables, de gran profundidad psicológica, con momentos realmente magníficos.

Parece ser que John Boorman deseaba llevar a cabo una adaptación desde finales de los años sesenta, pero no fue hasta bastante después, con sucesivas reescrituras llevadas a cabo en colaboración con el escritor Rospo Pallenberg (sobre la base, esencialmente, de la recopilación de romances del siglo XV ‘La muerte de Arturo’ de Sir Thomas Mallory) cuando tuvo la oportunidad de hacerla con total libertad, filmando en bellísimos parajes naturales de Irlanda, con un diseño muy audaz de decorados y de armaduras (del que se ha señalado hasta la saciedad su anacronismo, pues se supone que la historia transcurriría en la Edad Oscura, y mucha tecnología parece de la Baja Edad Media), con un diseño de sonido muy interesante y pocas veces analizado como merece, y con una fotografía poco preciosista y llena de buen gusto del fallecido Alex Thomson, que abunda en fuertes claroscuros y en un aspecto visual por momentos deslumbrante en el uso de un aspect ratio no demasiado radical (1.85:1) y en un sentido de la épica elegante y místico.

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La soledad del rey

Desde el primer momento de la película, con el segmento dedicado a Uther Pendragon (un casi irreconocible Gabriel Byrne), la magnética atmósfera de la película y el particular ritmo de Boorman se adueñan de la retina del espectador. Presenciaremos la entrega de la espada que da título a la película, y la maldición/bendición que representará para su legítimo heredero. Pero, también, una sensación de inquietud, de extrañeza latente, con momentos de gran sensualidad y de extrema violencia, tendrán lugar antes de la aparición de Arturo, que en realidad es el padre de todos los Luke Skywalker habidos y por haber (y nadie me negará, para más inri, el parecido de Nigel Terry con Mark Hamill...). Terry está perfecto como el chiquillo con el que nadie cuenta, primero, y la gran esperanza de un mundo mejor, después, para terminar encarnando magníficamente el sentimiento de soledad extrema de un rey amado pero acuciado por sus tormentos interiores. Sorprende la oscuridad y la ausencia de interés de Boorman en una narrativa atractiva para el espectador. Muy al contrario, el visionado de ‘Excalibur’ resuta agotador, aplasta el ánimo y concluye con un sentimiento apocalíptico que resulta inolvidable.

Merlin, interpretado por un soberbio Nicol Williamson, se erige de alguna forma en representante de una magia luminosa pero aún así inquietante, mientras Morgana (una guapa, extraña Helen Mirren) es la gran figura de las artes oscuras de esa misma magia. Son algo así como el Ying y el Yang, la creación y la destrucción. Y en medio Arturo aglutina en sí mismo lo mejor y lo peor del hombre, su nobleza y entrega infinitas, así como su egoísmo y su vanidad. Boorman lo dirige todo con gran destreza, en un equilibrio difícil de mantener, preparando con astucia la enorme tensión y el sentido abstracto del último tercio de la película, increíblemente lírico y tenebroso, como una pesadilla interminable en la que el mundo entero se desgarra y se colapsa. Captura así el cineasta de manera más que notable la concepción de Camelot como el paraíso perdido, y de los guerreros que se sentaba en la Mesa Redonda (símbolo de equidad, de democracia suprema), y sobre todo un espíritu de aventura como liberación de los demonios interiores (de los celos, de la ambición, de la mezquindad y la estupidez humanas), en algunas de las secuencias de combates y de batallas más sangrientas y espeluznantes que recuerda el autor de estas líneas.

Muy diferente de tantas películas de aventuras norteamericanas, esta película es el perfecto híbrido entre cine de gran espectáculo y cine de autor, uno de los pocos que existen. Con ella Boorman alcanzó uno de los momentos más notables de su carrera, y aunque adolece de algunas lagunas en su construcción, como una tensión no siempre bien hilvanada entre los muchos capítulos de la historia o un punto de vista de los personajes demasiado confuso en ocasiones, estas no logran hacer olvidar el enorme impacto emocional de sus imágenes, el admirable tenebrismo de su puesta en escena, o la melancolía y la fatalidad que impregnan toda la parte final. No es de extrañar que no se hayan planteado (los cineastas más relevantes, quiero decir) una nueva versión de estas aventuras en los últimos treinta años. El recuerdo de esta magnífica película de aventuras es indeleble y seguramente disuade a los más audaces.

Conclusión:

Lírica y extraña película de aventuras, casi un híbrido entre cine de arte y ensayo y cine de espectáculo grandilocuente. Verla causa una extrema desazón, pero también el sentimiento de ver algo diferente, nuevo pero antiguo, poderoso pero delicado. Seguiremos en este ciclo con otro título no americano, para echar un vistazo a las miradas de grandes directores capaces de hacer grandes aventuras lejos de Hollywood.

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Ciclo Gran Cine de Aventuras

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<![CDATA[Gran Cine de Aventuras: 'El viento y el león', adulta, apasionante, inolvidable]]> http://www.blogdecine.com/criticas/gran-cine-de-aventuras-el-viento-y-el-leon-adulta-apasionante-inolvidable http://www.blogdecine.com/criticas/gran-cine-de-aventuras-el-viento-y-el-leon-adulta-apasionante-inolvidable Sat, 06 Aug 2011 15:00:30 +0000 seleccionado por atticus

“Sherif, ¿no hay una sola cosa en tu vida por la que merezca la pena perderlo todo?” – Raisuli

Seguimos con este ciclo, y ya queda poco para acabarlo. Y seguimos con una película que no pertenece, desde un punto de vista popular, a lo más eminente del género aventurero, aunque en mi opinión se trata de una de las películas de aventuras más adultas de los setenta. O la más. Participa, como ya lo hacía la formidable, aquí comentada con anterioridad, ‘Lawrence de Arabia’ (‘Lawrence of Arabia’, David Lean, 1962) de ese ambiente de barbarismo árabe, aunque en clave mucho menos lírica y más salvaje. Si ya hemos hablado en este ciclo de espadachines saltarines de sonrisa deslumbrante, evadidos en busca de la dignidad, capitanes intrépidos o apaches imperturbables, tocaba hablar de guerreros ancestrales que se empeñan en oponerse, con su forma de vida, su pensamiento tradicional y su aprendizaje de la violencia, a la falsa comodidad de la sociedad “civilizada” de principios de siglo, en el marco incomparable de los páramos y las dunas de Marruecos, con algunos maravillosos personajes. Una aventura de apasionantes ramificaciones políticas y morales.

En mi opinión, ‘El viento y el león’ (‘The Winde and the Lion’, 1975) es sin duda la película más redonda del realizador norteamericano John Milius, responsable de por ejemplo la mediocre adaptación de ‘Conan, el bárbaro’ (‘Conan the barbarian’, 1982) o de la más que interesante ‘El gran miércoles’ (‘Big Wednesday’, 1978), y cuya irregular carrera va a ser recordada, sobre todo, por su aportación decisiva al guión de ‘Apocalypse Now’ (íd, Francis Ford Coppola, 1979). Aquí Milius da lo mejor de sí mismo, tanto en la composición de un guión formidable basado en eventos reales acaecidos a principios del siglo XX, como en la poderosa, humilde, despojada puesta en escena, que para muchos anunció a un cineasta de raza de los que parecían extinguirse a gran velocidad, sobre todo en el cine abiertamente narrativo. Y por supuesto cuenta con la presencia impagable de Sean Connery, en uno de los papeles más estelares y complejos de toda su dilatada carrera. ¿Se puede pedir más? Pues lo hay.

Milius se zambulle con apasionada convicción en una etapa histórica, unas circunstancias políticas y sociales y un espíritu de épica sin límites, rechazando cualquier pretensión de divismo o de contar unos eventos políticamente correctos. Mezclando el rapto real del playboy Ion Perdicaris (aquí transformado en una mujer, Eden Pedecaris/Candice Bergen, que es uno de los caracteres femeninos más notables que recuerdo en un filme de aventuras) con su propia visión del bandido, pirata, ladrón Mulai Ahmed er Raisuli, el director construye una peripecia de acción y aventuras en la que se dan la mano la crueldad con la compasión, el idealismo con el fanatismo, el cine de verbo con el cine de dinamismo visual y sonoro, en un difícil pero meritorio equilibrio del que nacen algunas secuencias inolvidables, y una innegable visión personal del mundo y el hombre, que es lo que creo debe atesorar toda ficción. Filmada por entero en España (en localizaciones magníficas de Madrid, Almería y Sevilla), en un imponente aspect ratio de 2.20:1 (sublimado por uno de los trabajos más inspirados del operador Billy Williams), ‘El viento y el león’ representa, ante todo, una experiencia sensorial e intelectual de primera magnitud.

Ese oscuro guerrero idealista

Raisuli rapta a Eden y a sus hijos con la sola intención de provocar una guerra civil que, a su modo de ver, salvaría a su gente y les libraría del imperalismo que pretendían ejercer franceses, británicos o alemanes. Como en las mejores historias y poemas de Rudyard Kipling o de A.E.W. Mason, Milius cuenta sin la menor caída de ritmo o confusión una enrevesada historia de tejemanejes políticos que se ven trascendidos por la historia personal de los que dan la cara para cambiar el mundo, su mundo. Y en el choque de culturas entre Raisuli y Pedecaris, en la soterrada admiración del guerrero por la valerosa y libérrima personalidad de la mujer, y en la comprensión creciente de la privilegiada por la historia y el carácter sombrío de su captor, nace la historia de una amistad y un amor que nunca cae en lugares comunes ni se da facilidades, y que vertebra un relato plagado de violencia y tensión, de dignidad y de fracaso, en los primeros coletazos de un siglo que sería terrible en el devenir de la humanidad. Y así sin duda lo veía Milius, narrando los avatares de los últimos grandes guerreros y bandidos que perdían la vida por un ideal, por una lucha global y espiritual.

Las secuencias de batallas y de combates están inmejorablemente realizadas, con un sentido de la acción en verdad formidable, con una cámara nerviosa y fluida cuando debe serlo, o amplia y contemplativa cuando así lo requiere la historia. Creo que el diseño de producción de Gil Parrondo es la cima de su carrera, convirtiendo calles de Madrid o Sevilla en Tánger o Fez, y las llanuras y las montañas de Almería en los desiertos de Marruecos. También es de destacar un poco recordado pero ciertamente sentido y lleno de fuerza expresiva score de Jerry Goldsmith, con evidentes y muy desarrolladas influencias arábigas, pero también con el célebre sentido de la aventura y la épica del tristemente fallecido compositor. Milius dirige siempre con lucidez, esplendoroso en los exteriores e intimista y contundente en los interiores, violentísimo pero elegante, dando rienda suelta a una desaforada y pletórica sensación de libertad cuando más y más terrible se vuelve el relato, enamorado de sus personajes y de su labor.

El genio Sean Connery, al que le basta un gesto, una mirada, un ademán, para adueñarse completamente de la pantalla, sabe explotar al máximo un personaje escrito en principio para Omar Sharif y que casi cae en las manos de Anthony Quinn. Connery, que sabe leer los guiones y entender a sus personajes como pocos actores, se enfunda el traje de Raisuli y vive y respira como él, hasta el punto de que es imposible descifrar cuándo empieza el actor y termina el personaje. No interpreta, lo vive. Y Candice Bergen no se queda atrás en ningún momento, aceptando con talento pero sin sumisión la supremacía moral de Connery, ofreciendo un contrapunto maravilloso y esencial en la trama de personajes, aprovechando sus muchos momentos de lucidez y su versatilidad innegable. El resto de actores, como un sorprendente John Huston, o Brian Keith, o Geofrey Lewis, o cualquier otro, brillan a gran altura. Nada falta y nada sobra en esta película, que consigue prácticamente todo lo que se propone, y en la que la diferencia eterna entre lo buscado y lo encontrado es imperceptible.

Conclusión

Dentro de muy poco hablaremos de la más famosa versión de las aventuras artúricas. En este caso de hoy, casi podríamos hablar de aventuras raisulianas, por la complejidad y el magnetismo de un personaje extraordinario. En definitiva, gran película que todo amante del cine en general, y del buen cine de aventuras en particular, no debería perderse. Incluso ver varias veces al año.

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Ciclo Gran Cine de Aventuras

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<![CDATA[Gran Cine de Aventuras: 'Un hombre', western descarnado]]> http://www.blogdecine.com/criticas/gran-cine-de-aventuras-un-hombre-western-descarnado http://www.blogdecine.com/criticas/gran-cine-de-aventuras-un-hombre-western-descarnado Tue, 02 Aug 2011 19:37:24 +0000 seleccionado por atticus 26.jpg

Dentro de este ciclo de cine de aventuras, si bien no las mejores de todos los tiempos (¿alguien puede establecer una jerarquía sin desesperarse en el intento?...además, de muchas de las más grandes ya hablamos en Blogdecine antes del ciclo) sí intento hacer un compendio de algunos de los referentes temáticos y formales empleados con mayor asiduidad. Las constantes en el cine de aventuras de mayor calado suelen ser siempre las mismas: utilizar el género como excusa o como mero referente para, a partir de él, construir una mirada acerca del mundo y del hombre. El mundo siempre o casi siempre hostil y lleno de adversidades, y el hombre como una mota infinitesimal que, a pesar de los pesares, consigue salir adelante, no sin antes perder parte de su ingenuidad, de sus creencias y de su inmadurez, saliendo reforzado en su confianza, en su independencia y en sus emociones más primarias. Mucho de esto hay en el western (género mítico donde los haya, del que Alberto Abuín nos está dedicando un especial) que en su retrato de los pioneros de las grandes llanuras de América ahondó en la figura del hombre violento y solitario que ha de decidir por su cuenta los límites morales de la sociedad.

‘Un hombre’, absurda aunque hasta cierto punto lógica traslación al castellano del original ‘Hombre’ (que es tanto el tema de la película como el apodo apache del protagonista, lo que resulta bastante más interesante…) fue dirigida en 1967 por Martin Ritt, uno de esos profesionales consumados que salieron de la industria televisiva de principios de los sesenta (y que como otros muchos cambiaron bastantes cosas en la industria cinematográfica), y es un título que nadie colocaría en el olimpo de los más sublimes westerns (yo tampoco, la verdad), pero en su cruda belleza, en su asfixia anímica, posee una verdad y una fuerza expresiva muy notables, y es perfecta para incluirla en este ciclo porque gracias a su peripecia asistimos a cuestiones muy poco presentes en westerns más clásicos: enfrentarse a la muerte violenta sabiendo que no hay salvación, en un relato en el que el romanticismo, la épica, la redención, la tradición… y otros conceptos tan caros al western, quedan completamente desterrados. Eran años oscuros y revisionistas y ya no podían contarse las mismas cosas de la misma manera que en 1939.

A medio camino entre Ford y Peckinpah

Sin demasiado esfuerzo, se encuentran bastantes paralelismos (no solamente en la historia, también en el tratamiento de los personajes) con ‘La diligencia’ (‘Stagecoach’, John Ford, 1939), mientras que la mirada áspera y descarnada de Ritt entronca con la del Peckinpah (realizador que estaba a punto de conocer la plenitud como artista) más furioso. De nuevo un viaje en diligencia en el que diferentes caracteres se embarcan buscando ese destino que parece esconderse de ellos. De nuevo, un hombre al margen del resto de personajes, con su propio código moral y su propia misión, al margen de la sociedad establecida, y de nuevo una amenaza externa mucho peor que la de los “nativos americanos sedientos de sangre”. Concretamente, la avaricia, el vacío vital de los hombres blancos, su crueldad sin límites, que acorralarán a un reducido grupo de personas, a cual más interesante, buscando un oro que, en verdad, pertenece a los apaches. No hay aquí buenos y malos, hay fuertes y débiles, crueles y compasivos, valientes y cobardes. Y a menudo se confunden.

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En los westerns de los años treinta, cuarenta y cincuenta, aunque existían cineastas que en sus westerns trataban de ofrecer una visión moderada de los nativos americanos, a lo más que llegaban era a una visión algo contradictoria de ellos, cuando no superficial o tópica. Hubo que esperar a los años sesenta para alcanzar un retrato algo más equilibrado de lo que fue aquella masacre y aquel racismo sin ambages. Películas como ‘Un hombre’, con un protagonista que poseía lo mejor de ambos mundos, eran no solo valientes, también necesarias. Poco comerciales pero llenas de vigor poético. Paul Newman, ya toda una estrella, está espléndido como John Russell, quien al recibir una herencia de su familia blanca decide venderlo todo para entregárselo a sus hermanos. Hierático, las emociones se contienen en su interior, mientras ofrece una máscara de displicencia hacia el exterior. Nada le importa, salvo cumplir con su verdadero pueblo, y demuestra una y otra vez su superioridad moral ante los blancos, demasiado limitados por una mirada hipócrita, reduccionista del mundo.

Sólo en el último momento tomará la decisión de ayudar a la única persona noble que le acompaña en su viaje, la valiente y compasiva Jessie, interpretada con fuerza impresionante por Diane Cilento, y la única persona blanca que demuestra algo en toda la película. Pero el fatalismo hace acto de presencia en cada giro inesperado, en cada golpe del destino, en cada detalle de esta huida desesperada de los bandidos en medio de un desierto inhóspito, pesadillesco, tanto de día como de noche. ¿Qué es lo que hace a esta película una gran película de aventuras? La sensación de un viaje físico absoluto, agotador, su carácter de peripecia moral, emocional y psicológica a un tiempo. Su ritmo impecable, que logra que la tensión suba más y más, imparable, hasta el cruento desenlace, en el que nadie gana, y el espectador, hundido anímicamente, se pregunta cuántas historias parecidas vivirá el hombre antes de que la codicia por el dinero, el odio a otras etnias, la demencia violenta queden erradicadas, si alguna vez lo son. Y medio de todo esto frases y diálogos existencialistas: “aprenda de los blancos, nos ayudamos los unos a los otros”...“más les vale”, responde Russell.

Conclusión

Impecablemente fotografiada por James Wong Howe (operador chino que es una leyenda, medio silenciada, de su oficio…), con un montaje percutante y salvaje de Frank Bracht, con diálogos y secuencias antológicos, ‘Un hombre’ es una pequeña joya del western, no demasiado conocida, y una gran película de aventuras, sexta y última colaboración entre Martin Ritt y Paul Newman. En su final nos preguntamos cuántos de nosotros tendríamos el valor para un sacrificio semejante. Porque de sacrificios (es decir, el hacer algo por alguien aún cuando es posible que seas despreciado por ello) también habla el gran cine de aventuras. Y en el próximo capítulo, con la más completa película de Milius, seguiremos hablando de sacrificios.

Ciclo Gran Cine de Aventuras

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<![CDATA['Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto', la dignidad de los desesperados]]> http://www.blogdecine.com/criticas/nadie-hablara-de-nosotras-cuando-hayamos-muerto-la-dignidad-de-los-desesperados http://www.blogdecine.com/criticas/nadie-hablara-de-nosotras-cuando-hayamos-muerto-la-dignidad-de-los-desesperados Tue, 19 Jul 2011 09:30:43 +0000 seleccionado por atticus nhnchm18.jpg

“Los pobres son príncipes que tienen que reconquistar su reino”

Además del cine, hay dos cosas que le gustan mucho a Agustín Díaz Yanes: los toros y el flamenco. Como aborrezco los toros y el flamenco sólo me gusta según en qué formas, pero el cine todavía me sigue interesando mucho, me gusta la manera en que los toros marcan el destino de todos y cada uno de los personajes de la película, como un hado cruento que todos ellos deben superar, aunque sus fuerzas no alcancen ni siquiera para mirarlo de frente. Y también que el flamenco, en su forma de arrebatado quejido, o alarido, esté presente en esta historia de mujeres desesperadas, inmersas en la España de finales del siglo XX, luchando día a día para no verse devoradas por un mundo despiadado al que el sufrimiento de ellas le trae sin cuidado. En el desierto de cine que fue la cinematografía española de los años noventa (que comparado con el de ahora, casi parece un oasis…) la irrupción del debut de Díaz Yanes como cineasta, en 1995, cuando el Anticristo se hacía corpóreo, Gloria Duque volvía de México para enfrentarse a sus demonios, al machismo, al acoholismo y la soledad.

Tampoco es cuestión de considerar ‘Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto’ una película sin mácula alguna, una muestra de género perfecto y apasionante. No lo es. Ahora que han pasado dieciséis años, sus defectos, así como sus virtudes son más evidentes que entonces. No resiste comparación la solidez rocosa del mejor Urbizu ni con grandes títulos españoles del pasado, pero es una película que tiene algo. La representación cruda y prosaica del día a día entre una mujer madura que se acerca a la ancianidad y una chiquilla que ha dejado atrás la juventud y se enfrenta a la esclavitud de la vida adulta. Y, en medio, la sanguinaria historia de la redención de un matón mexicano entrado en años, cuya hija enferma le hace caer en la miseria del arrepentimiento. Y de todo esto deduce un principiante lleno de amor por el cine una aventura de género balbuceante pero generosa, desequilibrada pero compasiva, que en muchos momentos atrapa la imaginación del espectador.

Un toro deja malherido para siempre al marido de Gloria de un trompazo fatal, y ella, que no puede soportar una vida gris, se larga a México tres años en busca de otra existencia, y conoce la pesadilla de los narcos, de la muerte violenta y de la sangre a chorros. A su vuelta, tendrá que lidiar con la suegra a la que dejó tirada, con el paro brutal de un país siempre acogedor y con su condición de mujer, pisoteada una y otra vez por los hombres. Cuando Victoria Abril leyó el guión, le exigió a Díaz Yanes que lo dirigiera él si quería que ella interpretase a Gloria, y el escritor se convirtió por fin en cineasta. Y aunque posteriormente este comienzo prometedor se ha convertido en una pequeña joya, teniendo en cuenta lo que vino después, Díaz Yanes la dirige con ausencia de todo divismo, entregado a una historia contada con pocos medios económicos pero muchos medios emocionales, poniendo la cámara a la altura de la mirada humana, solidarizándose con los currantes, con los parias, con los que nada tienen que perder salvo litros de sangre o algunas lágrimas.

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Un triple sacrificio

El director ya ha declarado unas cuantas veces sus razones para que los gangsters de esta historia sean mexicanos y no españoles, cuando podrían haber sido patrios perfectamente. Según él, y en parte estoy de acuerdo con esta idea, al espectador español le cuesta mucho creer en una mafia de su país cuando la ven en pantalla. Todo ello implicaba unos condicionantes de producción que no obligaron al equipo a irse a México, pero sí a dar una apariencia mexicana a algunos barrios de Madrid, tarea lograda gracias al talento del diseñador Benjamín Fernández y del decorador Carlos Bodelon. Pero, mucho más importante, se triangula así una concepción del sacrificio tan tradicionalmente cristiano, latino si se quiere, que obliga a pagar pecados con sangre, y amarguras con dolor físico. El sicario Eduardo, asesino a sueldo de la mafia mexicana, la errabunda Gloria y la granítica Doña Julia, llevarán a cabo un triple sacrificio, en nombre de sus seres queridos, lo que más allá de muerte y desolación les proporciona una extraña dignidad, una razón para sobrellevar la carga de sus vidas.

Y aún más. Aunque para muchos sea su desgracia, este relato ahonda con lucidez en la España de los trabajos basura, del machismo cruel, del infierno del alcohol como única salida. La mirada exhausta de Gloria vertebra una secuencia serena en el fondo pero vibrante en lo formal, que da lugar a momentos de una intensidad difícil de igualar en sus momentos cumbre. Y hablo de momentos como el robo a la peletería, resuelto con un nervio y un suspense realmente admirables. Nos sentimos identificados con esta mujer solitaria en el abismo, capaz de birlar carteras, disparar a bocajarro con una escopeta, o arrastrarse por el fango del autodesprecio. Victoria Abril le da vida, y esta actriz vuelve a ser una fuerza de la naturaleza, una intérprete superdotada capaz de bordear la exageración y de salir triunfante de ella, plenamente convertida en su personaje, y cuyo rostro, cuerpo y voz expresa toda su convulsión interior. A su lado, Pilar Bardem en uno de los papeles de su vida, una mujer de gran humanidad y fortaleza. Es la relación entre ambas el corazón y el alma de la película.

Pero no sería justo dejar de nombrar a un Federico Luppi imperial, que lleva la película por su propio camino, que se integra perfectamente en el drama femenino central, y que se erige en ángel guardián, aunque involuntario, de las vicisitudes de Gloria, de cuya supervivencia, cree él, depende la salvación de su hija moribunda. Díaz Yanes dirige muy bien a estos tres intérpretes, y goza de la inteligencia suficiente para entregarles a ellos la autoría total de las imágenes, limitándose a narrar con eficacia y sencillez. En ocasiones, su falta de experiencia le juega malas pasadas, y su error al calcular sus limitaciones le lleva a secuencias más ambiciosas y menos logradas, pero se advierte el talento genuino de un narrador que cree en lo que cuenta y que ha mamado el cine y sus complejas aristas artísticas. Con este guión de hierro, coescrito junto a Alejandro Pose, al menos se arma de la solidez necesaria para no naufragar en los momentos clave.

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Conclusión

Con una música muy acertada de Bernardo Bonezzi, una fotografía seca y áspera de Paco Femenía, y un montaje soberbio de José Salcedo, ‘Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto’ goza de una justa fama en nuestro cine. Con sus defectos, se beneficia muchísimo de tres actorazos en estado de gracia, y de una historia muy potente y bien estructurada. No es grandísimo cine. Es ese cine artesanal que debería prodigarse más en esta industria endémica. Aquel año, compartió éxito y premios con ‘El día de la bestia’, Álex de la Iglesia, y muchos veían un cine español que podía desperezarse por fin. Esperanza vana.

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<![CDATA[La leyenda de Burton Stephen Lancaster]]> http://www.blogdecine.com/actores/la-leyenda-de-burton-stephen-lancaster http://www.blogdecine.com/actores/la-leyenda-de-burton-stephen-lancaster Sat, 09 Jul 2011 17:39:17 +0000 seleccionado por atticus burtlancastersv1.jpg

“He tenido la suerte de poseer un cuerpo obediente”

Burton nació en New York en 1913, Stephen murió cuando decidió dedicarse al eternamente difícil arte de la interpretación de cine, y Lancaster es una leyenda inmortal que permanecerá muchas décadas en la memoria de nuevos y antiguos cinéfilos. Una vez le preguntaron por el negocio y el mundo del circo, y contestó con parsimonia que el circo es como una madre en la que poder confiar, porque cuando aciertas te recompensa con creces, aunque cuando te equivocas te castiga sin piedad. Por aquel entonces ya le llamaban Burt Lancaster, y lo mismo podría haber dicho de la industria y el mundo del cine, aunque en ese caso, pocas equivocaciones cometió, por lo que fue recompensado con creces. Pocas veces se puede hablar de un actor-estrella-artista similar, capaz de labrarse su carrera a base de esfuerzo y méritos propios, de audacia y de temeridad casi, pero también de talento puro, de voluntad pura, casi de alegría y de vitalidad genuinas.

En el resbaladizo y oscuro Hollywood de posguerra, con la demencial Caza de Brujas en pleno apogeo, Lancaster supo labrarse un nombre como estrella de acción y aventuras, y también como productor, decidido a dejar una huella duradera. En verdad que lo consiguió, porque se trataba de un hombre de un carisma innato, un luchador que sabía transmitir esa lucha y ese coraje a la pantalla, corporeizándolo a sus personajes. Pero luego supo transformarse, materializarse en un actor mucho más completo, capaz de abandonar antiguos registros y de conseguir éxitos con otros nuevos, abandonando su imagen de héroe de acción y construyendo algunos de los personajes más notables del cine de autor, o por lo menos de un cine mucho menos comercial, triunfando con idéntico éxito, alzándose con una carrera extraordinaria que comprende casi todos los géneros y estilos, en la que Lancaster fue desnudándose (literal y metafóricamente) hasta desnudarse por completo delante del espectador.

Y eso que, aún en la actualidad, muchos le consideran solamente un saltimbanqui, un tipo listo que supo llegar lejos, gracias a su físico privilegiado, a su sonrisa blanquísima, a su carisma arrollador, negándole cualquier atisbo de elegancia, de talento interpretativo puro, de genio dramático. Al contrario que otros grandes nombres norteamericanos, no digamos ya europeos, Lancaster no era más que una estrella en comparación. Pero, en mi opinión, se trata de uno de esos actores natos capaces de vivir la secuencia con una intensidad indescriptible, que con una facilidad pasmosa se adueñaba de la atención del espectador, aún en papeles minúsculos, porque con su sola presencia, con una mirada que derrite la roca, son capaces de arrastrar la imaginación de ese espectador dispuesto a enamorarse de un personaje. Eso Lancaster lo sabía y lo explotaba como nadie. Ya desde su primera película, ‘Forajidos’ (‘The Killer’s’, Robert Siodmak, 1946), en la que impresionó a propios y extraños. Aunque empezó tarde, con más de treinta años, y alcanzaría el estrellato con casi cuarenta, arrancaba una carrera extraordinaria.

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La transformación del artista

Nunca olvidó Lancaster su vida circense al lado de Nick Cravat (amigo de la infancia), que desarrolló en las calles de su ciudad, como tampoco olvidó su experiencia en la Segunda Guerra Mundial, y cuando empezó como actor en Broadway no las tenía todas consigo. Parece mentira en alguien que lo hizo todo en el bélico, en el cine negro, en el western, en el melodrama. Los balbuceos de los últimos años cuarenta, se convirtieron en total dominio de su labor artística en los cincuenta, en películas de Siodmak, de Aldrich, de Zinnemann, de Sturges, de Mackendrick, de Tourneur. En películas magníficas, o más que mágníficas, como ‘El halcón y la flecha’ (‘The Flame and the Arrow’, 1950), ‘Veracruz’ (íd, 1954), ‘El temible burlón’ (‘The Crimson Pirate’, 1952), ‘Apache’ (íd, 1954), ‘Duelo de titanes’ (‘Gunfight at the O.K. Corral’, 1957), ‘Chantaje en Broadway’ (‘Sweet Smell of Succes’, 1957). Capaz de interpretar a un cínico encantador y sanguinario como Joe Erin, y a un héroe nacional como Wyatt Earp, de regalarnos con su versatilidad.

Pero ya en los sesenta su carrera dio un increíble salto adelante, ensanchando su talla artística hasta niveles inimaginables, con diecisiete películas que convierten a sus logros de los cincuenta en algo casi anecdótico. Cinco de ellas bajo las órdenes de John Frankenheimer, de las que podemos destacar su sobrecogedora interpretación de ‘El hombre de Alcatraz’ (‘Birdman of Alcatraz’, 1962), que le valió la Copa Volpi en el Festival de Venecia, y la soberbia ‘El tren’ (‘The Train’, 1964). Eso sí, había comenzado década ganando el Oscar, muy merecidamente, con la fenomenal composición de ‘El fuego y la palabra’ (‘Elmer Gantry’, Richard Brooks, 1960), cuando ganar el Oscar significaba algo, y probablemente tendría que haberlo ganado en 1961 por ‘¿Vencedores o vencidos?’ (‘Judge at Nuremberg’, Stanley Kramer, 1961), muy bien caracterizado como el alto mando nazi que se arrepiente de las masacres. Ahí, Lancaster, en su breve aparición, logra brillar incluso por encima de un reparto tan impresionante constituido nada menos que por Spencer Tracy, Richard Widmark, Marlene Dietrich, Maximilian Schell, Judy Garland, Montgomery Clift...todos ellos dando lo mejor de sí mismos, que era muchísimo….

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Pero algunos aún siguen negando la evidencia, aunque trabajara para Visconti en ‘El gatopardo’ (‘Il gattopardo’, Luchino Visconti, 1963) o para John Cassavetes en ‘Ángeles sin paraíso’ (‘A Child is Waiting’, 1963), aunque triunfara una vez más en un western tardío (para muchos, el último gran western clásico) como ‘Los profesionales’ (‘The Professionals’, Richard Brooks, 1966), con cincuenta y tres años, y algunos años más tarde, cercano a los sesenta, con la soberbia ‘La venganza de Ulzana’ (‘Ulzana’s Raid’, Robert Aldrich, 1972). Y todavía más: conquistó al espectador en su breve pero inolvidable aparición de ‘Novecento’ (íd, Bernardo Bertolucci, 1976) y ya de anciano en la genial ‘Atlantic City’ (íd, Louis Malle, 1980). Esto sí es una carrera verdaderamente asombrosa, de un actor superdotado, un hombre capaz de enfrentarse a los papeles más dispares, complejos, contradictorios y difíciles, saliendo triunfante de todos ellos, incluso cuando su físico no le permitía más que caminar.

En su vida privada fue un ejemplo de artista comprometido con las causas sociales, y un ferviente luchador por las minorías raciales. Fue célebre su oposición directa y sin ambages de la Guerra de Vietnam, así como su larga lucha por los derechos de los gays, más aún cuando su amigo Rock Hudson contrajo el SIDA. Pocas leyendas del cine son tan grandes como la de Burton Stephen Lancaster, cuya dilatada carrera, enorme humanismo y coraje artístico son un legado para todos los actores en general y para todos los cinéfilos que se precien de ello.

Su mejor interpretación de cínico violento: ‘Veracruz’, junto a Gary Cooper

Su mejor papel melodramático: ‘El fuego y la palabra’, excepcional

Su mejor papel dramático: ‘Atlantic City’

Su papel más sorprendente: ‘Novecento’

Su papel más generoso: ‘El halcón y la flecha’

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<![CDATA['Bailar en la oscuridad', la vida y la miseria y la muerte son música]]> http://www.blogdecine.com/criticas/bailar-en-la-oscuridad-la-vida-y-la-miseria-y-la-muerte-son-musica http://www.blogdecine.com/criticas/bailar-en-la-oscuridad-la-vida-y-la-miseria-y-la-muerte-son-musica Tue, 07 Jun 2011 16:59:11 +0000 seleccionado por atticus dancer-in-the-dark-12-g.jpg

“No hay nada más que ver…” – Selma

Lo primero de todo: este texto no es una suerte de reivindicación a la figura de Lars von Trier después de sus controvertidas declaraciones durante el pasado Festival de Cannes (por mí, como si dice que cada fin de semana viola a una monja, pues se ofende quien quiere, o a quien le interesa por motivos oscuros…). Ya nos contó Juan Luis desde el festival más importante del mundo lo que ocurrió, y que le gustó su última película, ‘Melancholia’ (2011). No es una reivindicación porque este gran director no necesita ya que nadie le defienda: eso ya lo hace él solo con sus películas. Y porque tenía pensado desde hace bastante tiempo escribir sobre la que con toda probabilidad es la cumbre de su cine, galardonada precisamente con la Palma de Oro y con el premio a la mejor actriz hace once años, y que se debería haber llevado el galardón por muchas polémicas infantiles que von Trier quisiera despertar, pues se trata de uno de esos filmes legendarios más allá del bien y del mal, parafraseando a Nietzsche.

‘Bailar en la oscuridad’ (‘Dancing in the Dark’, 2000) es uno de los filmes más bellos de los últimos tiempos y es algo más. Es un poema, cine revolucionario, que a diferencia de otras películas aupadas grotescamente a los altares por consenso divino, jamás ha despertado aquiescencias ni pactos de ninguna clase. Muy al contrario: se trata de un canto a la muerte capaz de alimentar desprecio, rechazo o desdén con tanta energía como convoca la vehemencia. Esto, para mí, es síntoma inequívoco de su juventud estética, pues ya dijo el gran poeta irlandés que cuando los críticos difieren, el artista está de acuerdo consigo mismo más que nunca. Y así es, realmente. Después de haber navegado por, y de haber traicionado, el voto de castidad del Dogma’95, von Trier era ya un artista más libre, lúcido, generoso y trágico que nunca, lo que se tradujo en uno de los melodramas musicales más sorprendentes, inclasificables y estremecedores que pueden verse en una pantalla.

Hacer una película musical como ‘Bailar en la oscuridad’ es lo más parecido a un suicidio sin purgatorio en el caso de cualquier otro director, pero von Trier, el loco, el repudiado, el maldito, es un puto genio, un bastardo con corazón de oro capaz de reconvertirse en cronista de toda la miseria del mundo, y de elevarla a los cielos con la voz de Björk. Filmada con cámaras de vídeo Sony (DSR-1P, DSR-PD100P, DSR-PD150, DXC-D30WSP) luego impreso en material de 35 mm. con un aspecto de 2.35:1 (para más datos, remito a ‘La dirección de fotografía (1)’), la imagen de esta obra maestra no puede ser más cutre desde un punto de vista escenográfico, superficial. Sin embargo, para quien sepa mirar (y no hay tantos como pareciera) la imagen de ‘Bailar en la oscuridad’ es de una belleza y de una altura estética indescriptibles, desoladoras, definitivas. Porque el cine es mucho más que un cuento mil veces contado. Es sueño y es perdón. Es juego de sombras que quiere ser música, secuencias como acordes, personajes como sinfonías.

Sin piedad

La historia es más o menos la que sigue: madre soltera inmigrante, checa, se instala en Estados Unidos y se pone a currar en trabajos de mierda para sacar adelante a un hijo descontento. Sabe perfectamente que en no demasiado tiempo va a quedarse ciega, y que la terrible enfermedad que la esclaviza es hereditaria y es muy probable que su hijo también la sufra. En semejantes circunstancias, su única salida espiritual es gozar con esos musicales que, según ella, mantienen proscritas la soledad, la miseria, la enfermedad y la muerte. Evasión. Opio. Pero por mucho que sueñe con esos sueños de celuloide, sabe que la vida, y la fatalidad, sigue su curso. Y Lars von Trier también lo sabe. Por eso un musical como este era necesario que algún día se hiciera, para cantar la mentira maravillosa que eran algunos musicales, y para hacer poesía con la verdad y el dolor que es la vida, esta aparición terrible que vino a sustituir a la Nada. Pero en lo terrible se esconde lo bello, y viceversa, y este cineasta es de los que saben impregnar una pantalla con eso, y sufriremos y lloraremos con Selma su atroz viaje, y sabremos que la música es el gran don de la vida.

Selma (una alucinante Björk, que encarna a la mujer vontrierana como no lo hizo ni siquiera la maravillosa Emily Watson de aquella bestial, descarnada, ‘Rompiendo las olas’, pues los ojos de esta cantante islandesa, su pequeño cuerpo y su voz, todo su ser, se erigen en expresión audiovisual inimaginable del melodrama moderno) mezcla los sonidos del mundo con su fantasía interior, y gracias a ello el mundo se convierte en un musical como aquellos que ella tanto ama. Y puede gritar sobre todo aquello que en la sociedad no se puede expresar. Y por todo esto este musical extraordinario es uno de los más grandes de todos los tiempos: porque por fin se funden en un todo forma y fondo, por fin se encuentra la excusa perfecta para convertir un drama social, una tragedia, en un espectáculo de canciones fúnebres, pues el punto de vista de la heroína es absoluto (la imagen es absoluta siempre), como debería ser siempre en el cine. Y la fotografía del grandísimo Robby Müller se hace arte con la imaginación de von Trier en cada encuadre, cada gesto.

Los preciosos secundarios interpretados por Peter Stormare (un hombre de corazón compasivo interesado por Selma), Catherine Deneuve (una compañera de trabajo y una amiga), David Morse (un patético hombre perdido, de un egoísmo monstruoso), apuntalan este discurso en contra de la pena de muerte, de la sociedad capitalista, del concepto de inmigración…y a favor de la disolución de fronteras, de la fraternidad, del perdón, del amor sin condiciones…en un estudio sobre el sonido (magistral cómo se mezcla el sonido ambiente con las fantasías musicales de Selma…), sobre los géneros del cine, sobre la puesta en escena más radical y más clásica a un tiempo. El profundo dolor que late en las imágenes de ‘Bailar en la oscuridad’ perturba y hiere…pero la clarividencia de su mirada ennoblece, dignifica y convoca lo mejor de nosotros mismos, en una lucha feroz contra el instinto de marcharnos de la sala o apagar el reproductor. Ya nunca se es el mismo después de ver esta película, puñetazo, obra de arte, o lo que sea.

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Conclusión e imagen favorita

Obra maestra incomparable, que crece más y más a medida que se aleja en el tiempo. Sólo la he visto tres veces, pero es suficiente para que se me quede tatuada en la retina. Mi imagen favorita es la de esa mujer valiente lanzando sus gafas al río cuando viene el tren y diciendo que es mejor no ver más, nunca más. Imposible no llorar con esta película, pues se emociona quien puede, o a quien le interesa por motivos luminosos. Muchos dicen aún hoy que es una película tramposa, zafia, que juega al melodrama y a buscar los mejores sentimientos. Peor para ellos, no lamento que se lo pierdan.

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