Favoritos de el_darko en Blogdecine http://www.blogdecine.com/usuario/ seleccionado por el_darko http://www.blogdecine.com <![CDATA[Críticas a la carta | 'El show de Truman' de Peter Weir]]> http://www.blogdecine.com/criticas/criticas-a-la-carta-el-show-de-truman-de-peter-weir http://www.blogdecine.com/criticas/criticas-a-la-carta-el-show-de-truman-de-peter-weir Fri, 25 Nov 2011 09:32:10 +0000 seleccionado por el_darko trumanshowf1.jpg

Cuando echamos la vista atrás y vemos que la Academia de Hollywood premió como mejor película de 1998 a ‘Shakespeare enamorado’ (‘Shakespeare in Love’, John Madden, 1998) nos entristecemos un poco al pensar que fue el año de películas como ‘Salvar al soldado Ryan’ (‘Saving Private Ryan’, Steven Spielberg) —una obra maestra más de su director—, ‘La delgada línea roja’ (‘The Thin Red Line’, Terrence Malick) —una gran obra que gana con el paso del tiempo—, ‘Un plan sencillo’ (‘A Simple Plan’, Sam Raimi) —gran film noir que supone la cima de su director—, y cómo no, ‘El show de Truman’, (‘The Truman Show’, Peter Weir), film que en cierto modo profetizaba sobre el poder de los reality shows, que se erigía como una de las mejores cintas de su estimable realizador, amén de ofrecer uno de los mejores papeles de Jim Carrey, hasta aquel entonces enfrascado en un buen número de personajes llenos de tics y muecas.

Que las película mereció más nominaciones —sólo consiguió las de mejor director, mejor actor secundario y mejor guión— es algo que ya se sabía entonces y que el paso del tiempo ha ido confirmando. Recientemente en la sección Respuestas, uno de nuestros lectores, el avispado luisss, fue aplaudido al resumirla con una sola palabra: vida. Pocas veces debo estar yo de acuerdo con un lector, pero es una palabra que la define a la perfección. ‘El show de Truman’ es, a las puertas del 2012, mucho más actual y revolucionaria de lo que fue en el momento de su estreno. Un canto a la vida y una crítica sin cuartel al poder de la televisión y la lucha por las audiencias, pero sobre todo un retrato del ser humano con todo lo bueno y lo malo que tenemos, que es mucho.

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El concepto de ‘Gran hermano’, tan conocido en nuestro país gracias a un penoso programa de televisión que, temporada tras temporada, ha ido lobotomizando a los espectadores tontos, proviene de la famosa novela de George Orwell ‘1984’, publicada en 1949, y que posee dos adaptaciones cinematográficas, ‘1984’ (id, Michael Anderson, 1956) y ‘1984’ (‘Nineteen Eighty-Four’, Michael Rsdford, 1984). Dicho concepto no se utiliza en la película pero su influencia está más que clara. No obstante, la idea de una vida de ficción paralela a la real tampoco es original —en realidad ¿qué es original y qué no?—; hay precedentes en la serie de televisión ‘Twilight Zone’ y en alguna que otra novela de Philip K. Dick —aún sueño con una adaptación de ‘Time Out of Joint’, cuya premisa argumental es simple y llanamente impresionante—. Andrew Niccol recupera la idea base para su libreto, y la premisa que propone aterra por su verosimilitud. Una empresa adopta un bebé al que convertirá en el protagonista del reality show más exitoso de la historia, todo un mundo creado para él, siendo totalmente inconsciente de que vive una farsa.

Considero un gran acierto en el libreto de Niccol el hecho de que el espectador sepa enseguida que Truman vive en un enorme plató —tanto que puede apreciarse desde el espacio exterior al igual que la muralla china—, y no juegue al suspense presentándonos ese detalle al final como si de uno de esos giros dramáticos de guión se tratase. A cambio se opta por descubrir la terrible verdad al poco de su inicio —no obstante, ese foco que cae del cielo, y la angulación de la cámara, simulando monitores, son suficientes pistas al respecto—, e impactar en el espectador simplemente con la premisa, que por sí sola ya resulta aterradora y capta nuestro interés. El film critica la curiosidad humana, el vouyeur que todos llevamos dentro, y ahí estamos frente a la pantalla, interesándonos por la vida de un pobre desgraciado al que no se le ha dado la oportunidad de elegir. Hay que alabar el trabajo de síntesis realizado en el guión, pues hablamos de una película que dura poco más de hora y media, y aúna en poco tiempo mucha información hábilmente dosificada.

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Y es un acierto esa opción de la supresión del suspense porque resulta prácticamente absurdo. La vida de Truman no tiene nada de especial, y me refiero a la vida ficticia que vive desde su nacimiento. Weir y Niccol ya logran que nos involucremos en la historia porque reconocemos nuestro lado vouyeur, y porque en el fondo deseamos que Truman consiga su objetivo, salir de esa mierda de mundo —dicho sea de paso que sirve como alegoría de un mundo ideal, aunque controlado por un ser superior, un dios muy particular, llamado Christof— y por ende alcanzar el amor, representado en el personaje al que da vida una encantadora Natascha McElhone. Es ése el único y poderoso punto de inflexión en la historia, y que en cierto modo habla de la propia naturaleza del ser humano al creer en algo más que lo que vemos, a aspirar a algo mejor y por coherencia a luchar por nuestros sueños, sean posibles o no. Cualquiera de nosotros puede ser Truman, nos identificamos con él y no necesitamos protagonizar un reality show para ello. Sus miedos y temores son los mismos que los nuestros y la falsedad del mundo que le rodea es la nuestra propia, el querer disfrutar con los placeres y sufrimiento de los demás, olvidándonos de lo principal: disfrutar y sufrir por nosotros mismos. De sentir.

Por primera vez en la carrera de Jim Carrey, su histrionismo le queda a la perfección. Su actuación va acorde con todo el mundo en el que vive y en el que prácticamente es un producto más de marketing. La evolución de su personaje queda perfectamente captada en una interpretación llena de matices en la que el actor demuestra que es mucho mejor de lo que nos había hecho creer con sus papeles de payaso. Atención a la forma de saludar todas las mañanas a sus vecinos, la misma que usa al final con reverencia incluida y de connotaciones muy diferentes. Pocas veces se nos ha erizado la piel como el momento de la libertad de Truman, porque representa la nuestra propia. Por el camino queda un personaje odioso a cargo de una excelente, como siempre, Laura Linney, una arrebatadora música de Burkhard von Dallwitz y Philip Glass, y un Ed Harris glorioso. Todos al servicio de una puesta en escena de Peter Weir a base de planos que encierran a sus personajes en perfecta consonancia con lo que se cuenta. La liberación de Truman se produce fuera de campo, cuando la película ha terminado y el controlable espectador busca otro canal. No es difícil imaginar que Truman se encontrará con el amor de su vida. Y habrá sido su elección, porque el amor es, como la vida, una cuestión de voluntad.

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<![CDATA[Críticas a la carta | 'Equilibrium']]> http://www.blogdecine.com/criticas/criticas-a-la-carta-equilibrium http://www.blogdecine.com/criticas/criticas-a-la-carta-equilibrium Tue, 14 Jun 2011 08:00:14 +0000 seleccionado por el_darko equilibrium-critica-foto.jpg

“Hay una enfermedad en el corazón de los hombres. Su síntoma es el odio. Su síntoma es la rabia. Su síntoma es la furia. Su síntoma es la guerra. La enfermedad es la emoción humana”.

Padre (Sean Pertwee)

Nueve años después de su estreno en Estados Unidos, ‘Equilibrium’ es ya una consolidada película de culto. Pero aún sigue inédita en España. No ha llegado a los cines ni puede comprarse en DVD, pese a ser un thriller de acción protagonizado por Christian Bale. Cosas de la distribución, ese negocio tan oscuro. Por desgracia, esto es algo de lo más común, aunque por lo general el aficionado corriente solo lo descubre cuando afecta a alguna película protagonizada por una de sus estrellas favoritas. El camino del cinéfilo (y del cinéfago) en este país está plagado de obstáculos, los estrenos llegan con retraso (muchos tardan meses, otros años, otros no llegan…), en la mayoría de cines solo proyectan películas dobladas (cargándose mucho más que las interpretaciones, también el tono del relato, pues las voces, como parte del sonido, influyen en el ánimo del espectador) y el mercado del cine doméstico es sencillamente lamentable. Por fortuna, nos queda Internet. Y no solo para descargar esas películas que no nos llegan, sino también para poder adquirirlas en tiendas de alcance internacional, cuyo catálogo incluye ediciones especiales y montajes extendidos que tampoco se venden en nuestro país.

Compré el DVD de ‘Equilibrium’ en un viaje a Londres, por solo 5 libras (5,7 euros), todavía con el buen recuerdo que me había dejado el primer visionado. La he vuelto a ver recientemente para cumplir con vuestra petición en esta sección de “críticas a la carta”, y me quedo con dos grandes conclusiones: la primera es que se trata de una película muy sobrevalorada, sospecho que por gente joven que ha visto poco cine (y que por tanto, se sorprende y se maravilla fácilmente); la segunda, que a pesar de todos sus defectos, la película entretiene. Y aquí voy a aclarar algo que me va a separar aún más de la numerosa legión de fans que tiene ‘Equilibrium’ (con una valoración de 7,7/10 en IMDb), resulta entretenida a pesar de las escenas de acción. Es el aspecto que más se destaca de la película, y desde luego llama la atención cuando la ves por primera vez, pero a mí más que ver las inverosímiles acrobacias de un tipo que masacra gente con extrema facilidad, me interesa el drama de alguien que descubre su humanidad en un mundo donde las emociones están prohibidas. Al estar más centrada en la acción, esa otra faceta queda en segundo plano, pero resulta suficiente para despertar curiosidad por el desarrollo de los acontecimientos.

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Escrita y dirigida por Kurt Wimmer (en 2006 intentó repetir la jugada con ‘Ultravioleta’ y le salió el tiro por la culata), mucho más activo como guionista (‘Esfera’, ‘Salt’...) que como realizador, ‘Equilibrium’ nos traslada a un futuro distópico situado en los primeros años del siglo XXI (patinazo típico de muchas películas de ciencia-ficción), tras una III Guerra Mundial que ha devastado el planeta. El conflicto ha dejado una sociedad (da a entender que es la única que ha quedado en pie) que culpa a las emociones humanas del odio y las guerras, del mal que ha destruido civilizaciones, llegando a considerarla una enfermedad que debe ser erradicada. Para ello se crea una droga llamada “prozium”, que todo ciudadano debe consumir regularmente, convirtiéndose en un ser pacífico, apático, inexpresivo, inofensivo. Todos iguales, marionetas. Por supuesto, la droga es impuesta, necesaria para mantener un férreo control, así que todo aquel que se niega a tomarla es acusado de “ofensa sensorial”, crimen que se castiga con la muerte. Como defensor último del sistema, se crea una unidad de guerreros de élite, a los que se conoce como “clérigos”, expertos en un sofisticado arte marcial que combina las armas con el combate cuerpo a cuerpo, el “Gun Kata”.

Estos formidables asesinos actúan cuando la policía se muestra incapaz de acabar con los grupos de insurgentes, o cuando se trata de investigar a los ciudadanos sospechosos de “estar sintiendo”; cabe destacar que al querer evitar eso, también se considera prohibido todo aquello que nos hace sentir, que nos emociona, por lo que cualquier obra artística es destruida. Después de una breve introducción sobre el contexto de la trama, ‘Equilibrium’ arranca con una secuencia que nos presenta el modo de actuar de uno de esos clérigos, matando con rapidez y suma eficacia incluso sin necesidad de luz (los disparos nos permiten ver lo que sucede), lo cual es sin duda un gesto para la galería, pues más adelante comprobaremos que aniquila sin problemas a plena luz del día y aunque se enfrente a decenas de hombres armados. Eliminados los rebeldes/terroristas/“ofensores sensoriales”, el clérigo, John (Bale), intuye dónde se escondía material prohibido, y tras comprobar su veracidad, se quema todo al instante (ojo a la copia de ‘La Gioconda’, casi esperas que se partan de risa al verla). De vuelta a casa, John habla con su compañero, y descubre que hay algo raro en él, que ya no es como el resto. Pronto lo encara en las afueras, leyendo en una iglesia abandonada (un buen detalle), y no tiene más remedio que matarlo. Pero algo se ha despertado en John, que deja de consumir su dosis de “prozium”...

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Resulta evidente para cualquier aficionado al género que ‘Equilibrium’ bebe de clásicos como ‘Un mundo feliz’ (‘Brave New World’, Aldous Huxley), ‘1984’ (George Orwell) y ‘Fahrenheit 451’ (Ray Bradbury) para la construcción de la sociedad del futuro, del mismo modo que se sirve de la popular ‘Matrix’ (1998) para el diseño del vestuario y la planificación de las vistosas escenas de acción, en las que sin embargo no hay sitio para el famoso “bullet time”. Una mezcla explosiva a la que Wimmer no consigue sacar todo el partido, siendo patente que centró sus esfuerzos en la espectacularidad de las peleas y los tiroteos del clérigo, descuidando la coherencia de un mundo ficticio lleno de grietas, que se derrumba a poco que uno se ponga exigente. De entre los sinsentidos del relato, aparte de los deficientes sistemas de control, clama al cielo que un clérigo, el mayor protector del sistema, que presume (pese a que no deberían ser arrogantes, ni tampoco hacer bromas) de captar enseguida cuando alguien está sintiendo, sea incapaz de interpretar una señal tan clara como el robo de un libro (que no cabe en el bolsillo del uniforme, hay que ser idiota), por no hablar de querer salvar a un perrillo con la excusa de investigar enfermedades (posiblemente el momento más delirante del guion).

Tampoco tiene demasiado sentido que en un nación de este tipo se permita el matrimonio y el cuidado de los hijos, siendo más lógico (al menos para un servidor) que los individuos viviesen solos y los niños fueran criados desde su más tierna infancia por el estado, atendiendo a las necesidades y los recursos disponibles. Pese a todo, los agujeros del guion, el disparatado “Gun Kata”, o las carencias presupuestarias que revelan los escenarios (la película costó 20 millones de dólares, de los que apenas recuperó 5 en taquilla), ‘Equilibrium’ funciona, al menos lo justo para quedarte a verla, pendiente del destino del clérigo rebelde. Fundamentalmente por el trabajo de un convincente Christian Bale, creíble en las escenas de acción y acertado viviendo el cambio interior que transforma al protagonista (sigo sin entender los infundados prejuicios que despierta este formidable actor, que por supuesto tiene sus tropiezos, como todos), y muy bien secundado por un elenco en el que destacan Sean Bean, Emily Watson, Taye Diggs, Sean Pertwee, Angus MacFadyen, William Fichtner y Dominic Purcell, en un breve papel. Cumple sin más Klaus Badelt con una música tan mecánica como efectiva en el subrayado de los momentos dramáticos o intensos, reforzando la conclusión de que esto es mucho más simple de lo que se ha querido ver.

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<![CDATA['El ejército de las tinieblas', diversión macabra y sin límites]]> http://www.blogdecine.com/criticas/el-ejercito-de-las-tinieblas-diversion-macabra-y-sin-limites http://www.blogdecine.com/criticas/el-ejercito-de-las-tinieblas-diversion-macabra-y-sin-limites Sun, 12 Jun 2011 13:56:34 +0000 seleccionado por el_darko 960_army_of_darkness_blu-ray_8x.jpg

“¡De acuerdo, primitivos cabezas de tornillo, escuchad! ¿Veis esto? Esto…¡es mi palo explosivo! Es un Remington de dos cañones calibre doce. Número uno en ventas de S-Mart’s. Podéis encontrarlo en el departamento de artículos deportivos. Fue fabricado en Grand Rapids, Michigan. Su precio de venta es de 195. La culata es de nogal, y los cañones recortados de acero azul cobalto, tiene un gatillo finísimo, ya lo ven.. Compre elegante, compre en Smart.. ¿¡Entendido!? Estoy en condición de juraros que el próximo primate que sólo intente rozarme, ¡morirá!” – Ash

Y yo estoy en condición de afirmar que, habiendo visto ya todas las películas de Sam Raimi, los primeros veinte minutos de ‘El ejército de las tinieblas’ (‘Army of Darkness’, 1992) son lo mejor que el diablillo colega de los hermanos Coen ha dirigido en toda su vida. O, al menos, lo más gozoso y divertido. Si, hace un tiempo, hablábamos de una gozada de película mal hecha a propósito (aunque está muy bien hecha, realmente), titulada ‘Golpe en la pequeña China’ (‘Big Trouble in Little China’, John Carpenter, 1986), aquí nos encontramos con otro ejemplo máximo de película chapucera (recuerdo bien esa frase de Coppola: “lo que los estudios todavía no comprenden es que soy un cineasta chapucero) que en lo que más importa, que es el ingenio a la hora de filmar, de crear las tomas, el estilo y la puesta en escena, como compendio de una forma de entender las imágenes y el sonido, es cine muy bien hecho, con mucho sentido (por muy disparatado que sea su argumento), con muy buen gusto (aunque se trata de una broma suprema) y con mucho talento dentro, a pesar de sus numerosos defectos narrativos. Pero, al estar asumidos como tales, lo cierto es que llegan a importar bien poco.

Es decir, más que placer culpable (de los que todos tenemos, algunos de ellos quizás inconfesables…), ‘El ejército de las tinieblas’ es una de esas cintas disparatadas que es un placer defender a capa y espada contra los que la despedazan sin piedad desde su, más que probable, carencia absoluta de sentido del humor. Precisamente un sentido del humor (grueso, chabacano, grotesco muchas veces, pero igualmente tronchante) que la quinta realización del bueno de Raimi derrocha por todos sus poros. Once años después de su gran éxito ‘Posesión infernal’ (‘The Evil Dead’), filmada con cuatro duros y que, además de significar su estreno como director, también significó una insólita millonada de dólares, y cinco después de la segunda parte, vuelve Ash, vuelve su chulería, y vuelven los muertos vivientes, esta vez homenajeando a Harryhausen. Y, desde luego, aunque con menos sangre y casi sin miembros cercenados y putrefactos, vuelve la diversión de un cine sin complejos.

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Si te aburres, estás muerto…nunca mejor dicho

La cosa empieza por todo lo alto. Cuando afirmo que los quince o veinte primeros minutos son lo mejor que Raimi ha hecho en toda su carrera, lo digo después de revisarlos una y otra vez y maravillarme con cada plano, con cada corte de montaje, con cada alocado movimiento de cámara y con un guión y una puesta en escena trufados de ideas ingeniosísimas, ora visuales o narrativas, ora humorísticas o aventureras. Con un veloz y conciso prólogo narrado por el propio Ash (y Bruce Campbell es dueño de una voz imponente), se hace un repaso a lo que ha venido ocurriendo hasta ahora, y entramos de lleno en una imprecisa época medieval (que del medievo hace gala de todos y cada uno de los arquetipos imaginables, como damiselas hermosas, herreros, soldados, campesinos ignorantes, vasallos, guardias, y un largo etc… sin caer en el tópico manido, pues no es lo mismo arquetipo que tópico…) en el que, por supuesto, tratándose de quien se trata, tienen existencia la magia y la brujería. Y así, Ash, convertido en un esclavo, será tomado por uno de los hombres de Henry el Rojo (arquetipo de los guerreros norteños), y torturado por Lord Arthur (arquetipo de los nobles medievales que luchaban por sus territorios).

Y si después de esta primera parte, todo se vuelve bastante alocado y endeble (aunque igualmente disfrutable), durante estos minutos la sensación de asistir a un relato medieval de pura estirpe es grandísima. Por su densidad conceptual, porque cada plano es de una coreografía visual y escenográfica apabullantes. Y todo termina con el memorable discurso en que Ash, aburrido de recibir golpes por todos lados, coge su escopeta (que ha sacado de Dios sabe dónde…), y establece la diferencia entre un relato medieval, y otro que es un homenaje y una parodia de esos mismos relatos, pues su viaje en el tiempo (que entronca con el de Samurai Jack, por ejemplo) le convierte en un absurdo que ha de luchar por volver a casa, gracias al mago (otro arquetipo bestial, a medio camino entre Merlín y un histriónico Einstein) y al famoso Necronomicón. Y ahí llega la segunda, y aún más ingeniosa (aunque por desgracia desequiibrada a más no poder) parte de la película, con Ash huyendo de un monstruo que jamás veremos (limitaciones de presupuesto, supongo), refugiándose en un molino maldito de salvaje imaginería gótica, peleando con cientos de mini-ashes, y dando lugar a su clon malvado. Uff.

Pero llega mi chiste favorito, que es el célebre homenaje a la ya desgraciadamente muy anticuada ‘Ultimátum a la Tierra’ (‘The Day the Earth Stood Still’, Robert Wise, 1951), reutilizando el famoso mensaje en clave “Klaatu barada nikto” para el momento de la recogida del Necronomicón. Mensaje luego olvidado por Ash, quien intenta solventar el problema de la forma más cómica posible. Y es que Bruce Campbell es la película. Un verdadero dibujo animado, que en nada debe envidiar al gran Jim Carrey, una fuerza de la naturaleza capaz de combinar la ruindad y la mezquindad con la nobleza y la valentía, sin perder el sentido del humor, desdoblándose en el malvado Ash que comanda a los muertos, siendo el artífice de que la tercera y última parte de la película (la más endeble de ritmo, ideas e imágenes) se sostenga algo mejor. Raimi pone lo mejor de su parte, con algunas imágenes pesadillescas, pero a los arrolladores primeros minutos les sustituyen unos últimos mucho menos interesantes. No importa, nos lo hemos pasado en grande.

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Conclusión e imagen favorita

Una de las más grandes gamberradas que recuerdo, intensa, divertida y llena de buenas idea, sobre todo en su arranque. Algunos la encontrarán chorra, desmedida, olvidable o innecesaria. Allá cada cual. Mi imagen favorita es la de Ash disparando a bocajarro a la cara del Ash Malvado, y diciendo: “Bueno, malo…soy el tipo con un arma”. El estupendo tema musical de Danny Elfman (que se añade a la música de Joseph LoDuca), adelanta su futura colaboración en la serie del hombre araña, nunca tan disfrutable como esta película.

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<![CDATA['Grease', divertidísima mala película]]> http://www.blogdecine.com/criticas/grease-divertidisima-mala-pelicula http://www.blogdecine.com/criticas/grease-divertidisima-mala-pelicula Mon, 30 May 2011 12:19:41 +0000 seleccionado por el_darko 800-grease-blu-ray4.jpg

La reciente muerte de Jeff Conaway (a los sesenta y un años) es la razón que me impulsa a escribir, a modo de homenaje personal, acerca de una de las películas musicales más famosas de las últimas décadas, la proverbial ‘Grease’ (id, 1978). Conaway dio vida a uno de los personajes secundarios más importantes, el fantasmón de Kenickie, y probablemente este fue el papel más importante de su truncada carrera. Otros magníficos integrantes del reparto han conocido trayectorias más dispares todavía, y sólo uno, Travolta, ha llegado a disfrutar de más oportunidades para hundir y para reflotar su carrera. Como con tantas películas icónicas (más aún en aquellos tiempos), ‘Grease’ se mantiene en la memoria gracias a una mezcla de esa nostalgia cinéfila que todo lo maquilla, y al cariño que muchos podemos llegar a sentir por ese tipo de películas que, sin ser realmente importantes, ni gozar de demasiadas virtudes, son lo suficientemente sólidas a un nivel narrativo (pese a lo básico de su puesta en escena) y nunca se toman en serio a sí mismas.

Porque aún a riesgo de que se me echen encima las hordas de nostálgicos fanáticos (lo digo de buen rollo), ‘Grease’ es una bobada de película, pero pese a esto, o quizá precisamente por ello, se erige en un divertimento tan disfrutable, en un placer culpable similar a pasártelo en grande con ‘Tango y Cash’ (‘Tango & Cash’, Andrey Konchalovskiy/Albert Magnoli, 1989). Al igual que con aquella joya de ‘Golpe en la pequeña China’ (‘Big Trouble in Little China’, John Carpenter, 1986), se trata de cine mal hecho a propósito, o de una broma bien ejecutada, o de ambas cosas a la vez. Adaptación del musical de 1971 creado por Warren Casey y Jim Jacobs, de gran éxito en el momento de su estreno en cines, se trata de una de las películas que más veces hemos visto por televisión, gracias a sus infinitas reposiciones, de modo que por fuerza nos sabemos todas sus canciones, nos reímos al unísono de las mismas patochadas y la aceptamos como lo que es: un demencial sueño kitsch que comienza en la playa y termina en el cielo.

El director Randal Kleiser debutaría con esta película, después de muchos trabajos televisivos (y el carácter televisivo se nota en la puesta en escena de ‘Grease’), y luego su carrera no sería especialmente destacable, aunque sí que hizo esa entrañable adaptación de ‘Colmillo blanco’ (‘White Fang’, 1991). Aquí se limita a hacer fluido y dinámico un guión que adolece de muchas arritmias, por depender en exceso de las numerosas canciones (algunas de ellas muy buenas, otras simplemente olvidables) y porque los personajes quedan reducidos a un mero apunte, desterrada toda crítica social o descripción de una época para quedarse en lo más vistoso y superficial de los cincuenta, y en un revival más o menos potable de arquetipos y géneros musicales. Pasada ya la época de los grandes musicales, inmersos en un postmodernismo cada vez más en alza, a punto de llegar la en muchos aspectos terrible (para el cine industrial…) década de los ochenta, al menos obtenemos aquí una cierta artesania. Televisiva, pero artesanía.

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La pija y el gamberro

La cosa no puede ser más simple: chico conoce a chica, se termina el verano, chico y chica se separan, pero al empezar el instituto vuelven a encontrarse y descubren que pertenecen a mundos bastante diferentes. Este es el arranque y lo cierto es que no hay mucho más. Pese a la oposición general de sus amigos fanfarrones (todos con la misma chaqueta…) Danny Zuko sigue interesado en Sandy Olsen, y pese a que las chicas más rebeldes del instituto rechazan a Sandy, no tardan mucho en aceptarla. Es decir, que la tensión construida al principio de la historia pronto desaparece, y da lugar a riñas de adolescentes (adolescentes de casi treinta años, ejem…), a muchachos que no quieren crecer pero terminarán haciéndolo, a reprimidas que no quieren sexo antes del matrimonio pero que perderán sus prejuicios, y a ese tipo de cosas tan apasionantes, por lo que el drama pasa a ser secundario (muy secundario…) y nos quedamos con los números musicales, con algunos buenos chistes y con una energía juvenil desvergonzada y muy de agradecer.

Es decir, que es menos interesante hablar de la historia, y mucho más del diseño de producción, por ejemplo, obra del malogrado Philip M. Jefferies, con decorados de James L. Berkey, que crean ese aspecto exageradamente naif y colorista de los cincuenta, con decorados tan impresionantes como el de la canción “Greased Lightnin’”, en la que los amigos fantasean del cochazo que van a diseñar para ganar todas las carreras, o el de esa cafetería tan típica de aquellos años, luego convertida en la peluquería de los sueños de Frenchy (en un número musical de Frankie Avalon que rompe completamente el ritmo, o eso me parece a mí), entre otros decorados realmente conseguidos. Entre el grupo de actores, además de un casi paródico John Travolta, decir que Olivia Newton-John tiene planos en los que sale francamente horrible y otros en los que no está mal, aunque con esos carrillos poco podían hacer por mejorarla frente a la cámara. Eso sí, ambos gozan de una química excelente.

Personalmente, creo que la gran Stockard Channing es una presencia mucho más imponente que la de Newton-John y que la de cualquier otra supuesta adolescente que salga en pantalla, y su relación con Kenickie (un gran Jeff Conaway, en verdad) tan interesante como la de Danny y Sandy. Pero a fin de cuentas se trata de un divertimento exageradamente ligero, del que te olvidas una vez lo has visto. En pocas palabras: que te roba dos horas de tu vida cuando no tienes otra cosa mejor que hacer. Habiéndola visto unas cuantas veces ya, me sucede siempre lo mismo. Dejo de verla antes de que Sandy y Danny suban al cielo en su brillante coche y pongo ‘West Side Story’ (id, Robert Wise/Jerome Robbins, 1961) como si se tratara de un bálsamo, o de un antojo irreprimible. Pero hay que reconocer que ‘Grease’ ha envejecido bastante mejor de lo que muchos auguraban cuando vio la luz.

Lo mejor: El tono guasón de Travolta, la estimulante Stockard Channing, algunas canciones y algunos diseños, Jeff Conaway

Lo peor: Los carrillos de Olivia Newton-John, Frankie Avalon, el regusto conservador de la historia, su imagen excesivamente televisiva.

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<![CDATA[Johnny Depp, una de cal y otra de arena]]> http://www.blogdecine.com/actores/johnny-depp-una-de-cal-y-otra-de-arena http://www.blogdecine.com/actores/johnny-depp-una-de-cal-y-otra-de-arena Wed, 25 May 2011 17:15:58 +0000 seleccionado por el_darko edwood.jpg

¿Yo? Soy deshonesto. Y siempre puedes confiar en que un hombre deshonesto haga cosas deshonestas. Honestamente, es de los honestos de quien más hay que tener cuidado…”

El reciente estreno de la cuarta parte de las aventuras de Jack Sparrow y compañía, titulado ‘Piratas del Caribe: En mareas misteriosas’ (‘Pirates of the Caribbean: On Stranger Tides’, Rob Marshall, 2011), es una excusa tan válida como cualquier otra (en realidad es más que una excusa, por lo que representa Sparrow para bien y para mal en la carrera de este actor) con la que lanzarnos a una disección sobre la desigual carrera de uno de los intérpretes norteamericanos más célebres, famosos y queridos de la actualidad. Johnny Depp es ya, en realidad desde hace bastante tiempo, una megaestrella mundial, con una larga carrera de la que presumir en la que hay prácticamente (y sin el prácticamente…) de todo. Con cuarenta y ocho años y muchísimas películas en las últimas dos décadas, Depp ha luchado con denuedo por fusionar trabajos arriesgados con otros más comerciales, estableciendo un estilo o un icono que no siempre se sostiene en su estilo a menudo extremo o excéntrico, que le ha valido una lógica polarización por parte de la crítica.

Nadie va a decir ahora (o casi nadie…) que Depp no es un buen actor. Desde luego, lo es, y lo ha demostrado en algunos papeles magníficos. Pero también es capaz de demostrar justo lo contrario con algunos engendros de películas a las que él, inexplicablemente, ha consentido en prestar su rostro y su energía. De ahí el título de este artículo, pues Depp, y aquí no creo que pueda haber mucha discusión, o tal vez sí, nos sorprende a menudo con decisiones muy estimulantes, que ensanchan a golpe de talento su aureola de intérprete valiente y audaz, y otras veces se gana a pulso el desprecio o el ninguneo de tantos analistas que ven en él a un verdadero “bluff”. Supongo que Depp es bien consciente de esto, y ahora que se asoma a su cincuentena (aunque no lo parece, más bien parece que ha hecho un pacto con el Diablo, como tanta gente dice) quizá tenga que plantearse seriamente el otorgar mayor densidad a una trayectoria abarrotada de altibajos estéticos.

Las infinitas servidumbres de la fama

La carrera de este actor, que empezó siendo masacrado por Freddy Krueger en la aventura inicial de ‘Pesadilla en Elm Street’ (‘A Nightmare on Elm Street’, Wes Craven, 1984) se divide en tres grupos muy diferenciados, y uno de ellos no es precisamente el de su maridaje artístico con Tim Burton. Aunque durante los ochenta no se puede decir que despuntara demasiado, en roles minúsculos o intrascendentes, siempre explotando su imagen de guaperas de ascendencia variada (dicen que irlandesa, francesa, alemana y hasta cheroqui), casi condenado a una carrera de sex-symbol o por lo menos de icono venerado por las adolescentes. Ha contado él mismo muchas veces que la serie ‘Jóvenes policías’ (‘21 Jump Street’, 1987-91) le proporcionó mucho dinero, pero también un agujero negro de frustración del que salió gracias a un personaje con tijeras en lugar de manos, previamente rechazado por Tom Cruise y que sigue siendo uno de sus esfuerzos creativos más recordados. Fue el verdadero comienzo de una estrella y de un actor que se ha balanceado con fortuna sobre el resbaladizo filo de navaja que es Hollywood.

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Papeles más que interesantes: Aquí se incluyen todos esos que le valieron la etiqueta de actor underground, o lo más parecido a un intérprete alejado de lo que se espera de una estrella. Son sus mejores papeles, los más comedidos, los más estimulantes, los más arriesgados. Hablo de su fenomenal trabajo en ‘Ed Wood’ (id, Burton, 1994), de su Gilbert Grape en ‘¿A quién ama Gilbert Grape?’ (‘What’s Eating Gilbert Grape’, Lasse Hallström, 1993), su magnífico William Blake del inolvidable ‘Dead Man’ (id, Jim Jarmusch, 1995), su infravalorado esfuerzo en ‘Donnie Brasco’ (id, Mike Newell, 1997), y otros en los que a Depp se le ve más cómodo, fingiendo menos, elaborando una imagen propia e inimitable, como en ‘Sleepy Hollow’ (id, Burton, 1999), ‘La novena puerta’ (‘The Ninth Gate’, Roman Polanski, 1999), ‘Desde el infierno’ (‘From Hell’, hermanos Hugues, 2001) o incluso su singular e inclasificable Jack Sparrow.

Papeles de divo insoportable No son muchos (menos mal…), pero son lo peor de su carrera. Hablo de su divo divino de ‘Chocolat’ (id, Lasse Hallström, 2000), en la que más que interpretar se dedicaba a poner caritas de tío bueno y a negar su talento como actor. O como el absurdo personaje (por mucho que sea real…) de la insoportable, aburridísima, ‘Blow’ (id, Ted Demme, 2001), que más que narcotraficante parecía un modelo de pasarela en vacaciones. O su birria de trabajo en la también infumable ‘El mexicano’ (‘Once Upon a Time in Mexico’, Robert Rodríguez, 2003). Son papeles en los que este buen actor roza el ridículo más espantoso, o directamente cae en él sin remisión. Algunos de los que ha tenido con Burton tampoco se salvan de la quema, como su Willy Wonka, su Sombrerero Loco, o su Sweeney Todd, caracteres incoherentes, irritantes y faltos de toda chispa, caprichos que puede permitirse una estrella.

Papeles poco destacados: Demasiados, que diluyen su carrera. Me refiero a su Dillinger de ‘Enemigos públicos’ (‘Public Enemies’, Michael Mann, 2009), su escritor de ‘La ventana secreta’ (‘Secret Window’, David Koepp, 2004), su estrafalario personaje de ‘Antes que anochezca’ (‘Before Night Falls’, Julian Schnabel, 2000), su espantajo de ‘Vidas furtivas’ (‘The Man Who Cried’, Sally Potter, 2000), su astronauta de ‘La cara del terror’ (‘The Astronaut’s Wife’, Rand Ravich, 1999)... Papeles de relleno que se podría haber ahorrado porque no le aportan nada, porque nada bueno (tampoco malo…) puede extraerse de ellos, y que han terminado por convertir su trayectoria en una verdadera incógnita, siempre esperando que un buen papel le llegue antes de que él decida meterse en proyectos de dudoso interés. Porque algunos todavía estamos esperando el que pueda ser el gran papel de su vida, antes de que el Diablo deje de prestarle un físico envidiable en el borde de la cincuentena.

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Pienso que Depp da lo mejor de sí mismo o bien en papeles muy concentrados, muy parcos en gestos, actuando sólo con el interior, que asoma a su sojos, o bien en papeles bastante extremos, a los que sin embargo él dota de credibilidad y verdad con talento inusitado. Ahora que ha desembarcado el cuarto Jack Sparrow, con su papel protagonista en la nueva película de Scorsese, veremos si rompe esa racha de darnos una de cal y otra de arena, y alcanza la plenitud tan esperada.

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<![CDATA[El estilo de Steve McQueen]]> http://www.blogdecine.com/actores/el-estilo-de-steve-mcqueen http://www.blogdecine.com/actores/el-estilo-de-steve-mcqueen Wed, 27 Apr 2011 09:26:38 +0000 seleccionado por el_darko steve_mcqueen_wallpaper_3.jpg

“Hay algo en mis ojos de perro apaleado que le hace pensar a la gente que soy buena persona”

Algunos artistas no tienen que esforzarse por hacer cine, al menos en apariencia. Ellos son cine. Los dos hechos más importantes de la vida de Steve McQueen fueron que su padre les abandonara a él y a su madre cuando apenas contaba seis meses de vida, y que su madre, por esa razón o por otras, que tanto da, fuese alcohólica toda su vida. Aún en el caso en que Terrence Steve McQueen no hubiera decidido hacerse actor, su furia interior, su arrolladora energía vital, habrían hecho de su vida una película. Y mucho se tuvo que cansar de sus años en la granja de unos familiares que cuidaron de él, porque, aburrido de sus familiares y de una vida sin futuro, llegó a formar parte de bandas callejeras, y a ser arrestado varias veces por pequeños hurtos y vandalismo. Uno de los sucesivos maridos de su tía llegó a apalizarle severamente, lo que no provocó otra cosa que ahondar en su íntimo desprecio, y a la vez anhelo, por la figura paterna. De su tumultuosa juventud le rescató la disciplina del ejército, que, aunque volvió a sacar lo peor de él, también sacó lo mejor.

De impresionante físico desde su juventud, sólo sus capacidades atléticas pueden explicar que un muchacho disléxico, y con una sordera parcial, pudiera entrar en el Cuerpo de Marines a los 17 años. Cuerpo en el que, debido a su rebeldía congénita, sufrió las consecuencias (en forma de marginación y muchos días en el calabozo) de sus continuadas insubordinaciones, de su violencia a menudo descontrolada, hasta que salvó a algunos compañeros en un ejercicio de prácticas. De su paso por la granja y por el ejército, dice que aprendió muchas cosas, tanto de sí mismo como de la gente que le rodeaba. Pero nosotros podemos deducir la bulliciosa personalidad de un hombre que se pagó sus estudios de actor en carreras de coches y motocicletas los fines de semana. Porque para él, en el fondo, lo primero era la velocidad y el motor. Y todo lo demás, incluso su cada vez más mítica carrera cinematográfica, era completamente secundario. ¿De qué huía McQueen o hacia donde se dirigía a toda velocidad? Sólo el lo sabía. Pero huyera o corriera buscando algo, siempre lo hacía con mucho estilo.

Siempre recuerdo la sonrisa con la que termina su explicación, a Richard Attemborough, de las posibilidades de escaparse en ‘La gran evasión’ (‘The Great Escape’, John Sturges, 1963), una vez descubren que el túnel se ha quedado corto. Yo creo que la naturalidad de McQueen, esa que le hizo ganar el corazón y el recuerdo de tantos aficionados al cine, provenía de que, en realidad, McQueen hablaba siempre de sí mismo, con una fuerza expresiva y una sinceridad que le convertían en verdadero autor de sus personajes y casi de las historias que protagonizaban. Quizás esa sonrisa la había practicado consigo mismo muchas veces. Cuando peor iban las cosas, cuando más solo se sentía, más meritorio era componer esa sonrisa. Detalles como esos son los que forjaron una carrera que apenas se extiende en veintipocos años, después de debutar en el cine, no acreditado, en ‘Marcado por el odio’ (‘Somebody Up There Likes Me’, Robert Wise, 1956), y de por fin ser acreditado en la película de otro Robert, esta vez Stevens, en ‘Never Love a Stranger’ (1958).

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¿Quién podía imaginar que, en los cercanos años sesenta, McQueen se convertiría en la mayor estrella del mundo del cine, con apenas una olvidable experiencia en series televisivas y papeles sin interés? Si Sturges confió en él en el remake de ‘Los siete samuráis’ (‘Sichinin no Samurai’, Akira Kurosawa, 1954), titulado ‘Los siete magníficos’ (‘The Magnificent Seven’, 1960), fue porque vio algo en aquel chaval delgado y de penetrantes ojos azules, aunque no le concediera muchas líneas de diálogo. Muchos se quedaron más con su cara que con la de Brynner. Fue la sutil llegada de un duradero icono justo en el principio de esa década ruidosa. Hay algunos que estaban predestinados a ser lo que fueron, y que estuvieron en el momento justo en el lugar apropiado. Más allá de que McQueen fuera un actor bueno, malo, regular, interesante, desfasado, histriónico, egoísta para sus compañeros de reparto, déspota en su éxito y generoso en sus miserias, se establecía su feroz sinceridad con total primacía sobre sus, no pocas, virtudes como actor. Un actor muy físico que cuando hablaba era poderoso, pero cuando callaba más.

La fugacidad de una presencia irresistible

Los años sesenta, con todo lo que signicaron en el nacimiento de la contracultura en Estados Unidos, con la pérdida de la inocencia de aquel país, tomaron a McQueen como referente del antihéroe que, antes que nada, mantiene el tipo cuando todo se derrumba (a pesar de que defendió públicamente la necesidad de la Guerra de Vietnam). Cuando en 1963 protagoniza ‘La gran evasión’, película en la que, por momentos, él parece ir a su aire, ya es una estrella gigantesca, con el nombre antes del título, y eso que sólo ha protagonizado, después del ya mencionado remake de Sturges, un bélico no demasiado notable a las órdenes de Don Siegel en 1962, ‘Comando’ (‘Hell is for Heroes’), otro bélico aún menos destacado a las órdenes de Philip Leacock, ‘El amante de la muerte’ (‘The War Lover’, 1962), y una comedia ya olvidada en 1961, ‘Zafarrancho en el casino’ (‘The Honeymoon Machine’, Richard Thorpe). Pero poco importa, pues desde aquella memorable evasión su carrera es como una estrella fugaz destinada a brillar más que ninguna otra, a dejar huella y a durar muy pocos años, pues un cáncer salvaje le derrotó en pocos meses cuando ya rondaba los cincuenta años.

Dos películas dirigidas por Robert Mulligan, un tanto anticuadas tantos años después, una floja adaptación de Faulkner, o algunas otras películas alimenticias, no impidieron que McQueen se convirtiera en el rey de lo cool, con varios papeles que parecían confeccionados a medida, hasta el punto de que se podían llamar películas “de” Steve McQueen, aunque las dirigieran siempre otros. La vibrante (quizá una de las películas más redondas de la apática filmografía de Norman Jewison) ‘El rey del juego’ (‘The Cincinnati Kid’, 1965), el hermoso western ‘Nevada Smith’ (id, Henry Hathaway, 1966), el apasionante drama ‘El Yang-Tsé en llamas’ (‘The Sand Pebbles’, Robert Wise, 1966), la ingeniosa ‘El caso Thomas Crown’ (‘The Thomas Crown Affair’, Norman Jewison, 1968) y la trepidante ‘Bullit’ (id, Peter Yates, 1968) conforman los peldaños de su imparable ascensión al Parnaso de Hollywood. Era el actor mejor pagado, el más famoso, el más admirado e imitado, y posiblemente el que con más fortuna se interpretó a sí mismo a lo largo de su carrera.

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Salvo en la olvidable ‘Las 24 horas de Le Mans’ (‘Le Mans’, Lee H. Katzin, 1971), en la que por fin cumplió su sueño de interpretar a un piloto de carreras, creo que sus papeles de los setenta son los más complejos y los más arriesgados de su carrera. Continuó fiel a sí mismo: interpretándose a sí mismo, o al menos llevando a los papeles a los territorios íntimos que le impulsaban a interpretarlos. Si esa fuera la vara de medir de un actor, pocos fueron iguales o mejores que él. Encontró en el gran Sam Peckinpah una personalidad artística y un ego comparables a los suyos, y le regaló dos de sus trabajos más completos: el de especialista en rodeos, perdedor nato y nostálgico y anacrónico, de ‘Junior Bonner’ (id, 1972), y el de ladrón profesional en la magnífica ‘La huida’ (‘The Getaway’, 1972). La pasión de Bonner por los rodeos es comparable a la de McQueen por las carreras, verdadero centro de su vida, y en el pasado del Doc McCoy de ‘La huida’ no es difícil imaginar el registro delictivo de McQueen. Pero sería en ‘Papillon’ (id, Franklin J. Schaffner, 1973) y en ‘Un enemigo del pueblo’ (‘An Enemy of the People’, 1978), en la que daría, a mi juicio, lo mejor de sí mismo.

En ambas, muy alejadas (sobre todo la segunda), de esa imagen cool e impertérrita que tanto se afanó en mantener ante el mundo, McQueen desnuda su alma, literalmente, ante la cámara. Es más actor, creo, que nunca. En la soberbia película de Schaffner ofrece una interpretación descarnada, otoñal, de una melancolía y una dignidad arrasadoras. McQueen, un viejo de cuarenta y tres años sin el menor tic, sin la menor concesión ni al espectador ni a sí mismo. Y en la segunda, ya caracterizado como un anciano (aunque aún le quedaban dos películas antes de morir, en las cuales “algo” quedaba del enérgico McQueen de pocos años antes…), empezaba a mirar a la muerte. Dicen que una exposición prolongada al amianto (durante su época de marine, quizá, o en algún rodaje) es la única explicación a un cáncer tan fuliminante, que se extendió por todo su cuerpo con voracidad y le dejó hecho la sombra de lo que había sido, en pocos meses. Un formidable atleta vencido por una enfermedad que a tantos otros artistas ha fulminado. Cuentan que McQueen aún pudo componer su icónica sonrisa (¿sería parecida a aquella que le dedicaba a Attemborough?) cuando le anunció a su esposa que se rendía.

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<![CDATA[Críticas a la carta | 'El hombre que pudo reinar' de John Huston]]> http://www.blogdecine.com/cine-clasico/criticas-a-la-carta-el-hombre-que-pudo-reinar-de-john-huston http://www.blogdecine.com/cine-clasico/criticas-a-la-carta-el-hombre-que-pudo-reinar-de-john-huston Tue, 26 Apr 2011 00:18:44 +0000 seleccionado por el_darko themanwhobecouldkingf1.jpg

Hace poco, hablando de una de las obras maestras de la década de los 90, ‘Un mundo perfecto’ (‘A Perfect World’, Clint Eastwood, 1993), hablaba con un lector sobre los perdedores del cine de John Huston, Eastwood y Sam Peckinpah, entre otros. Por eso resulta idónea la casualidad de rescatar una película como ‘El hombre que pudo reinar’ (‘The Man Who Would Be King’, John Huston, 1975) en esta recuperada sección de Críticas a la carta. En ella el término perdedor alcanza el significado cinematográfico por antonomasia, sobre todo en el cine de su autor, que tras una filmografía ejemplar, con sólo muy pocos tropiezos, encontró el punto más alto de la misma en este trabajo. A partir de ahí, el cine de Huston se debilitó para sorpresa de propios y extraños, recuperándose milagrosamente en su obra póstuma, la magistral ‘Dublineses’ (‘The Dead’, 1987).

Con ‘El hombre que pudo reinar’, Huston sumaba en su filmografía el adaptar al gran Rudyard Kipling, tras adaptar a escritores de la talla de Dashiell Hammet, Tennesse Williams o Herman Melville. Adaptaciones de las que salió airoso gracias a su envidiable capacidad de saber trasladar a la pantalla el espíritu de la obra, alcanzando con el escritor de origen indio la cota más alta de su cine, al menos para quien esto suscribe. Pocas veces en la historia del cine el género de aventuras ha estado tan bien tratado. En una década en la que los apellidos Lucas y Spielberg se alzarían como los máximos responsables de los cambios que sufriría el séptimo arte a partir de entonces, Huston se mantuvo fiel a una mirada más clásica, menos artificiosa, el gran mal de la mayoría de las superproducciones actuales.

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John Huston leía a Kipling desde hacía tiempo, y siempre quiso llevar a la pantalla el relato ‘El hombre que sería rey’. Allá por finales de los años 40, la intención del realizador era llevarla a cabo con Humphrey Bogart y Clark Gable dando vida a la pareja protagonista. Una gran elección, sin duda. En la década siguiente, Huston intentó hacerlo con Kirk Douglas y Burt Lancaster, otros dos actores idóneos para los personajes. Y más tarde, Robert Redford y Paul Newman fueron los elegidos del director para protagonizar el film, pero tampoco pudo ser. Fue precisamente Newman quien sugirió los nombres de Sean Connery y Michael Caine, y a pesar de que las parejas nombradas habrían estado impresionantes en los roles —cosa que en realidad nunca sabremos, sólo podemos especular—, no hay duda de que Connery y Caine se hicieron con los papeles de sus vidas. Tanto es así, que cuando a alguno de los dos se le pregunta por la película favorita de sus respectivas filmografías, ambos coinciden al citar ‘El hombre que pudor reinar’.

La película da comienzo en Lahore, India. Allí un periodista inglés —un perfecto Christopher Plummer dando vida al mismísimo Kipling— recibe la inesperada visita de un hombre harapiento que resulta ser Peachy Carnehan, a quien Kipling había conocido hacía dos años. Carnehan le relata los terribles acontecimientos que le llevaron a ese estado. Entonces el espectador se entera de la fantástica y fatídica aventura de Carnehan y Daniel Dravot, dos vividores que acudieron a Kipling para obtener cierta información. Su gran ambición, o locura, era la de atravesar Afganistán con un cargamento de armas para establecerse definitivamente en Kafiristán, donde ayudar a las distintas tribus a defenderse, con la intención de expandirse y por ellos ser coronados reyes del lugar. Sólo por la osadía del proyecto, y las ganas que les meten tanto Carnehan como Dravot, convenientemente ya presentados al espectador, quien se rinde inmediatamente a su magnetismo, seguimos con interés su periplo, pues en saber si consiguen o no su particular misión dota al relato de cierta intriga.

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Carnehan y Dravot son dos personajes típicamente hustonianos, quizá los más representativos del cine de su autor. Perdedores natos, antihéroes con un poco de moralidad y un mucho de caraduras, siempre marcados por la fatalidad del destino, pero con un afán inagotable por perseguir aquello que ambicionan. El carácter aventurero del propio Huston queda reflejado en estos dos bribones tan encantadores, a través de los cuales conoceremos el éxito y el fracaso, pero sobre todo lo cerca que una cosa está de la otra. También el desencanto que conlleva todo fracaso, algo que Huston, debido a su animada vida, entendió a la perfección. De ahí el especial cariño que pone en sus personajes, a los que trata sin piedad, también sin establecer dogmatismos, pero comprendiendo en cierto modo su forma de vida. Aquel que les lleva a perder el rumbo cuando la desmesurada ambición les hace desear de más. Así pues, el hombre se creerá un dios con poder inimaginable para cualquier cosa. Dravot, más que Carnehan, sufrirá delirios de grandeza. Y eso será la perdición de ambos. Pues un dios no puede tener ambiciones humanas. El episodio de Dravot deseando una esposa —Shakira Caine, la mujer de Michael Caine en la vida real, en lo que parece un chiste privado— refleja perfectamente lo comentado.

Pocas veces, actores tan inmensos como Sean Connery y Michael Caine estuvieron tan bien, con una más que perfecta química entre ambos. Sus personajes pertenecen por derecho propio a la antología de perdedores del séptimo arte. Huston además realiza un curioso ejercicio con el destino de los mismos. Por un lado rinde tributo a su admirado Kipling, haciendo que Dravot termine igual que en el cuento, pero a Carnehan, que en el mismo muere por insolación, le reserva el papel típicamente hustoniano, el de sufrir en vida las consecuencias de su osadía. De esta forma, Huston incide en uno de los temas recurrentes de su filmografía, que el infortunio y la desdicha pueden traer las mejores enseñanzas. Melancólica hasta la médula, llena de un humor que jamás enturbia la dureza de lo narrado, sino todo lo contrario, un Maurice Jarre que le proporciona algo de épica, y un Huston con los pies en el suelo, que mira de tú a tú a sus personajes viviendo la aventura de sus vidas. Intensa, emocionante, única. Una obra maestra.

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Damas y caballeros, pidan su siguiente película para Críticas a la carta, a ver si están tan inspirados como en esta ocasión.

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<![CDATA[Nuevas formas de ver cine: Especial en Blogdecine]]> http://www.blogdecine.com/blogdecine/nuevas-formas-de-ver-cine-especial-en-blogdecine http://www.blogdecine.com/blogdecine/nuevas-formas-de-ver-cine-especial-en-blogdecine Wed, 16 Feb 2011 12:31:32 +0000 seleccionado por el_darko wuaki

El rápido crecimiento y expansión de servicios de visionado de películas a través de Internet, bien vía streaming o con descargas, está cambiando la forma de ver cine. El sistema de alquiler y venta de películas en DVD y Blu-ray está muy devaluado, aunque sigan consiguiendo cifras suculentas, las productoras y distribuidoras están asistiendo a un cambio en los hábitos, pero también en la forma en la que el cine llega al espectador.

En las salas de cine el 3D se presenta, como en otras ocasiones, como el reclamo para atraer espectadores. Pero gracias a Internet han surgido nuevas formas de ver cine. Desde casa, en la pantalla del ordenador, de la televisión o del teléfono y otros dispositivos. Con solo hacer clic se puede disfrutar de películas (también de series), ya sean independientes o grandes producciones. Ya sea online o incluso descargando de forma legal. Se pueden alquilar y se pueden comprar con gran facilidad.

Y como ya nos comentaba Gonzalo Martín esto va a seguir cambiando y evolucionando. Os invitamos a conocer a fondo esas nuevas formas de ver cine, a conocer los servicios que existen en la actualidad en España para ver cine en nuestra pantalla de forma legal y cómoda, como Filmin, Filmotech, Mubi, Wauki, Samsung Movies, iTunes Movies Store, Qriocity, videoclub Movistar… y algunas que aún están por llegar y que ofrecen un estimulante panorama este mismo año, como Youzee. Y todo esto, mientras estamos pendientes de saber si llega a España Netflix, el más popular y exitoso servicio de cine online en Estados Unidos, donde también goza de gran extensión Hulu.

Vamos a analizar cada uno de estos servicios en España, su oferta, funcionamiento, ventajas e inconvenientes. Nunca ha sido más fácil y cómodo ver cine, así que pónganse cómodos.

Imagen | Promoción en Wuaki.tv

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<![CDATA[Alex de la Iglesia, el discurso del presidente más mediático]]> http://www.blogdecine.com/goya/alex-de-la-iglesia-el-discurso-del-presidente-mas-mediatico http://www.blogdecine.com/goya/alex-de-la-iglesia-el-discurso-del-presidente-mas-mediatico Mon, 14 Feb 2011 09:34:27 +0000 seleccionado por el_darko delaiglesia.jpg

Un año más, la industria de cine español se ha reunido para entregarse premios a sí misma. Un año más hay premios para todos los gustos, aunque parece que se ha repartido bastante justicia. Y un año más llegamos a la gala de los Goya con la incómoda certidumbre de que se habla más de crisis, de divisiones, de leyes, de dimisiones, de terremotos institucionales, que de cine, que en teoría es lo que a todos más nos interesa. Con la Ley de Economía Sostenible, más conocida como Ley Sinde, encima de la mesa y dispuesta a sembrar más discordia en todos los ambientes y estamentos del cine español, teníamos la excusa perfecta para olvidarnos de que era la noche en la que, en teoría, se discernía sobre la vigencia y el empuje (o la carencia de él) de un cine siempre en el abismo de la desconexión absoluta con su público (cada año salen las cifras del anterior justo antes de la entrega de estos premios, y cada año todos se llevan las manos a la cabeza) y del desprestigio total con su crítica. Y aunque unos premios industriales como estos tienen mucho de autobombo y de enmascaramiento de los problemas anémicos de nuesta cinematografía, también significan un excelente baremo con el que hacerse una idea global del estado de cosas.

El cine español, mal que les pese a muchos, está vivo, y de momento no va a morirse. Existen en él suficientes razones y suficiente talento como para no perder la esperanza de que algún día, y puede que ese día no esté muy lejos (aunque viendo según qué películas, se me puede tachar de ingenuo, o de insensato) florezca de verdad y nos asombre con una nueva generación de cineastas. Esto lo dice alguien que, las más de las veces, se aburre de muerte con las películas supuestamente comerciales o de género que se hacen en este país, o que abomina de cierto cine de autor que va de exquisito o profundo y que resulta insoportable en sus formas e irritante en su experimentación. Pero supongo que sólo es lícito ser tremendamente duro con lo que uno ama, y tremendamente realista con lo que uno tiene delante de sus ojos. Por eso me desespero cuando la gente joven que empieza y que demuestra agallas y talento, tanto en la ficción, como en el documental, como en la animación, disciplinas todas ellas que cuentan cada día con gente más interesante, lo tiene cada día más difícil para cambiar el cine español. Y por eso algunos premios me han gustado tanto, y el discurso de Alex de la Iglesia no me ha gustado absolutamente nada.

Un cargo lleno de espinas

Alex de la Iglesia ha sido, con diferencia, el presidente más mediático de la historia de nuestra academia. Como los anteriores, considero que ha tenido tantas luces como sombras en su labor, y aunque sus equivocaciones, o simplemente sus limitaciones, han sido muchas y más acusadas al final de su mandato, ha hecho un esfuerzo loable por adecentar y volver más habitable la pequeñita cabaña llena de egos gigantescos y de enfrentamientos infantiles que es nuestra cinematografía. Ha procurado dar una imagen, hacia el exterior, de diálogo y de buen rollo, de trabajo y de respeto por profesionales y espectadores. Sabiéndose uno de los directores que, a sus escasos cuarenta y cinco años, es de los más célebres, queridos y representativos de un cierto cine español que huye de los convencionalismos y trata de ofrecer títulos más arriesgados y más, por así decirlo, diferenciados de lo que hasta los años noventa era considerado el paradigma, de la Iglesia era muy consciente que aceptando el cargo de presidente le esperaba un verdadero reto al que se enfrentaría con su carisma y su energía habituales. Sin embargo, con la Ley Sinde, y tras su encuentro con internautas y productores, decidió dimitir para, en sus propias palabras, enfrentarse al problema y seguir dialogando como cineasta, que es lo suyo.

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Nada en contra. Da la sensación de que está actuando según sus principios, y por eso no creo que haya nada que reprocharle. Eso sí, como despedida de su ciclo de dirigente de la academia, pronunció ayer un discurso bastante cuestionable, que se centró únicamente en la actual y cansina polémica de las descargas ilegales y de los conflictos con los internautas. No creo que de la Iglesia sea de los más culpables a la hora de convertir esta necesaria regulación de ley en una absurda guerra entre internet y los artistas, pero desde luego ha contribuido a hacerla realidad. Más allá de la pertinencia o la precisión de una ley que creo muchos de los que claman contra ella no se han leído en su totalidad (ni en parte), la idea final que se le queda a uno tras escuchar (o leer) el discurso que pronunció ayer en los Goya es que los cineastas tienen que estar agradecidos al público por poder trabajar, que hay que respetar las necesidades de los internautas por encima de las de la industria porque internet es la salvación del cine, que los cineastas tienen una obligación moral con el público, y que hay que llorar menos y sentirse afortunados.

Supongo que sus razones no tendría para llegar a conclusiones tan cuestionables. Ya que su adiós como presidente de la Academia es inminente, de la Iglesia podría haber aprovechado para lanzar un discurso mucho más valiente y menos servil, creo yo. Seguro que estoy equivocado, o que soy el mayor loco de este país, pero personalmente estoy convencido de que los mejores cineastas, los más valiosos, no hacen cine gracias al público, sino a pesar, precisamente, del público, y buena prueba de ello es que la película más premiada de la noche, la triunfadora ‘Pa negre’ (‘Pan Negro’, Agustí Villaronga, 2010) es la que menos entradas y menos repercusión popular ha tenido, y su premio a mejor película del año es incuestionable. Uno de los lastres del cine español es que, por mucho que se insista en que es un cine de búsquedas artísticas, lo que más importa a las autoridades culturales de este país, es su éxito económico y su repercusión popular, antes que sus calidades formales o su importancia estética. Ahora que ‘Pa negre’ ha sido premiada con nueve estatuillas, es muy probable que conozca un renacer en las salas de cine, pero el éxito de la película no será lo que llegue a recaudar, el triunfo es, simplemente, haberla hecho, que se haya hecho realidad.

Y estoy aún más convencido (y el que no lo esté, lo digo con todo el respeto, me parece que se equivoca) de que Villaronga no estaba pensando en agradecer a los ciudadanos la posibilidad de hacer ‘Pa Negre’ mientras escribía, filmaba y montaba su película. No creo que a los ciudadanos les importe un carajo lo que vaya o no a hacer un cineasta, hasta que ven la película terminada y el resultado les convence (o no, y lamentan gastarse unos pocos euros en la entrada antes que en dos paquetes de tabaco o una copa). Antes de eso, el cineasta de turno puede estar muy agradecido, puede codearse con internautas, puede manejar redes sociales, puede tener miles de amigos por la red y ser un tío carismático, pero los ciudadanos, esa masa abstracta y caprichosa, no van a mover un dedo por reunir la financiación necesaria, no le van a dar palmaditas al director mientras escribe el guión y se desespera ante los miles de problemas y dudas que surgen en su redacción, no van a poner de su parte para que el rodaje sea menos duro y las tomas salgan bien, no van a pelearse con los productores e inversores, no van a hundirse en la miseria cuando nadie comprenda lo que han intentado crear.

Así que tengo la certeza de que a los únicos a los que los cineastas tienen que agradecer hacer películas es a ellos mismos, que son los que se dejan la piel y la salud. Por supuesto que narrativamente, es inevitable, uno plantea su película para que un cierto público más que entenderla, conecte con ella, porque un artista piensa, siempre, en hacer la mejor película posible para los demás. Pero de ahí a hacerla para ellos, hay un abismo. Un gran artista habla de las cosas más valiosas para él, las más importantes, y si la respuesta de los espectadores es entusiasta, siente que estéticamente va por el camino correcto. Más allá de eso, todo son conjeturas y especulaciones. Hay películas que ven cuatrocientos millones de personas (en cines o por la red) y son basura, y hay películas que ven cuatro gatos y son obras de arte. El público tiene que estar a la altura de lo que le están regalando. Considerarles, siempre, el juez más importante y definitivo, es un error grandísimo. Como lo es decir que “no tenemos miedo a internet”. Como lo es confundir descargas ilegales con libertad de expresión. Como lo es pensar que los artistas se enriquecen y viven como reyes gracias a los derechos de autor. Como lo es establecer bandos y tergiversar la realidad. Pero también la Ley Sinde es una enorme torpeza, al igual que la gestión de los derechos de autor por parte de la SGAE. ¿Alguien será alguna vez capaz de hacer las cosas con inteligencia en este gallinero?

En Blogdecine:

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<![CDATA[Críticas a la carta: 'El gran Lebowski']]> http://www.blogdecine.com/criticas/criticas-a-la-carta-el-gran-lebowski http://www.blogdecine.com/criticas/criticas-a-la-carta-el-gran-lebowski Tue, 08 Feb 2011 08:19:42 +0000 seleccionado por el_darko el gran lebowski 1

Justo cuando surgen tímidos e infundados rumores de una posible secuela de ‘El gran Lebowski’, que los propios hermanos Coen han desmentido, nuestra sección de Críticas a la carta encuentra en este título su nueva entrega. Curiosa película, tremendamente popular y elevada a los altares de la veneración, cuyo ensalzamiento se produce después del discreto estreno del film. Y calificada incluso de ser la primera película que Internet ayuda a convertir precisamente en una obra de culto.

Y es que esta comedia satírica y divertida confirmó el talento de los Coen para la comedia alocada, para narrar una historia sin mucho aliciente y conseguir momentos brillantes. Aunque el mayor acierto, más allá del análisis crítico de la sociedad que destila ‘El gran Lebowski’, son sus personajes. ‘El gran Lebowski’ no sería lo que es sin el “Nota” (o “Dude” en su versión original). Y en ello tuvo mucho que ver la composición de Jeff Bridges como protagonista, sin olvidarnos de sus compañeros de bolera.

El guión de esta película es anterior a ‘Fargo’, con la que los hermanos Coen alcanzaron un status de prestigio, y es de agradecer que supieran esperar para tener en el cast a Jeff Bridges, John Goodman y el propio Steve Buscemi. Tres actores encargados de darle vida a unos personajes sobresalientes. Aunque quizás, el papel de Buscemi sea el que menos presencia e importancia contiene en la historia, aunque es una buena réplica en las excelentes escenas de la bolera, donde los diálogos suponen la esencia misma del film.

‘El gran Lebowski’: extraña, divertida y generacional

Los Coen consiguen con esta película el retrato de una generación, pero también de unos personajes reales, estrambóticos que reflejan en buena medida el carácter excéntrico (y alocado) de la sociedad norteamericana, especialmente en la ciudad de Los Ángeles, el escenario donde está magníficamente ambientada. Lebowski, o mejor “Dude”, como siempre insiste en ser nombrado, es también el reflejo de ese espíritu abandonado, lejos del gran sueño americano y en el que se arrastra el legado de un pasado de drogas, música y daños colaterales mentales de Vietnam. Todo ello combinado con el culto al pasotismo, a intentar subsistir, a toda costa aunque se esté conscientemente nada preparado para cualquier intento de éxito.

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Es una película extraña, donde la narración de la historia, de sobra conocida, fluye con una voz narradora con personaje presente, que intenta hilar la trama, aunque sin demasiada convicción. Pero poco importa. Porque “Dude” siempre improvisa e intenta salir como puede de cada situación en la que se ve inmerso sin haberlo buscado. Es el fiel reflejo de la resistencia pasiva. Aquí los Coen demuestran un enorme dominio del relato a base de escenas brillantes, que sin embargo rompe el hilo conductor y les cuesta cerrarlo. De hecho la conclusión es algo decepcionante. Pero poco importa, puesto que han logrado eso tan importante que es entretener y, sobre todo, desprender química con unos personajes a los que se le coge cariño, con los que empatizar, comprender y uno quiere abrazar.

‘El gran Lebowski’ está repleto de referencias, de imágenes, gags que la convierten en una comedia única. Hilarante por momentos y en el se aprecia un gran libertad creativa justificada con una inspiración elevada. Si no fuera así, no tendría mucho sentido la inclusión de esos nihilistas alemanes, de las referencias musicales tan dispares (de la electrónica a los Eagles), de alfombras voladoras, de exitosos guionistas de televisión que sobreviven artificialmente, de engaños a dos bandas, de jugadores de bolos con hambre de humillación (inolvidable el breve papel de John Turturro), de tributo-crítica a los judíos o de escenas oníricas de musical.

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Todos estos elementos, y muchos más que salpican todo el universo de el “Nota” y sus amigos, consiguen conformar un comedia salvaje, irreverente, ácida, divertida. Esencial en la filmografía de los Coen y bandera para una generación que se identifica con esos antihéroes sin motivación existencial. Cuyo único cometido es disfrutar de su principal afición y charlar para encontrar justificación a los errores cotidianos. Muy bien reflejados en las escenas de la bolera, donde los diálogos están salpicados de vulgaridades, pero que reflejan a la perfección el día a día de personaje socialmente marginados.

Y a la hora de reflejar este peculiar escenario de Los Ángeles, la película contiene también dos pilares esenciales que consiguen elevar aún más el resultado global. Uno es su excelente (y ecléctica) banda sonora, que mezcla la partitura del habitual Carter Burwell con temas clásicos y dispares, que contienen desde Bob Dylan a Elvis Costello, o la acertada (y apropiada a la escena) adaptación del ‘Hotel California’ por los Gipsy Kings. El otro pilar es la excelente fotografía de Roger Deakins. Que consigue sacar un enorme rendimiento a las escenas más emblemáticas (incluido el poderoso sueño musical).

Ahora es su turno, ya pueden elegir y votar por el siguiente título de Críticas a la carta.

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