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Alfred Hitchcock: 'Extraños en un tren', suspense milimétrico

Alfred Hitchcock: 'Extraños en un tren', suspense milimétrico
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‘Extraños en un tren’ (‘Strangers on a Train’, Alfred Hitchcock, 1951) es una de las películas más populares y admiradas de su director. También uno de sus grandes éxitos. El maestro del suspense llevaba cuatro películas seguidas que habían sido sendos fracasos comerciales por lo que, según sus propias palabras, quiso ponerse a cubierto en su siguiente película, adaptando la primera novela policíaca de Patricia Highsmith y tirando de Raymond Chandler para el guión.

Chandler y Hitchcock no se entendieron y aunque el primero tiene su nombre en los títulos de crédito por aquello de dar prestigio a la cinta, ésta apenas conserva nada del tratamiento de Chandler. Tampoco adapta la novela con total fidelidad, cambiando toda la segunda parte en beneficio de una historia sobre un falso culpable, tan del gusto de su director. Con todo ‘Extraños en un tren’ es quizá la película más cercana al Film Noir de su autor.

Si muchos films de Hitchcock dan inicio con travellings descriptivos que muestran un determinado contexto físico, la presente combina los pasos de dos personajes que parecen caminar el uno hacia el otro y sobre los que no vemos nada salvo sus zapatos y el equipaje que llevan —uno de ellos dos raquetas—. No se cruzarán hasta que tropiecen en el compartimento de un tren, uno de los lugares más concurridos en la filmografía del director británico.

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El falso culpable

Allí comenzarán a hablar de sus respectivas vidas privadas y se creará el primer punto de inflexión del relato, directo al grano. Allí Bruno (Robert Walker) propondrá a Guy —Farley Granger, no del gusto de Hitchcock, que quería a William Holden para el papel— un intercambio de lo más curioso, ambos asesinarán a personas que le hacen la vida imposible al otro, el padre en el caso de Bruno y la esposa en el de Guy. Éste no se toma en serio la proposición de Bruno, pero pronto se dará cuenta de que ha topado con alguien muy peligroso.

‘Extraños en un tren’ navega sobre dos bases bien visibles: el doble y el falso culpable, curiosamente la segunda provocada por la primera. Guy y Bruno podrían ser perfectamente dos caras de la misma moneda. En el libro de Hitghsmith el fondo homosexual de la relación está claro; en la película desaparece aunque la obsesión de Bruno por Guy puede llevar a ciertas interpretaciones al respecto —eso sí, el montaje británico arroja más claridad en ese punto que el americano—. En cualquier caso Robert Walker se come literalmente a Granger.

Hitchcock no realiza esta vez virguerías visuales con la cámara, salvo algún travellings con escaleras de fondo —otro de los elementos característicos de su cine—, centrándose en el montaje, soberbio, obra de William Ziegler, que a través de planos cercanos y medios logra una atmósfera de opresión durante toda la película que va in crescendo según avanza el film tras el asesinato —la tenebrosa fotografía de Robert Burks, que realizaría su mejor trabajo al lado de Hitchcock, contribuye al ambiente de cine negro—, realizando la operación opuesta a la hora de plasmar el acoso de Bruno a Guy.

Cuando Bruno cumple su parte de un trato que sólo está en su cabeza y se le aparece a Guy en determinadas ocasiones, no lo hace sólo para recordarle que debe cumplir con su parte sino también el crimen cometido del cual sólo Guy puede salir beneficiado. Hitchcock realiza un ejercicio insólito: filma a Walker en la lejanía como una figura solitaria y siempre presente. El resultado es increíblemente amenazador, sobre todo porque hemos visto de lo que Bruno es capaz.

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Suspense al límite

El rodaje en la feria tiene dos momentos inolvidables, probablemente los más recordados de la película. Por un lado el asesinato de la mujer de Guy, una mujerzuela cuyo destino es filmado por Hitchcock con terrible satisfacción a través de un plano imposible, el reflejo en las gafas de la víctima, momento en el que la película se desata visualmente y Hitckcock, una vez más, une sexo y violencia. El otro es sin duda la secuencia del tiovivo.

Dicha secuencia, en la que Guy y Bruno pelean mientras el tiovivo está desbocado —detalle que aumenta la tensión puesto que hay niños en el mismo, incluso uno de ellos golpea a los personajes centrales—, y una persona debe arrastrarse por debajo del mismo para llegar a los controles y pararlo. La secuencia, a pesar de constar de una maqueta casi de tamaño natural, es real y un especialista tuvo que pasar por debajo del carrusel exponiendo su vida. Hitchcock lo pasó muy mal y juró no volver a poner en peligro la vida de una persona.

‘Extraños en un tren’ lleva al límite lo que Hitchcock conocía como suspense. El espectador siempre sabe más que los personajes —salvo el instante de la visita de Guy a la casa del padre de Bruno, en la que el director británico utiliza un perro para distraernos—, y para alargar la tensión hacia el clímax, el director alterna un importante partido de tenis con la marcha de Bruno hacia la feria para dejar un mechero que inculpará a Guy. La dilatación del tiempo es tan asombrosa que no nos damos cuenta del truco.

El propio realizador no se sentía demasiado satisfecho de los resultados de ‘Extraños en un tren’. Una vez más no puedo estar más en desacuerdo con el autor, que expresó su opinión hace ya mucho tiempo y hay que señalar que Hitchcock era un perfeccionista. La película aguanta sin problemas el paso del tiempo y sigue siendo una de las piezas maestras de su director, llena de tensión y ritmo.

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