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Añorando estrenos: 'Enamorarse' de Ulu Grosbard
Críticas

Añorando estrenos: 'Enamorarse' de Ulu Grosbard

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‘Enamorarse’ (‘Falling in Love’, Ulu Grosbard, 1984) es la segunda película en la que aparecieron juntos Robert De Niro y Meryl Streep —la primera fue ‘El cazador’ (‘The Deer Hunter’, Michael Cimino, 1978)—, una especie de remake libre del inmortal clásico ‘Breve encuentro’ (‘Brief Encounter’, David Lean, 1945), film imitado hasta la saciedad en muchas de las historias de amor cinematográficas posteriores. ‘Enamorarse’ le rinde un sentido tributo.

La película de Ulu Grosbard —extraño director que apenas hizo siete películas en 31 años, siendo la presente la mejor de todas— permanece como una de esas pequeñas joyas ya no sólo de la década de los ochenta —la década que peor envejece, artísticamente hablando—, sino también de sus respectivos actores, que en pantalla demuestran la enorme compenetración que tienen. Resulta incluso extraño que ambos sólo tengan tres películas en común —la tercera es ‘La habitación de Marvin’ (‘Marvin’s Room’, Jerry Zaks, 1996)—.

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‘Enamorarse’ fue el primer guion que el actor Michael Cristofer hizo para el cine —en años posteriores hizo los libretos de películas como ‘Las brujas de Eastwick’ (‘The Witches of Eastwick’, George Miller, 1987) o ‘La hoguera de las vanidades’ (‘The Bonfire of the Vanities’, Brian De Palma, 1990)—, y pillando únicamente tres elementos del clásico de Lean, construye una muy sensible historia servida por Grosbard sin ningún tipo de sentimantalismo y bastante madurez, elemento indispensable para narra una buena historia de amor.

Así, tomando una estación de tren y dos personas casadas, ‘Enamorarse’ se va pareciendo, y al mismo tiempo distanciándose de su clásico referente, al que sirve de complemento perfecto. De hecho, en mi opinión, ambas películas al lado de ‘Los puentes de Madison’ (‘The Bridges of Madison County’, Clint Eastwood, 1995) —con referencias mucho mayores— forman un tríptico perfecto sobre las relaciones amorosas en las que las convenciones sociales —uno de los grandes enemigos de eso que llamamos amor— son cuestionadas sin miramientos.

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Sencillez

Un arquitecto y una diseñadora —De Niro y Streep respectivamente— se conocen en una librería, donde por equivocación mezclan sus reglados de Navidad para sus parejas. Tiempo más tarde se reconocen en el tren que toman todos los días para ir a trabajar, y poco a poco va surgiendo el amor entre ellos. Tan sencilla premisa es servida por Grosbard con una enorme tranquilidad y serenidad, tomándose su tiempo, cocinando a fuego lento un crescendo dramático que no chirría en un solo momento.

El director tiene una gran baza en su pareja protagonista, unos inmensos Robert De Niro y Meryl Streep, que como los grandes actores, apartan todo el posible divismo, apareciendo en pantalla como lo que realmente pretenden: dos personajes enfrentados a la gran duda de sus vidas. La sencillez —un término que le queda perfecto a la película— con la que ambos intérpretes dan vida a sus personajes se compenetra perfectamente con la puesta en escena de Grosbard, que utiliza no pocos recursos de enorme sutiliza.

Las respectivas vidas personales de Frank y Molly con sus parejas son mostradas, en un principio, con todos los personajes dentro del mismo plano. Sin embargo, tras el primer acercamiento entre ambos, el director vuelve a mostraros en sus vidas, y ya les separa de sus parejas, con un simple corte de plano. Sutil y clara manera de mostrar el inicio del resquebrajamiento de sus vidas matrimoniales, algo en lo que no incidía el film de Lean, por cierto.

El tren como metáfora

David Lean hablaba de lo grande que es el amor cuando éste llega, en el momento menos inesperado, a la vida de dos personas. El director británico idealiza el sentimiento, casi de forma trascendental, como lo más grande que los dos personajes viven en sus rutinarias vidas. Grosbard hace la jugada contraria. Muestra la tranquila vida de dos sencillos seres humanos, interrumpidas por los encuentros de los protagonistas, que van tornando en amor puro y duro.

Uno de los elementos más llamativos del clásico del 45 es, cómo no, la estación del tren, símbolo muy cinematográfico de despedidas y encuentros. Grosbard lo tiene presente durante todo el relato. De hecho, los instantes más importantes de la relación entre Frank y Molly suceden en el tren o la estación. El primer beso, la decisión de tener sexo por primera vez, la despedida y el reencuentro. No es tampoco casualidad que Molly vea por primera vez a la esposa de Frank desde la ventanilla del tren.

La música, con ecos jazzísticos, de Dave Grusin —es músico de jazz—, Dianne Wiest, la simpática composición de Harvey Keitel —otra referencia al film de Lean, con el apartamento del amigo, aquí no mostrado como el cabrón que es en el film clásico—, la aparente tranquilidad con la que los matrimonios se acaban, sin entrar en innecesarios panfletos morales o éticos, o esa mirada congelada de Streep en el plano final, mezclada con el tren en movimiento, son algunos elementos más de esta sencilla, y grande, historia de amor.

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