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Añorando estrenos: 'Remorques' de Jean Grémillon
Críticas

Añorando estrenos: 'Remorques' de Jean Grémillon

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‘Remorques’ (íd., Jean Grémillon, 1941) es una de las películas más destacables de la actriz Michèle Morgan, recientemente fallecida. Grémillon es uno de los cineastas franceses menos reconocidos de una de las gloriosas épocas, quizá la mejor, de la cinematografía francesa, la que va de la década de los treinta a los cincuenta. Directores como Jean Renoir, Marcel Carné, Julien Divivier, Jean Vigo y Henri-Georges Clouzot, entre otros, dejaron algunas de sus mejores obras.

‘Remorques’ es titulada en algunos lugares como ‘Remordimientos’, que aunque puede jugar con cierto tramo del argumento, no hace justicia alguna a un film enormemente intenso. El título en español debería haber sido la traducción literal del original, que en francés significa ‘Remolques’ y que va mucho más acorde, ya que no sólo hace referencia al trabajo del protagonista masculino, sino que incluso posee cierto tono metafórico. Se remolca algo más que barcos a la deriva en esta película.

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Lo que trae el mar

Grémillon tuvo serios problemas para rodar la película. En plena Segunda Guerra Mundial no podía salir a filmar las secuencias de las tormentas, por lo que se utilizaron maquetas para las escenas más dramáticas. En algunos momentos llega a mezclar imágenes documentales con otras de ficción, con un resultado extraordinario. ‘Remorques’ tardó en filmarse nada menos que dos años, el rodaje tuvo que ser interrumpido dos veces a causa de la guerra. En cualquier caso no afectó al resultado, verdaderamente sublime.

La historia da comienzo con una boda que es interrumpida debido a una emergencia en alta mar, un barco está a la deriva. El capitán André Laurent (Jean Gabin) reúne a su equipo y sale a la mar a encontrar algo más que una embarcación que necesita ayuda. Con el salvaje océano como metáfora que bucea por el film durante todo el metraje, Laurent se topará, por primera vez en su vida, con ese caprichoso sentimiento llamado amor. Lo encontrará en la esposa del capitán del barco rescatado, interpretada, cómo no, por Michèle Morgan.

La pareja, que ya había demostrado su compenetración en la fabulosa ‘El muelle de las brumas’ (‘Le quai des brumes’, Marcel Carné, 1939), vuelve a provocar chispas en éste su segundo encuentro cinematográfico. Laurent queda expuesto, con lo que le trae la tormenta, a ser débil por primera vez en su vida, a no saber controlar su existencia, su trabajo, por la llamada de la pasión amorosa, que todo lo niebla y vuelve tormentoso. Madeleine Renaud interpreta a la mujer de Gabin, la tercera en discordia, mujer harta de la vida laboral de su marido y aquejada en secreto de una grave enfermedad.

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Una metafórica tormenta

‘Remorques’ es un film oscuro aunque hable sobre el amor y su esperanzadora marca de salvación. No hay lugar para sentimientos en una vida tan entregada como la de Laurent, que verá que las dos mujeres más importantes de su vida desaparecen, una mediante el abandono, la otra mediante la segura muerte que a todos aguarda. Los tonos tétricos y lúgubres que aplica a la fotografía Armand Thirard no sólo representan la peligrosa tormenta de alta mar, también el temporal de sentimientos de los personajes centrales, abocados a su capricho como el barco a la deriva.

De ahí que ‘Remorques’ simule ser apresurada o precipitada. Algo que suele señalarse erróneamente como un defecto en el cine clásico, y que sencillamente responde a otra forma de narración en la que la capacidad de síntesis —algo que hoy parece haber desaparecido— era lo más importante. En realidad el film es como una fuerte tormenta que aparece de repente y desaparece dejando todo asolado; al igual que el amor aparece en la vida de Laurent, de súbito, y desaparece con la misma rapidez, dejando su vida destrozada.

Pero al igual que en aquel film de Howard Hawks, con el que el presente tiene varios puntos en común, ‘Sólo los ángeles tienen alas’ (‘Only Angels Have Wings’, 1939), uno tiene que enfrentarse ante cualquier tipo de pérdida con entereza. No hay otra forma de sobrevivir, y quién mejor que Jean Gabin para representarlo en pantalla. La secuencia final, con los cánticos de carácter religioso de fondo mientras Laurent camina hacia una nueva misión en alta mar, supone uno de los instantes catárticos por excelencia del cine. El amor ha muerto, la vida sigue.

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