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Añorando estrenos: 'Un hombre para la eternidad' de Fred Zinnemann
Críticas

Añorando estrenos: 'Un hombre para la eternidad' de Fred Zinnemann

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‘Un hombre para la eternidad’ (‘A Man For All Seasons’, Fred Zinneman, 1966) es una de las películas más famosas, también de las mejores, en las que participó el recientemente fallecido John Hurt, más conocido por personajes posteriores al film que nos ocupa. Si bien el actor será recordado por personajes, en cierto modo, amables, conviene señalar que era perfecto para dar vida a verdaderos canallas, o valga la vulgaridad, auténticos hijos de puta.

Así lo muestra este film, que además fue el gran triunfador en los Oscars de aquel año, consiguiendo seis estatuillas, entre ellas mejor película, mejor director y mejor actor principal. Una de esas ediciones en las que se hizo justicia teniendo en cuenta los films nominados. Una Academia llena de judíos y protestantes premió una película que versa sobre los últimos días de Tomás Moro, ferviente católico, hombre de gran serenidad, y un ejemplo a seguir.

Canciller de Enrique VIII, éste se enfrentó duramente a Moro por su negativa al divorcio del monarca con Catalina de Aragón para poder contraer matrimonio con Ana Bolena. Ésa es prácticamente la premisa de ‘Un hombre para la eternidad’ en la que Zinnemann siguió mostrando, tras una carrera en la que destacan películas como ‘Solo ante el peligro’ (‘High Noon’, 1952) y ‘De aquí a la eternidad’ (‘From Here to Eternity’, 1953), el excelente descriptor psicológico de sus personajes.

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Impecable labor actoral

Con un cuidado acercamiento a las caras, siempre paulatino —obra y gracia del montador Ralph Kemplen, curiosamente no nominado al Oscar por su labor—, Zinnemann muestra el carácter de sus personajes a través de los rostros. Las interpretaciones rayan todas la perfección, desde las más breves, caso de Orson Welles dando vida al Cardenal Wolsey, hasta Leo McKern como el pérfido Cromwell, pasando por Nigel Davenport como carismático Duque de Northfolk.

Pero Zinnemann se apoya sobre todo en tres actores en verdadero estado de gracia, nunca mejor dicho. Por un lado, un jovencito Robert Shaw borda a Enrique VIII en su momento estelar: el de la visita a Moro para señalarle, más bien recordarle, quién manda en Inglaterra. Una muestra de poder con la que el actor juguetea, aportando su sentido del humor, pasando de la risa al enfado con enorme y sospechosa habilidad. Shaw murió joven (51 años) y puede que la citada secuencia permanezca como la cima más alta a la que llegó como actor.

Por otro, un también joven John Hurt en el personaje más desagradable de la función, un arribista en toda regla, Rich, quien pasará de amigo fiel de Moro a traicionarle por poseer un cargo considerable de poder. Hurt aprovecha muy bien su aspecto de hombre frágil y fiable para verter una enorme ambigüedad sobre su personaje, al que es imposible no odiar. Precisamente este personaje, al lado de las ideas de Moro, hace de ‘Un hombre para la eternidad’ un film muy actual, incluso más que cuando se estrenó, época de efervescencia del cine británico.

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Paul Scofield, un actor para la eternidad

Por supuesto la película de Zinnemann no sería lo mismo sin la interpretación de Paul Scofield, que dio vida al mejor Tomás Moro posible. Con un absoluto control de sus gestos faciales, Scofield, que no se prodigó en cine todo lo que nos habría gustado a algunos, hace de su serenidad y tranquilidad —características del propio Moro— su arma más infalible. Una serenidad que causa un mayor impacto cuando Moro es totalmente acorralado por la injusticia de la justicia, y sólo le queda su templanza y sentido del humor.

Zinnemann logra esquivar la etiqueta de “teatro filmado”, no sólo por la utilización de los primeros planos, también por el tempo narrativo interno de muchas de sus secuencias —no hablemos, por supuesto, del extraordinario diseño de producción—, entre las que destacan las ya citadas, pero sobre todo la parte final del juicio/farsa, o esa despedida de esposa e hija en prisión. El director rehúsa utilizar música —de Georges Delerue, maestro en emociones— y con una sencilla planificación logra una gran emotividad.

Si bien ‘Un hombre para la eternidad’ contiene un final muy acertadamente abrupto al que sigue una voz en off que dice qué ha sido del resto de personajes, invitando con ello a la reflexión del espectador, la secuencia por excelencia es la citada despedida, todo un prodigio de contención dramática. Tal vez sea ése el verdadero clímax de la cinta, y que contiene una de las más bellas declaraciones de amor gritadas en pantalla. En ella Scofield se luce, los diálogos mezclan hermosura y desgracia, y el personaje histórico queda inmortalizado.

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